«En un mundo donde los pobres son cada vez más numerosos, paradójicamente, también vemos crecer algunas élites de ricos, que viven en una burbuja de comodidad y lujo, casi en otro mundo respecto a la gente común. Eso significa que todavía persiste —a veces bien enmascarada— una cultura que descarta a los demás sin advertirlo siquiera» (Papa León XIV, Dilexi Te, 11).
Al leer estas palabras de la Exhortación Apostólica Dilexi Te del Papa León XIV, recuerdo el legado silencioso pero perdurable del Mons. Álvaro del Portillo durante su visita a Filipinas en 1987.
Mientras recorría una carretera en Mactán, Cebú, una ciudad costera en el centro de Filipinas, el beato Álvaro contempló un paisaje de fuertes contrastes: las viviendas precarias de familias humildes bordeaban la calzada, a la sombra de casas señoriales en las colinas cercanas. Conmovido por esta cruda desigualdad, se volvió hacia sus acompañantes y dijo, con sencillez, que era necesario hacer algo por los pobres.
Inspirado por la sabiduría del proverbio «Dale un pez a un hombre y comerá un día; enséñale a pescar y comerá toda la vida», propuso fundar una escuela técnica para jóvenes de familias desfavorecidas, con el fin de dotarlos de habilidades que les permitieran conseguir un trabajo digno en Cebú y fuera de sus fronteras.

Fiel a su palabra, al regresar a la Ciudad Eterna, el beato Álvaro impulsó los apoyos necesarios. Envió consultores del Centro ELIS, un conocido centro de formación técnica y universitaria en Roma, para contribuir a sentar las bases de lo que se convertiría en un proyecto transformador.
En 1991, el Centro de Tecnología Industrial y Empresa (CITE, por sus siglas en inglés) abrió sus puertas en Talamban, un distrito de la ciudad de Cebú. Con la asistencia del Centro ELIS, CITE desarrolló un sólido plan de estudios y construyó laboratorios que combinaban la instrucción teórica con la experiencia práctica, preparando a los alumnos para su inserción en el mundo laboral.
CITE no se construyó solo con buenas intenciones. Fueron necesarios recursos considerables para construir edificios, adquirir maquinaria y dotar becas. Este reto se pudo afrontar gracias a la generosidad de empresarios locales, responsables públicos y familias que creyeron en la misión de la escuela.
Para garantizar la sostenibilidad del proyecto, se forjaron alianzas con industrias locales, que ofrecieron prácticas profesionales y empleo a los egresados. Estas colaboraciones se mantienen hoy en día, tendiendo puentes —con discreción pero con constancia— entre quienes disponen de oportunidades y quienes más las necesitan.

Desde sus inicios, CITE abrió sus puertas a estudiantes con discapacidad física. Uno de los primeros matriculados fue un joven con una malformación en los dedos de la mano izquierda. Durante la prueba de admisión, demostró su capacidad de trabajo sirviéndose de una sencilla goma elástica para sujetar las herramientas. Destacó en los estudios y formó parte de la primera promoción de graduados del centro.
A lo largo de los años han surgido muchas historias semejantes: graduados que lograron un sustento estable para sus familias y otros que encontraron oportunidades de trabajo en el extranjero.
En CITE, la formación va más allá de las competencias técnicas. Los alumnos —y también sus padres— reciben orientación en vida familiar, virtudes humanas y en la fe católica. En el corazón del campus se alza una capilla donde los estudiantes pueden detenerse, rezar y reflexionar. En una visita realizada en 1992, la entonces presidenta del país, Corazón Aquino, dedicó unos momentos de oración silenciosa en esta capilla, encontrando en ella un espacio de recogimiento.
El impacto de CITE se extiende con frecuencia mucho más allá de la graduación. Para algunos, ha sido un lugar de discernimiento vocacional: al menos ocho egresados del centro han recibido la ordenación sacerdotal como sacerdotes diocesanos en la ciudad de Cebú; el más reciente, en 2025. Otros, movidos por la gratitud, han regresado para ejercer como profesores, deseosos de transmitir lo que ellos mismos recibieron.

Han pasado casi cuatro décadas desde que el beato Álvaro recorrió aquella carretera de Mactán y sintió la urgencia de «hacer algo» por los pobres de Cebú. Su respuesta trae a la memoria las palabras de san Josemaría Escrivá:
«Entre los de tu alrededor —alma de apóstol— eres la piedra caída en el lago. Produces con tu ejemplo y tu palabra un primer círculo... y éste, otro... y otro, y otro... Cada vez más ancho. ¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?» (Camino, n.º 831)
En CITE, ese círculo de solidaridad sigue ensanchándose. Inspirados por el Papa León XIV y el beato Álvaro, ojalá nosotros también encontremos el ánimo no solo de ver las necesidades de los que nos rodean, sino de hacer algo concreto por quienes más lo necesitan.
