Gedeón ya no sabía qué pensar, ni qué hacer. Cada vez que los campos de Israel estaban a punto para la cosecha, venían los madianitas y se lo llevaban todo. «Subían avanzando como una nube de langostas, con todo su ganado y sus tiendas, pues eran innumerables los hombres y camellos que venían a devastar el país» (Jc 6,5). En esa situación, tan precaria, nos presenta la Biblia por primera vez a Gedeón: desgranando el trigo a escondidas, para escaparse a la mirada vigilante de sus enemigos. Todo su horizonte se limita, en este momento, a sobrevivir.
Y así lo encuentra —así lo busca, en realidad— un ángel enviado de parte de Dios. «El Señor está contigo, valiente», lo saluda el ángel (Jc 6,12). Gedeón no parece intimidado por el elogio ni por la dignidad del visitante, porque responde como lo habría hecho a un amigo o a un vecino. Habla con franqueza, sin medir demasiado las palabras: «Señor mío, si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos ha sucedido todo esto? ¿Dónde están los prodigios que nuestros padres nos cuentan cuando dicen que el Señor nos hizo subir desde Egipto? Ahora, sin embargo, el Señor nos ha abandonado y nos ha puesto en manos de Madián» (Jc 6,13).
Exponer la herida
Hay momentos de la vida en los que es fácil reconocerse en estas palabras de Gedeón. Hemos leído y hemos oído historias de los comienzos de la Obra, de nuestro Padre, de los primeros, de las primeras, de la expansión… y, sin embargo, a veces esos relatos pueden contrastar con nuestro entorno más cercano, por la escasez de frutos visibles o de dinamismo apostólico. Nos damos cuenta, sí, de que la Obra es una bendición para el mundo y para la Iglesia: vemos lo que Dios ha hecho a través del Opus Dei en el pasado, lo que hace en el presente y lo que hará en el futuro; y, si en algunos lugares se nota la escasez, en otros la labor apostólica no para de crecer. Además, sabemos que san Josemaría entendió, con una claridad que venía de Dios, que la Obra servirá a la Iglesia hasta el fin del mundo.
Sin embargo, incluso desde esa visión amplia en el espacio y en el tiempo, podría suceder que, ante la realidad de nuestra vida, de nuestro centro, de nuestra región, nos venciera en ocasiones el desánimo. Hemos puesto quizá esfuerzo y entusiasmo en un proyecto apostólico, pero pronto nos hemos visto superados por dificultades de todo tipo. Rezamos por las vocaciones, pero tardan en llegar, o llegan con cuentagotas. Sabemos que el misterio de Dios es inagotable, y sin embargo a veces nos podría parecer haberlo oído ya todo. Percibimos, sí, un renacimiento en la vida de la Iglesia, pero podemos tener la impresión de quedarnos un poco al margen...
Ante ese tipo de dificultades, podríamos reaccionar diciéndonos simplemente que hay que mirar las cosas con sentido sobrenatural, quizá sin saber muy bien qué queremos decir exactamente. ¿Quizá solo que debemos seguir caminando, esperando que las cosas mejorarán cuando Dios quiera? Desde luego, esa no es una mala reacción, pero podría ser insuficiente, como lo es poner un simple vendaje sobre una herida que supura. En la respuesta de Gedeón al ángel vemos precisamente hasta qué punto la herida está abierta. Gedeón no ha caído en la desesperación o en la rebeldía contra Dios, pero está perplejo, decepcionado. Y tiene la sencillez de exponer la herida, de mostrar al Señor esa duda que lo desestabiliza.
Lo sobrenatural, la gracia, no viene simplemente a «cubrir» la naturaleza herida: viene a sanarla, a redimirla desde lo más profundo de su abismo. La gracia necesita derramarse en nuestra naturaleza; la alegría y la fuerza de Dios deben convivir con el desánimo y la fragilidad humana. Necesitamos esa conversatio: esa coexistencia, esa conversación. La respuesta de Gedeón se enmarca exactamente ahí: «Mira, yo no entiendo nada; tú dices que estás conmigo, pero lo que yo veo parece todo lo contrario…». Y esa sencillez con Dios, junto con el abandono en sus manos, es precisamente la verdadera reacción sobrenatural. La misma a la que nos invita el libro de Job, donde vemos a un hombre angustiado, que llega a cuestionar los designios del Señor, pero que no deja de rezar, y que acabará aceptando su pequeñez[1]. Su herida tiene que supurar, y cicatrizar a la luz del sol de Dios.
Un salto de confianza
El Señor no se molesta con la respuesta de Gedeón; al contrario, se diría que incluso se divierte con su franqueza y su autenticidad. Y responde: «Ve, que con la fuerza que tienes salvarás a Israel de la mano de Madián. Yo te envío» (Jc 6,14). Todo el misterio de la vocación de Gedeón se esconde en estas palabras: «Con la fuerza que tienes, con la fuerza que hay en ti». Como si el Señor le estuviera diciendo: «Gedeón, tú no lo sabes aún, pero he puesto en ti una energía capaz de vencer a esos enemigos que ahora mismo os aplastan».
Lo mismo nos dice Dios a cada uno. Aunque tal vez nos puede pasar como al propio Gedeón, que no se lo acaba de creer: «Señor mío, ¿cómo voy a liberar a Israel? Mi clan es el más insignificante de Manasés y yo soy el más joven de mi familia» (Jc 6,15). Quizá también nosotros nos preguntamos: ¿la fuerza que hay en mí? Ya intenté tal cosa, y no sirvió de mucho… Llevo años luchando con esto o con aquello, o procurando hacerme entender en ese ambiente… Señor, voy a seguir esforzándome, pero a veces el cansancio pesa, y al final ya no sé muy bien si tengo realmente «esa fuerza»…
No es extraño, ni malo, que nuestra oración fluya a veces por esos cauces: forman parte del salto de fe —de confianza— que Dios necesita para transformar nuestra humanidad frágil, nuestra humanidad a veces fracasada, con toda la fuerza de la divinidad. Pero olvidémonos, por un momento, de nosotros mismos. «La fuerza que hay en ti»: oigamos cómo el Señor dirige estas palabras a todos en la Obra. Con la fuerza que hay en ti, con la fuerza del espíritu que he puesto en ti, ve a salvar a Israel... Desde luego, no tenemos la pretensión de «salvar el mundo», como si el Espíritu Santo no estuviera guiando la historia, y como si no hubiera muchos otros cristianos trabajando maravillosamente… Sin embargo, sabemos que Dios tiene una misión para la Obra: por eso la inspiró a San Josemaría. Nuestra vocación, la de cada uno y la de cada una, es «una gracia que abraza nuestra vida entera y que se manifiesta como luz y como fuerza. Luz, que nos hace ver el camino, lo que Dios quiere de nosotros; y fuerza, para ser capaces de responder a la llamada, decir que sí y seguir adelante en ese camino»[2].
Filiación y fraternidad
¿Cuál es entonces esa luz y esa fuerza? ¿Cómo no perderlas? ¿Cómo «reavivar el don de Dios»[3]? «¿Cómo encarnar hoy, con una fidelidad dinámica, el espíritu que san Josemaría recibió de Dios para servir a la Iglesia?»[4]. Quizá una primera respuesta se encuentre ya dando simplemente la vuelta a unas líneas que él mismo escribió en 1939 acerca de lo que podría debilitar a la Obra: «¿Obstáculos? No me preocupan los obstáculos exteriores: con facilidad los venceremos. No veo más que un obstáculo imponente: vuestra falta de filiación y vuestra falta de fraternidad, si alguna vez se dieran en nuestra familia»[5].
Una cosa llama enseguida la atención en estas palabras: todo habla de familia. San Josemaría llama así, «familia», a la Obra; y señala como sus elementos neurálgicos los dos ejes constitutivos de toda realidad familiar: la filiación y la fraternidad. De modo que lo que hace fuerte o débil a la Obra gira en torno a esos dos polos. Cuanto más vive la Obra como una familia, más brilla su espíritu; cuanto menos vive como una familia, menos ilumina. Y el Señor no la ha encendido «para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa» (Mt 5,15).
La filiación nos remite intuitivamente a la unión y el cariño por el Padre, el Prelado de la Obra. Es bonito y lógico que sea así, aunque este afecto echa a su vez sus raíces en la filiación a Dios. La pregunta clave, entonces, se podría perfilar de este modo: la filiación divina ¿es para mí una idea, un principio que debo considerar con frecuencia, pero que a fin de cuentas resulta un poco abstracto? ¿O es una experiencia viva, algo profundamente arraigado en mí? El «sentido de la filiación divina»[6] es una gracia que necesitamos pedir constantemente. Es la gracia de vivir como Jesús vivió, como sigue viviendo… como quiere vivir en nosotros (cfr. Gal 4,6). Jesús vive del amor del Padre: ese es todo su «secreto». Ese diálogo permanente y confiado con su Padre es la vida eterna del Verbo de Dios. Y esa es también —esa quiere ser— la vida de un hijo de Dios.
El aire que respira la vida de Cristo en nosotros se llama «libertad gloriosa de los hijos de Dios» (Rm 8,21), y se encuentra en las antípodas de esa mentalidad calculadora del siervo o del mercenario que a veces puede tentar a quien sintió la llamada a entregarse a Dios. El Señor dibuja un retrato de esa mentalidad en el personaje del hermano mayor de la parábola (cfr. Lc 15,25-32): aquel hombre aparentemente intachable, que había permanecido siempre en la casa del Padre; que no había cometido grandes pecados ni grandes locuras, pero que se había quedado en un frío cumplimiento. Un hombre que no tenía el corazón de un hijo, que no sentía el amor del padre, la preocupación por el hermano alejado. ¡Que incluso se indigna con el padre cuando ve ese amor en acción! Este hombre, que no dice en ningún momento «padre» ni «hermano», tenía un grave problema de filiación… y de fraternidad.
Quien de verdad se sabe hijo se descubre hermano. Aun percibiendo las limitaciones propias y ajenas, que pueden resultarle a veces molestas, ama con un amor tierno: con un corazón que no se deja endurecer. Al sentir cómo el Padre lo acoge y lo lleva entre sus brazos, al sentir ese profundo abrazo de Dios, se convierte él mismo en abrazo paterno y fraterno para los demás. «Sí, hijo mío: tú en Dios, para iluminar, para dar sabor, para acrecentar, para ser fermento»[7].
De los primeros cristianos se decía: «Mirad cómo se aman»[8]. La popularidad que esta cita ha acumulado a la vuelta de los siglos no debería convertirla en un lugar común. Ese amor increíble es lo que hacía creíble el mensaje cristiano; lo que le daba una fuerza incontenible. Mirad cómo se aman: porque se saben amados por su Padre Dios. Y ahí mismo se encuentra la raíz de la fuerza que Dios ha puesto en el espíritu de la Obra.
[1] Cfr. Jb 13,24-27; 30,20-23; 42,2-6.
[2] F. Ocáriz, Carta pastoral, 28-10-2020.
[3] F. Ocáriz, Mensaje pastoral, 19-03-2026.
[4] Ibíd.
[5] Carta circular de San Josemaría Escrivá a los fieles del Opus Dei, Burgos 9-I-1939, citado en Camino, edición crítico-histórica, comentario al n. 955.
[6] San Josemaría, Forja, n. 987.
[7] San Josemaría, En diálogo con el Señor, n. 11.
[8] Cfr. Tertuliano, Apologeticum, 39 (PL I, 471).
