Tal vez nos falta un poco de perspectiva para asombrarnos todo lo que debiéramos… sorprendernos de verdad cuando escuchamos la palabra “Jesucristo”.
Bendita palabra. Bendito nombre, sin duda. Pero el punto es que quizá te pasa lo mismo que a mí, que de tanto haberlas oído juntas no me doy cuenta de que son dos palabras en una. Y eso tiene una buena historia detrás. Jesús es Cristo. Jesús de Nazaret existió sin duda, y sin duda fue un hombre extraordinario. Pero fue mucho más que eso: un hombre que era Emmanuel: “Dios con nosotros”.
Algunas canciones captan nuestra necesidad de que lo cotidiano sea luminoso. En Ordinary, Alex Warren lo canta con fuerza: incluso lo de todos los días puede llenarse de sentido si alguien lo ilumina. Algo parecido se oye en Si no estás de Íñigo Quintero, un grito que reconoce cuánto necesitamos de una presencia que lo transforme todo. Por ahí va el anuncio del cristianismo: Dios mismo se hizo hombre, hombre de carne y hueso, sin dejar de ser al mismo tiempo Dios.
Cercano. Para salvarnos del sinsentido, para que nada en nuestra vida quedara vacío y mucho más todavía: “a cuantos lo recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre” dice San Juan en el prólogo de su evangelio.
No se trata de un mito sino de un hecho histórico: Dios verdaderamente se hizo hombre. Sí: el Creador asumió un modo de existir limitado, el de creatura. El Hijo eterno del Padre asumió nuestra naturaleza humana: por amor y para salvarnos. San Ireneo lo dijo así de sintético menos de dos siglos después: “tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre, al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios”.
Podría no haber ocurrido nunca o podría haber sido de otro modo, porque Dios es infinitamente libre. No tenía obligación alguna de encarnarse, ni de que fuera precisamente la Persona del Hijo quien se hiciera hombre. Pero lo hizo, y no de improviso; Dios fue preparando a la humanidad con toda una historia de salvación. Tras el pecado de Adán y Eva, se acercó y les prometió un descendiente que vencería a la serpiente: el protoevangelio. Con Noé, con Abraham, con Isaac y Jacob, con Moisés, Dios renovó su alianza. Cada paso se acercaba al gran cumplimiento.
A Abraham se le prometió una descendencia que traería la salvación; a David, que de su propio linaje nacería el Rey esperado. Los profetas concretaron detalles de la promesa: el Mesías nacería en Belén, cargaría con el peso de los pecados e instauraría un reino eterno desde la humildad. Junto a esas profecías, hubo figuras que anticipaban al Redentor: Abel, el inocente asesinado; Isaac, dispuesto al sacrificio; José, vendido por sus hermanos; el cordero pascual antes de salir de Egipto hacia la libertad.
Al llegar el tiempo oportuno, contando con la colaboración de María Santísima, lo prometido se cumplió fielmente por obra y gracia del Espíritu Santo: “el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros”. Habitó no un día ni dos, sino más de treinta años, “y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”, escribió más tarde San Juan.
El ángel precisó a María el nombre del Niño, que nacería nueve meses después; también le fue comunicado en un sueño a San José, como nos relata San Mateo en su versión del Evangelio. Jesús significa “Dios salva”. Ese nombre declara su misión: liberar a su pueblo de los pecados.
Cristo es traducción griega de la palabra hebrea Mesías, “ungido”. En Israel se ungía para su misión a los reyes, sacerdotes y profetas. Jesucristo lo es en plenitud: Sacerdote, Profeta y Rey. Profeta se llama a quien comunica un mensaje por encargo de Dios. Jesús lo fue de modo eminente; más aún: Maestro, que no transmitía ideas ajenas, sino que se daba a Sí mismo, enviado por el Padre. Sus gestos y palabras poseen autoridad porque Él es la Palabra eterna, la revelación completa: en Él, Dios Padre lo ha dicho todo.
Como Sacerdote, ofrece un único sacrificio: su entrega en la Cruz, siendo sacerdote y víctima a la vez. Elevado en lo alto, llevó a plenitud la redención y nos atrae a todos hacia Sí. San Pablo dispara certero: “hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Cristo Jesús” (1 Timoteo). Solo Él es como un puente perfecto porque es Dios y hombre a la vez. Quizá recuerdas ese cuadro que pintó Velázquez de Jesús en la Cruz, una imagen impresionante, que se conserva en el Museo del Prado.
Como Rey, reina sirviendo. Su reino no será político, pero es real: un reino de verdad, justicia, amor y paz. No aceptó este título a la ligera, porque muchos lo interpretaban en clave de contiendas políticas. Jesucristo mostró en su vida y en su Pascua lo que realmente significaba ser el Mesías de Dios. Dios, que es Amor, es un Dios que salva. “El reino de Cristo no es un modo de decir, ni una imagen retórica. Cristo vive, también como hombre, con aquel mismo cuerpo que asumió en la Encarnación, que resucitó después de la Cruz y subsiste glorificado en la Persona del Verbo juntamente con su alma humana. Cristo, Dios y Hombre verdadero, vive y reina y es el Señor del mundo” (Es Cristo que pasa 180).
Otros títulos completan su identidad. Es el Hijo único del Padre: no por un don de adopción, como nosotros, sino por naturaleza y desde la eternidad. También se le llama Señor(Kyrios), un título que en el Antiguo Testamento correspondía solo a Yahvé. Aplicarlo a Jesús, como hace el apóstol Pablo en sus cartas, significaba proclamarlo verdadero Dios.
Cada gesto suyo, cada palabra, cada instante: toda su vida es salvífica. Así, los años ocultos en Nazaret no fueron solo “una preparación para”, sino vida plenamente redentora. Por la Encarnación de Jesucristo y la gracia que nos ofrece a través del Espíritu Santo, nuestra vida cotidiana es también lugar de santidad. Familia, amigos, trabajo, incluso lo más rutinario: todo puede llenarse de la belleza de Dios.






