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Hay palabras que suenan a otra época. “Mortificación” es una de ellas. ¿Morti... qué?

Cuando eliges renunciar a algo estás entrenando el corazón para que sea más grande, más libre, más capaz de amar. No eliminas tus deseos, los haces más libres y los orientas hacia lo que de verdad importa.

Si lo piensas bien, el sacrificio no ha pasado de moda. De hecho, sigue estando en todas partes: en quien entrena cuando no le apetece, en quien se calla para no herir, en quien elige lo mejor en lugar de lo más fácil.

La diferencia está en el porqué.

Porque el sacrificio, en el fondo, no es complicarse la vida, sino hacerla más grande.

La palabra lo dice todo: sacrificio viene de sacrum facere, es decir, “hacer sagradas las cosas”. Darles valor, ofrecerlas, entregarlas por amor a Dios y a los demás. No se trata de perder, sino de convertir lo pequeño —un gesto, una renuncia, un detalle— en algo lleno de sentido.

Y ahí la mortificación empieza a sonar a libertad. A elegir, conscientemente, no dejarte llevar por todo lo que te apetece, para querer mejor.

La Cuaresma es precisamente ese tiempo. No un paréntesis triste, sino una invitación a caminar con Jesús, a acompañarle en ese camino hacia la Semana Santa donde el amor se mide en entrega. Un tiempo para redescubrir que, cuando el sacrificio es por amor se vuelve profundamente actual.