San Josemaría: El secreto de un amor que nunca se agota

San Josemaría explica la grandeza del matrimonio como un camino de santidad y ofrece consejos prácticos para la convivencia: ante las discusiones, perdonar, ceder y cariño mutuo.

—Padre, nos puede hablar algo sobre un tema que muchas veces nos ha dicho: que usted bendice el amor humano “con sus dos manos de sacerdote”.

— ¿Y qué quieres que diga yo de eso? ¿Cómo no voy a bendecir el amor humano, si lo ha bendecido el Señor y lo ha consagrado instituyendo un sacramento que San Pablo llama el “sacramento grande”?

El sacramento santo del matrimonio no es solo un contrato; es, a la vez, el contrato por el cual de dos carnes se hace una sola. ¡Cuidado, que lo dice duramente la Sagrada Escritura, pero hermosamente!

Yo no puedo menos de amar ese amor humano que el Señor me ha pedido a mí que me niegue. A mí me lo ha pedido, pero lo amo en los demás: lo amo en el amor de mis padres y lo amo en el vuestro, en el de los cónyuges entre sí. No te extrañe que yo os bendiga ese amor que ha consagrado el Señor.

Ahora, quereos de verdad y, como os aconsejo siempre: marido y mujer, pocas riñas. Más vale no enredar con la felicidad. Ceded vosotras un poquito; él cederá también.

Sobre todo, no riñáis delante de los hijos. Los niños se fijan en todo y forman enseguida su juicio. Ellos se erigen en señores, aunque tengan tres o cuatro años, y piensan: "mamá es mala" o "papá es malo". ¡Es un lío feroz, una tragedia en sus corazones! No hagáis eso.

Tened paciencia. Cuando el chico esté dormido, si queréis, reñid un poquito, pero sabiendo que no tenéis razón y que el enfado ya se os ha pasado.

Al final, aquel que cree que tiene la razón debe decirle al otro: "Perdóname, porque verdaderamente soy impaciente y te quiero con toda mi alma". Y entonces os dais un buen abrazo y hacéis las paces. Unas paces muy sabrosas.


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