Siempre he sido católica y crecí en una familia que vivía la fe. Pero, precisamente por eso, nunca me había parado a preguntarme por qué creía. Era como un pez que no percibe el agua en la que vive: a veces estamos rodeados de un tesoro tan grande que dejamos de verlo.
Cuando me fui a vivir sola a Taiwán, todo cambió. Por primera vez nadie me llevaba a Misa ni me preguntaba si había rezado. Empecé a cuestionármelo todo: «¿Por qué voy a la iglesia? ¿Por qué creo?». Aquellas preguntas, que podrían haberme ayudado a profundizar en la fe, me dejaron bastante confundida. Además, para ir a la Misa del domingo necesitaba más de una hora de ida y otra de vuelta. Poco a poco me fui alejando y notaba cómo mi fe se debilitaba.

Mientras tanto, Dios preparaba otra historia al otro lado del mundo. Gabriel, que entonces era mi novio, había empezado a ir a actividades del Opus Dei en Brasilia. Un día, en la dirección espiritual, le comentó al sacerdote lo que me estaba pasando, y resultó que este conocía a otro sacerdote de la Obra que vivía precisamente en Taiwán. Mi contacto fue pasando de una persona a otra hasta llegar a una numeraria española que se llamaba Isa.
El encuentro con Isa
Fue ella quien me escribió. Me invitó a visitar un centro del Opus Dei y a participar en un voluntariado en un orfanato de recién nacidos. Yo nunca había oído hablar del Opus Dei, y acepté sin imaginar que aquel encuentro me cambiaría la vida.

En aquella época vivía la religiosidad con bastante lío en la cabeza. Había llegado a pensar que, para vivir la castidad, no podía ser guapa ni llamar la atención. Y entonces apareció Isa: sonriente, elegante, maquillada, charlando con todo el mundo en el autobús. Era una persona alegre, de lo más normal y, a la vez, entregada del todo a Dios. Cuando me contó que era numeraria y que vivía el celibato apostólico, me quedé impresionada. Nunca había conocido a nadie así.
Aquel día pasamos horas cuidando a bebés abandonados, y después me llevó a conocer el centro. Lo que más me llamó la atención no fue la casa, sino las personas: cada una tenía su manera de ser y sus gustos, pero había algo que todas compartían.
Una hora de estudio, una hora de oración
El centro era también una residencia universitaria para estudiantes de distintos países. Mi contrato de alquiler estaba a punto de acabar y, aunque me costaba renunciar a vivir a mi aire, me gustaba tanto aquel ambiente que di el paso. Ha sido una de las mejores decisiones de mi vida. Allí empecé a conocer de verdad a san Josemaría.
La primera frase suya con la que me encontré estaba escrita en un panel de la casa: «Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración». Me marcó profundamente. Siempre me había costado estudiar, y al leerla pensé que quizá a Dios también se le podía encontrar en ese esfuerzo que yo solía esquivar.

La sala de estudio de la residencia estaba siempre llena, también los fines de semana. Poco a poco empecé a imitar a las demás: a organizarme mejor, a crear hábitos, a perseverar aunque no tuviera ganas. De vuelta en Brasil, esa nueva manera de estudiar dio fruto: un trabajo que hice en la Universidad de Brasilia acabó abriéndome las puertas de mi primer empleo estable en publicidad.
Pero lo más importante que aprendí no fue académico. Empecé a entender que Dios no me esperaba solo en la iglesia: me esperaba también delante de los libros, en el trabajo bien hecho y en las pequeñas responsabilidades de cada día.
Antes me imaginaba que la santidad tenía que ver solo con grandes gestos o experiencias extraordinarias, y fui descubriendo que estaba en lo más sencillo: terminar una tarea con cuidado, hacer lo que tocaba aunque nadie estuviera mirando. Esas pequeñas renuncias fueron moldeando mi carácter. Yo era bastante impaciente, y con el tiempo aprendí a ofrecer los contratiempos, a aceptar que no todo sale como a mí me gustaría y a fiarme más de Dios.
Sin rarezas
Otro descubrimiento importante fue entender que vivir la fe no significa alejarse de la gente. San Josemaría insistía mucho en la naturalidad, y se me quedó grabada una expresión suya: el cristiano ha de vivir «sin rarezas ni ñoñerías» (Camino, 379).
A veces nos imaginamos que ser cristiano consiste en levantar una barrera entre nosotros y el mundo, como si hubiera que vivir desconfiando de los demás o juzgando a quien piensa distinto. En el Opus Dei me encontré justo lo contrario: cada persona merece ser acogida con respeto, amistad y cariño, sea cual sea su situación. Si alguien viene a contarme una historia difícil —una adicción, un sufrimiento, un error—, antes que cualquier juicio hay una persona que necesita ser querida.
En Taiwán eso se veía de forma muy concreta. Las amistades surgían con naturalidad: una conversación, una comida, un voluntariado. Antes que cualquier discurso religioso había un interés sincero por las personas.

Una vocación que no es «menor»
Volví a Brasil con un entusiasmo enorme y con ganas de corresponder a todo lo que Dios había hecho en mi vida. Gabriel y yo, que fuimos novios durante seis años, seguíamos soñando con casarnos y formar una familia.
En aquella etapa me preguntaba cómo podía entregarle a Dios toda mi vida. Admiraba profundamente la entrega de las numerarias. Pero, rezando, fui entendiendo que Dios me llamaba también a mí a la santidad, a través del matrimonio. No era una vocación «menor»: era el camino que Él había pensado para mí desde siempre.

Poco después nos prometimos. Nuestra boda estaba fijada para mayo de 2020, justo cuando la pandemia lo cerró todo, y hubo que rehacer todos los planes. Fue una época difícil.
Donde Dios me quiere
Hoy, viviendo el matrimonio y la maternidad, entiendo todavía mejor lo que aprendí en Taiwán. Cuando nació nuestra primera hija, me di cuenta de que quería estar más en casa. Después de varios años en agencias e institutos de investigación, dejé el empleo fijo y empecé a llevar mis propios clientes. Hay quien me pregunta si no me da miedo frenar mi carrera. La verdad es que siento que estoy exactamente donde Dios me quiere.

He descubierto que hay un valor enorme en tareas que casi nadie ve: enseñar a un niño a obedecer, crear una rutina, acompañar su crecimiento con paciencia.
Suelo acordarme de un consejo que escuché hace años: «Haz lo que debes y está en lo que haces». Hoy tiene para mí un significado muy concreto. Si estoy trabajando, procuro trabajar de verdad. Si estoy jugando con las niñas, quiero estar del todo con ellas, aunque la tentación sea coger el móvil mientras una juega en la alfombra. He aprendido que no hay pérdida de tiempo cuando estamos justo donde Dios nos espera.
Fidelidad en lo pequeño
Cuando pienso en san Josemaría, la primera palabra que me viene a la cabeza es fidelidad: la de quien responde con generosidad, cada día, a la llamada de Dios, también cuando eso supone salirse de los propios planes.
Creo que esa fidelidad se construye en las cosas pequeñas. Cuesta más levantarse a la hora todos los días que hacer un gran sacrificio de vez en cuando. Cuesta más querer con constancia que emocionarse un momento.

Quizá por eso el espíritu del Opus Dei me sigue fascinando. Me ha enseñado que la santidad no ocurre al margen de la vida corriente, sino dentro de ella: en la cocina, en la oficina, en el atasco, en el matrimonio, en la amistad, en la educación de los hijos.
Si hoy alguien me preguntara qué he encontrado en el Opus Dei, respondería sin dudar: un camino para descubrir que Dios está mucho más cerca de lo que yo imaginaba. No he tenido que renunciar a mis sueños, a mi profesión ni al deseo de formar una familia para seguirle. Al contrario: ha sido precisamente viviendo todo eso como he aprendido que la vida cotidiana puede ser el lugar más bonito para encontrar a Dios.
