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El círculo de San Rafael no es un sitio al que vas y ya está. No es sentarte, escuchar, asentir y seguir con tu vida exactamente igual. El círculo va de aprender a vivir con Jesús. Cómo decía San Josemaría, de “buscarle, conocerle y tratarle” en lo concreto de tu vida. Por eso, lo más valioso del círculo no pasa mientras dura, sino después. El círculo empieza cuando acaba.

Durante el círculo recibes luces, ideas, sugerencias. Pero no todas son iguales para todos. Dios te habla de manera personal: te da unas luces concretas sobre lo que escuchas, distintas a las de la persona que tienes al lado. Ahí está la clave. Si lo que recibes no se reza, no cala. Y lo que no cala, no se vive. La formación que se queda en el papel muere; la que se reza, transforma.

1. Es más que “sentarte a escuchar y ya”

Puede parecer obvio, pero no lo es. Si no apuntas nada, es muy difícil que luego lo recuerdes. El papel ayuda. Y si usas el móvil, que sea con intención: modo avión, sin notificaciones, sin distracciones. El círculo pide atención, porque es un rato en el que Dios quiere decirte algo.

Además, el círculo no termina cuando se acaba la charla. Es una buena costumbre hablar después del círculo con la persona que lo da o con quien te acompaña espiritualmente: concretar, poner nombre a lo que has visto, aterrizarlo. Pero para llegar a eso, antes hay algo imprescindible: rezar el círculo. Presentarlo delante de Dios. Decirle: “Jesús, ¿qué quieres decirme hoy con esto?”

El círculo forma parte de tu lucha semanal. No es una lista interminable de propósitos, sino una concreción. De varios temas, se elige uno. Algo pequeño, real, posible. Algo que puedas vivir.

2. Es un medio de formación, no de información

La cuestión no es solo ir o no ir. La pregunta importante es: ¿qué hago yo con el círculo? Porque no es un medio de información, sino de formación. No está pensado para que sepas más, sino para que seas más parecido a Jesús.

A veces parece que te puedes quedar en el “yo ya voy a círculo”, pero si lo que escuchas no te mueve por dentro, algo se queda a medias. Por eso es importante coger el “paisaje” completo: no solo la charla, sino todo lo que el círculo propone. Dejar que ese tema te acompañe durante la semana. Ahí es donde el círculo empieza a transformarte. Y a lo largo del año irás tocando distintos temas de tu vida interior.

Además, para una persona de San Rafael, el círculo es uno de los medios de formación que san Josemaría quiso incluir para todas las personas que se acercaran a la "gran catequesis" que es el Opus Dei. Junto con las meditaciones, retiros, velas al Santísimo, colectas…son un itinerario formativo para ayudar a que la gente joven, de manera libre y activa, haga vida de su vida el mensaje de Cristo.

3. Es escuchar lo que el Espíritu Santo pone en tu corazón

No se trata de quedarte con la frase más brillante ni con la idea mejor explicada. Se trata de descubrir qué te dice Dios a ti en ese círculo concreto. Puedes ayudarte con tres preguntas sencillas, hechas delante de Jesús, ojalá sea ante el sagrario:

  • Primero: de todo lo que he escuchado, ¿qué dos o tres ideas me han impactado más? ¿Por qué? Escríbelas. Piénsalas con Jesús. Háblalas con Él.
  • Segundo: Jesús, ¿en qué me puedo comprometer a luchar esta semana sobre esto? ¿Qué va a cambiar de aquí a mi próximo círculo? No algo genérico, sino concreto.
  • Tercero: ¿cómo me ayuda este tema en mi relación con los demás? ¿Cómo puede impactar en mi forma de tratar, de servir, de estar? El círculo no se guarda, se comparte. Lo que empieza dentro es expansivo hacia los demás y genera un impacto en tu entorno.

    Puedes también pedir bibliografía, textos, fuentes sobre el tema del círculo. Eso te ayudará a profundizar durante la semana. Después del círculo llega el momento de “bucear” en el tema que hayas escuchado. Cuanto más profundizas, más luces se encienden en tu vida interior.

    Qué hacer con cada parte del círculo

    • La oración introductoria pone de manifiesto la presencia del Espíritu Santo. Es un momento muy potente. Merece la pena estar atento, recogerte, ponerte de verdad en presencia de Dios y bajar el volumen de lo exterior.
    • La recapitulación no es un concurso para ver quién se acuerda de más ideas del círculo anterior. Sino que, como la formación que recibes tiene un hilo conductor para que de verdad sea un plano inclinado en tu vida interior, ayuda volver a repasar esas últimas ideas.
    • El comentario del Evangelio es una invitación directa: ¿en qué me puedo parecer hoy un poco más a Jesús? Una virtud, una actitud, una manera de mirar... Puedes meterte en el Evangelio como un personaje más. No es una historia pasada: hoy Jesús te habla a ti, con tu situación concreta.
    • En la charla, apunta algo más que el título. Anota las ideas que más te remuevan, las que luego quieras llevar a la oración. Lo que escuchas es solo la punta del iceberg de un tema que puedes tratar el resto de la semana con Jesús.
    • El examen de conciencia no es una checklist ni el momento de los penaltis. No se trata de fallos, sino de lucha. Mete un gol esta semana. Una sola pregunta. Y ojalá al final del curso hayas ido incorporando muchas a tu vida.
    • Los asuntos de la semana no son solo avisos. Son también una oportunidad para crear amistad, para interesarte por los demás, para generar vínculos con el resto de personas de tu círculo. Incluso pueden formar parte de tu oración durante la semana: acordarte, preguntar, acompañar.
    • La lectura suele estar relacionada con el tema del círculo. Escúchala despacio, con atención. Si puedes, pide la fuente de ese texto para profundizar después. Ayuda mucho a la reflexión y a darle continuidad a lo recibido.
    • La colecta del círculo no es la propina a quién te ha dado la formación, sino que es una llamada a la generosidad de cada uno. Por poco que sea, es tu aportación para distintas necesidades. El “no tengo monedas” ya no cuela…un bizum siempre es una posibilidad.

    El círculo delante del sagrario

    Al final, todo se resume en esto: llevar el círculo delante de Jesús. Decirle con lo que has apuntado: “Jesús, en esto, ¿tú qué quieres? Yo, con este tema, ¿qué puedo dar?” Cuando el círculo pasa por la oración, deja de ser una actividad más y se convierte en un motor de vida cristiana.

    Entonces sí: el círculo empieza cuando acaba. Y se convierte en una ayuda real para tu vida y para tu amistad con los demás.