Carta del beato Álvaro del Portillo sobre la necesidad de la formación

Comenzamos la publicación de algunas cartas del beato Álvaro del Portillo durante sus años como prelado del Opus Dei. La carta del 1 de agosto de 1985 trata de la formación como tarea primordial en la Obra, donde cada persona es, a la vez, oveja y pastor.

Siguiendo una costumbre iniciada por san Josemaría, el beato Álvaro escribió numerosas cartas a los miembros del Opus Dei durante sus años como presidente general y, luego, como prelado. En ellas se mezclan motivos circunstanciales, explicaciones de temas de fondo y exhortaciones concretas para renovar la vida espiritual y la iniciativa apostólica.

Este material constituye un tesoro recogido hasta ahora en una publicación titulada "Cartas de Familia", accesible en los centros del Opus Dei y solo en algunos idiomas. Con la ilusión de facilitar el acceso a las enseñanzas del beato Álvaro y el conocimiento de su persona —a la que también llegamos a través de sus escritos—, iniciamos ahora el proyecto de publicar algunas de esas cartas, en múltiples idiomas, en nuestra página web.


📥 Descargar en digital la Carta sobre la necesidad de la formación (1-ago-1985)

ePub - PDF - Google Play Books - Apple Books


Carta sobre la necesidad de la formación[1]

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Os hablé en mi última carta del divino regalo de la vocación, que hemos de tratar con delicadeza de enamorados. Dejadme que hoy continúe con el mismo tema, sacando nuevos reflejos de esta luz sobrenatural que informa nuestra vida entera.

Reciente aún el cincuenta aniversario de mi vocación a la Obra, acuden a mi memoria detalles de aquellos primeros momentos de mi vida en Casa. Os he contado que, para darme la formación básica de la obra de San Rafael —que antes no había recibido—, nuestro Fundador no vaciló en comenzar una clase para mí solo, aunque por aquellas fechas se hallaba muy cerca del agotamiento, después de un trabajo intensísimo durante todo el año. No se concedió reposo para procurar el alimento espiritual a un hijo suyo recién nacido a la vida de la Obra. Nos enseñó de este modo —durante su vida entera— que la formación es tarea de primerísima importancia para que las vocaciones, que Dios nos envía con tanta abundancia, cuajen y lleguen a plena sazón.

Todos habéis de poner empeño en la atención de vuestros hermanos, particularmente de quienes son quasi modo geniti infantes[2], como niños recién nacidos, porque acaban de pedir la admisión en el Opus Dei, o aspiran a pedirla en un día no lejano. Hijas e hijos míos: si por ayudar a un alma que se acerca a la Obra hemos de estar dispuestos a todos los sacrificios personales, pensad qué habremos de hacer por esas personas que han llamado a las puertas de nuestro hogar, movidas por la gracia y por el deseo, nobilísimo y sobrenatural, de entregarse al servicio de Dios en el Opus Dei.

Pero no penséis que sea tarea exclusiva de los directores y de quienes han recibido el encargo de ocuparse de la primera formación. Todos hemos de sentir esta responsabilidad, porque la Obra es redil de Cristo —así nos lo enseñó nuestro Padre—, en el que todos, «además de ovejas de ese redil, de algún modo somos pastores de esas ovejas, buenos pastores. Que si fuimos por el Amor de Dios llamados y tenemos obligación de responder, tenemos también el deber, no menos fuerte, de conducir, de contribuir a la santidad y a la perseverancia de nuestros hermanos»[3].

Ser al mismo tiempo oveja y pastor configura uno de los rasgos característicos de nuestro espíritu, que hemos de custodiar y transmitir en toda su integridad. Vamos a pedir esta gracia a la Santísima Virgen, cuando la invoquemos con la jaculatoria Cor Mariae dulcissimum, iter serva tutum!, al renovar la consagración del Opus Dei a su Corazón Dulcísimo e Inmaculado.

Para ser buena oveja de esta grey de Cristo, es preciso esforzarse por recibir con docilidad y agradecimiento la formación que con tanta abundancia se nos facilita en la Obra. Únicamente en un terreno empapado de humildad y de sinceridad, con el riego de la gracia divina, la semilla de la vocación se desarrolla y llega a madurar plenamente. Por eso, la corrección fraterna, la confidencia, los Círculos, y los demás medios de formación, resultan imprescindibles para perseverar en nuestro camino. Esforzaos cada día con mayor empeño por asimilarlos, hijas e hijos míos, poniendo de vuestra parte todo el interés para que el Espíritu Santo realice su labor sin obstáculos. ¿Habéis pensado en esta impresionante realidad?: el Santificador que nos habla, nos inspira, a través de esos medios. ¡Qué bien se entiende la prioridad que nuestro santo Fundador les otorgaba, persuadido de que lo que nos dicen —¡a cada una, a cada uno!— es palabra de Dios para que la hagamos vida de nuestra vida!

Esta es la principal tarea que nos corresponde a cada uno en la obra de la propia santificación: dejar hacer a Dios en nuestra alma, abriendo por entero el corazón en la confidencia, rindiendo el propio juicio, luchando generosamente y de verdad por hacer nuestros los consejos que nos llegan por los medios de formación personal y de formación colectiva. Examina ahora, hija mía, hijo mío, cuál es tu actitud —cada día, cada semana, cada mes, cada año— frente a esa formación que —lo sabemos muy bien— ‘no termina nunca’, porque mientras vivamos en la tierra estamos de camino y, por tanto, necesitados de una dirección y un estímulo. Pregúntate: ¿voy cada semana al Círculo y a la charla fraterna con hambre de identificar mi espíritu con el de la Obra? ¿Sé concretar unos objetivos —pocos— en los que poner mi lucha esos días? ¿Pido ayuda al Señor para cumplirlos?

La Obra es una Madre buena que gasta todas sus energías en asegurar a sus hijos la formación necesaria para que seamos leales a la llamada específica que Dios nos ha hecho. De vuestra parte, hijas e hijos míos, ha de haber la correspondencia más plena, también cuando llega el momento de asistir a esos medios de formación —el curso de retiro, las convivencias y cursos anuales— que, al requerir más tiempo y más dedicación, exigen apartarse por unos días de las ocupaciones habituales. Por eso, al pensar en vuestros planes profesionales, familiares, etc., considerad que —entre los restantes deberes— el de formaros ocupa un lugar principalísimo.

Preguntaos: ¿tengo en cuenta las exigencias de la formación, al plantear un periodo de vacaciones o de reposo? ¿Sé renunciar con alegría a mis gustos, para facilitar el trabajo de quienes me imparten los medios de formación? ¿Considero la asistencia a esos medios como una parte importante del compromiso de amor que he establecido o deseo establecer con la Obra? ¿Acudo a cada uno con “la ilusión de la primera vez”, aunque se cuenten por decenas los años que llevo en el Opus Dei? ¿Procuro en esos días remozar mi entrega, ir a las raíces de mi vocación, para encontrar allí el impulso y la juventud de espíritu que me permitan seguir a Cristo con renovado entusiasmo sobrenatural?

Os recordaba antes, con palabras de nuestro Fundador, que —además de ovejas— todos hemos de sentirnos pastores de los demás. En esto, y de un modo muy especial, también es modelo nuestro Padre. Fijad los ojos en su figura amabilísima, y aprended a gastaros por los demás, como buen pastor que «sacrifica su vida por sus ovejas»[4]: sin pensar en derechos, sino en gustosos deberes; buscando constantemente la ocasión de servir —de verdad, sin que se note— a vuestros hermanos. Como otras veces os he recordado, la madurez que la Obra espera de todos sus hijos se manifiesta en el afán de entregar la vida unos por otros. Estamos rezando —todos los días presento esta oración a la Trinidad: ¡no me dejéis mal!— para que el Señor nos conserve seguro este camino, que hemos de seguir haciendo cada día a golpe de nuestras pisadas. Déjame que te hable con un poco de crudeza: no me afirmes que amas a Dios, a la Iglesia, a la Obra, si no me cuidas delicadamente tu camino, y los medios para seguirlo.

Meditad aquellas enseñanzas de nuestro Padre: «no olvides, hijo mío, que tú colaboras en la formación de tus hermanos y de tantas almas, en todo momento: cuando trabajas y cuando descansas; cuando se te ve alegre o preocupado; cuando en medio de la calle haces tu oración de hijo de Dios y trasciende al exterior la paz de tu alma; cuando se nota que has llorado, y sonríes»[5].

Y cuando os encontréis cansados —porque todos somos de carne y hueso—, traed a la memoria la figura de nuestro Padre, que tantas veces encarnó en su propia vida la imagen evangélica del Buen Pastor, completamente olvidado de su propia fatiga, para salir en busca de una oveja que quizá se había extraviado; para tomar entre sus brazos fuertes, con ternura, a un corderillo recién nacido; para ponerse a la cabeza del rebaño, y guiarlo hacia pastos de vida eterna.

No quiero terminar sin pediros oraciones por los hijos míos, Numerarios y Agregados, que recibirán la ordenación sacerdotal en Torreciudad, el próximo día 15. Arropadlos con el calor de vuestra oración y de vuestro recuerdo cariñoso. Y no dejéis de uniros a mis intenciones, en las que cada uno de vosotros —vuestra felicidad, vuestra santidad personal— ocupa el lugar privilegiado.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

Álvaro

Roma, 1 de agosto de 1985


[1] Beato Álvaro del Portillo, carta del 1-VIII-1985, en Cartas de familia, vol. 1 (AGP, biblioteca, P.17).

[2] 1 Pt. 2,2.

[3] San Josemaría, Apuntes de la predicación, en Crónica 1969, p. 489 (AGP, Biblioteca, P.01).

[4] Jn 10,11.

[5] San Josemaría, A solas con Dios, n. 54 (AGP, Biblioteca, P.10).