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Hay una historia sobre un joven encargado de destruir un arma letal antes de que caiga en las manos equivocadas. Viaja muy lejos, fuera de su zona de confort, y da todo lo que tiene para cumplir su misión. Pero, a pesar de todo eso, acaba encariñándose con aquello mismo que debía destruir. Al final no es capaz de desprenderse de ello y otra persona tiene que tomar el relevo.

Cuando algunos lectores molestos escribieron al autor, J.R.R. Tolkien, quejándose de que su protagonista se pasara tres libros preparándose para fracasar, él explicó que Frodo merecía ser celebrado porque había llegado tan lejos como podía, y nadie podía haber esperado que fuera más allá.¹

Su misión no era destruir el anillo; era llegar lo más cerca posible de destruirlo.

La trampa

No es una distinción fácil de hacer, al menos cuando nos juzgamos a nosotros mismos. No cuesta mucho mirar a un amigo que ha suspendido un examen o que ha perdido la paciencia con un hermano pesado y decirle: «Lo has intentado de verdad, y eso es lo que importa». Pero intenta darte a ti mismo ese mismo consejo: resulta completamente poco convincente. La mayoría tenemos la sospecha persistente de que deberíamos ser mejores que los demás. (Y tampoco ayuda que normalmente sepamos que, en realidad, no lo hemos intentado del todo).

Pero aquí está la cuestión: no estás llamado a ser mejor que nadie. ¿Quieres mejorar el mundo, acercar a tus amigos y a tu familia a Dios y parecerte más a Jesucristo? Entonces tienes una misión más grande que tú mismo, y si mides tu éxito personal o tu valor por lo cerca que estés de cumplirla, tarde o temprano acabarás dejando de creer en la misión… o en tu propia valía.

Si trabajas para Dios, dice san Josemaría, las debilidades y los fracasos suscitarán «más realismo, más humildad, más comprensión con los demás», mientras que los éxitos y las alegrías te llevarán al agradecimiento y a darte cuenta de que no vives para ti mismo, sino para el servicio de los demás y de Dios.² Unos párrafos más adelante ofrece una frase tan cargada de significado que durante su vida se utilizó incluso como motivo decorativo —por ejemplo, en una lámpara del vestíbulo de la sede central del Opus Dei en Roma—: «Para servir, servir».³

¿Cómo se supone que debes saber si tu misión es destruir el anillo… o agotarte intentando llegar muy, muy cerca de destruirlo? Pregunta trampa: no estás llamado a saberlo. Solo Dios sabe lo bien que podrías haber hecho ese examen o cuánta más paciencia podrías haber tenido con tu hermano.

San Josemaría no escribió: «Para servir, sé útil». Dios no necesita que alcancemos un cierto nivel de eficacia, prestigio o resistencia antes de poder escogernos. No tenemos que demostrar nada para merecer su ayuda o su atención. Podemos servir como instrumentos mucho antes de ser realmente útiles.

La salida

Tolkien describe la reticencia de Frodo a volver a casa después de su aventura, en parte, como una tentación de orgullo: el «deseo de regresar como un héroe, sin contentarse con ser un simple instrumento del bien».

Una de las muchas paradojas de la vida cristiana es que, cuando estamos unidos a Cristo, participamos en su misión como “héroe”, pero solo porque aceptamos ser instrumentos.

Y ser instrumento significa intentar hacer bien las cosas, sabiendo que los resultados no dependen del todo de nosotros. «Para realizar las cosas, hay que saber terminarlas», dice san Josemaría, con su habitual sentido práctico. «No creo en la rectitud de intención de quien no se esfuerza en lograr la competencia necesaria, con el fin de cumplir debidamente las tareas que tiene encomendadas. No basta querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo».

Antes reconocíamos que, cuando las cosas salen mal, no siempre podemos decir que dimos lo mejor de nosotros. Ser instrumentos de Dios nos impulsa a no conformarnos.

La santidad toma nuestros objetivos y nuestras ambiciones… y los amplifica.
¿Quieres ser buen estudiante? Dios quiere que alimentes al mundo entero con tu oración, esforzándote por estudiar bien por Él, incluso cuando en el examen aparece una pregunta para la que no estabas preparado.

¿Quieres mantener la calma cuando tu hermano hace una broma pesada? Dios quiere que transformes esa tranquilidad en paciencia y amor, amándolo a través de tu reacción, incluso cuando estás de mal humor.

No podemos medir exactamente lo que Dios quiere, ni sabemos del todo de qué somos capaces.
Lo único que podemos hacer es dar lo mejor de nosotros, paso a paso, recorriendo el camino todo lo lejos que el tiempo y las fuerzas nos permitan llegar.


1 «Frodo emprendió su misión por amor: para salvar de la catástrofe el mundo que conocía, aunque fuera a costa de sí mismo, si podía; y también con humildad, reconociendo que era totalmente inadecuado para la tarea. Su verdadero compromiso consistía simplemente en hacer lo que pudiera, intentar encontrar un camino y avanzar por la senda todo lo lejos que le permitieran sus fuerzas de mente y cuerpo. Y eso fue lo que hizo». (Carta de septiembre de 1963, en The Letters of J.R.R. Tolkien, editado por Humphrey Carpenter, George Allen & Unwin, 1981, p. 327).

2 Es Cristo que pasa, nº 49.

3 Es Cristo que pasa, Edición crítico-histórica, nota 50d.

4 Si conoces la frase original en español, sabrás que es un juego de palabras: «Para servir, servir». Pero el contexto y la explicación que da a continuación dejan claro que puede traducirse como «Para ser útil, sirve», pero no al revés.

5 Carta de septiembre de 1963, en The Letters of J.R.R. Tolkien, editado por Humphrey Carpenter, George Allen & Unwin, 1981, p. 328.

6 Es Cristo que pasa, nº 50.