«Denme un hombre de oración y será capaz de todo». La frase, atribuida a san Vicente de Paúl, resume bien la vida de un sacerdote que en 1625 decidió entregarse por entero a los más necesitados de la sociedad. De esa decisión nacieron los Padres Paúles —también llamados vicentinos— y, más tarde, junto a santa Luisa de Marillac, las Hijas de la Caridad.
Cuatro siglos después, su espíritu misionero sigue extendiéndose por todo el mundo, imitando el amor preferencial de Cristo por los pobres. Y, de un modo providencial, ese mismo espíritu se cruzó también en el camino de san Josemaría.
Barbastro: las primeras lecciones de fe
El primer encuentro tuvo lugar en Barbastro, la ciudad natal de san Josemaría. Allí, una Hija de la Caridad, la beata María del Rosario Ciércoles, fue su profesora de catecismo y la de su hermana Carmen.
De sus manos aprendió el pequeño Josemaría los rudimentos de la fe cristiana. Años después, durante la Guerra Civil española, sor María del Rosario entregaría su vida como mártir.
Zaragoza y la Medalla Milagrosa
Los caminos de ambos santos vuelven a encontrarse en Zaragoza. San Josemaría se formó en el Seminario de San Carlos, en la misma ciudad donde, más de trescientos años antes, san Vicente de Paúl había completado su formación sacerdotal.
En casa de los Escrivá, además, se vivía con naturalidad la devoción a la Virgen de la Medalla Milagrosa, que los Padres Paúles habían contribuido a difundir. San Josemaría acudió en varias ocasiones a la capilla de la Rue du Bac, en París, para encomendarse a la protección de la Virgen.
Madrid, 2 de octubre de 1928
El encuentro más significativo llegaría en Madrid. El 2 de octubre de 1928, san Josemaría hacía unos ejercicios espirituales en la casa de los Padres Paúles, junto a la iglesia de la Milagrosa. Fue allí, en esos días de oración, donde vio el Opus Dei.
Así, la fundación de la Obra quedó unida para siempre a un lugar vicentino: la casa de unos sacerdotes que, como su fundador, habían hecho de la oración el punto de partida de todo.
Una «partecica» de la Iglesia
San Josemaría solía decir que el Opus Dei es una «partecica de la Iglesia», pues nació en el seno de una Iglesia viva, donde la santidad de otros —san Vicente de Paúl, santa Luisa de Marillac y tantos hombres y mujeres que han seguido su camino en los cinco continentes— había preparado el terreno.
Por eso, en el camino al primer centenario, la Obra mira con gratitud a esos santos cuyas huellas se cruzaron con la de su fundador. En la catequesis de Barbastro, en las aulas de Zaragoza, ante la Virgen de la Milagrosa y en aquellos ejercicios de 1928, Dios fue tejiendo una historia en la que la caridad de un santo francés del siglo XVII preparó, sin saberlo, el camino a un mensaje nuevo: la santidad en medio del mundo.