Cuando el Papa mira a los jóvenes, no ve estadísticas ni problemas: ve personas con futuro, con una misión, con un hoy que importa. Por eso comenzó recordando algo esencial, que quizá tú también necesitas escuchar:
Párate un momento… ¿Te crees de verdad estas palabras? ¿Te ves a ti mismo como alguien con esperanza, con tiempo, con algo que aportar ahora?
El Papa no habla de un futuro lejano. Habla del presente. De lo que ya estás viviendo: tus estudios, tu trabajo, tus amistades, tus dudas, tus decisiones pequeñas y grandes. Ahí, en eso concreto, ya se está construyendo el futuro.
Su mensaje es una llamada clara: no te rindas. No vivas a medio gas. No renuncies a soñar en grande. Como decía a los jóvenes:
Es una invitación a ser instrumentos de paz, personas que no se dejan vencer por el cansancio, el miedo o la indiferencia. Personas que creen que el bien es posible y que vale la pena apostar por él, incluso cuando cuesta. Por eso el mensaje del Papa no es solo para unos pocos. Es para ti. Y te lanza una pregunta directa, que puedes convertir en oración: ¿Soy instrumento de paz, de esperanza, de unidad, allí donde estoy?
Cada joven, en su propio ambiente, construye el presente y prepara el futuro de su ciudad, de su país, del mundo. El lema del viaje del Papa lo resume con fuerza:
Trabajar por la paz no es algo abstracto. Es ser, cada día, artesanos de la paz: en casa, con los amigos, en clase, en el trabajo, en redes sociales. En lo pequeño y cotidiano. El Papa también insistió en algo muy concreto y exigente: cómo nos relacionamos con los demás.


Aquí está una clave para tu vida. ¿Cuántas veces pongo el “yo” por delante? ¿En qué relaciones me cuesta decir “tú” primero?
Y lo expresa aún con más claridad:
Eso se concreta en gestos muy sencillos, pero llenos de Evangelio: escuchar con atención, sonreír cuando estás cansado, dar las gracias, pedir perdón, ofrecer ayuda, hablar bien de los demás. Pequeñas cosas que esconden una grandeza enorme.
Como regalo final, el Papa propuso a los jóvenes —y nos la regala también a nosotros— la oración de san Francisco de Asís. Rezarla despacio puede ayudarte a ponerle nombre a lo que deseas ser:
“Oh, Señor, hazme un instrumento de tu paz.
Donde haya odio, que lleve yo el amor.
Donde haya ofensa, que lleve yo el perdón.
Donde haya discordia, que lleve yo la unión.
Donde haya duda, que lleve yo la fe.
Donde haya error, que lleve yo la verdad.
Donde haya desesperación, que lleve yo la alegría.
Donde haya tinieblas, que lleve yo la luz”.
El Papa lo resumía con una palabra clave: entusiasmo.
Y la pregunta final queda abierta para ti, en silencio, delante de Dios: ¿Cómo puedes tú tener más a Dios en tu alma, hoy?






