Si hay algo claro en un sendero de montaña es que toda esa maravilla no la puse yo ahí. Ni tú. Nos queda grande, como a veces se dice. Es maravilloso lo que tengo enfrente. A veces, incluso más: sobrecogedor. Qué belleza la de esos montes. Cómo refulge ese verde nuevo de la hierba en primavera. Es fantástica la dureza de la roca y el blanco deslumbrante de la nieve allá arriba, en la montaña.
Y es también asombroso que yo tenga ojos para verlo, pies para andar por ahí y pulmones que estén aprovechando el oxígeno que recogen del aire. Para qué hablar de la capacidad que tenemos de idear una excursión y de planificar todo lo relativo a la alimentación, la hidratación y el equipo necesario.
Cuántas maravillas. Y no las he puesto yo en el mundo. Ni tú.
¿Quién, entonces? ¿Cómo? ¿Cuándo?
Queremos respuestas, y por eso el conocimiento científico avanza y avanza. Pero es evidente que no nos sirve un “hace mucho, mucho tiempo…” del típico inicio de los cuentos infantiles o el “en una galaxia muy lejana…” con que a veces comienza una serie de ciencia ficción. Diluirlo en un pasado muy remoto o en un lugar del espacio muy lejano es en realidad renunciar a responder. Aunque sea envuelto en cifras abrumadoras de años o probabilidades, aunque quien lo esté diciendo sea una eminencia científica.
¿Qué nos propone la sabiduría cristiana? Que “en el principio, Dios hizo el cielo y la tierra” (Génesis 1). Es decir, todo. Pero otra cosa también, y no poco importante: que “Dios es amor” (1 Juan 4). Vaya si calzan bien. Y vaya si calzan con lo que nos encontramos a cada paso.
Qué bien está hecho todo, con qué detalle, con cuánta belleza. Con qué elegancia, con qué simplicidad y, al mismo tiempo, con una densidad de elementos e interacciones absolutamente sorprendente. En este mismo sendero de montaña en que nos encontramos ahora. Pero no solo en el cielo azul, la piedra dura, la montaña majestuosa y el bípedo pensante que disfruta todo esto y que en su mochila lleva agua, algo de abrigo y un móvil. También en las órbitas que ahora mismo están describiendo los planetas en torno al Sol, y este a su vez, desplazándose por la galaxia. En esas inmensas órbitas y en los pequeñísimos flujos de cada una de mis células.
Sea con telescopio, sea con microscopio, sea mirando sin instrumento alguno: “¡cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría!” (Salmo 104). Las hizo y les sigue dando la existencia.
Un paso más de esa sabiduría que nos transmite la Sagrada Escritura: la afirmación de que el hombre fue creado por Dios de un modo muy especial, a su imagen y semejanza. Además de encenderle (como a todo lo demás) la chispa del existir, además de darle consistencia y una forma bien perfilada y dotada de belleza, resulta que el ser humano piensa y ama. Por un querer muy preciso de Dios. El hombre es capaz de acciones creativas. Es libre. Tiene corazón. Está también en el mundo material, pero de un modo del todo peculiar. La creación entera ha brotado del amor libre y sabio de Dios, pero eso es así especialmente respecto del hombre.
Como Dios, somos capaces de amar, de dialogar, de responder a los demás abriendo nuestro corazón a otros corazones. Somos capaces de trabajar, sacando de ese pozo interior que tenemos nuevas preguntas y nuevas respuestas.
Todo eso nos señala no solo el origen del ser humano, sino también sugiere un estilo de cómo desenvolverse en la creación y apunta a las impresionantes posibilidades que se abren. Invita a soñar: indica hacia adelante y hacia arriba. Es vocacional.
Dado que “Dios es Amor” y que el hombre es “a su imagen y semejanza”, ¿por qué no vivir con el estilo de Dios? ¿Por qué no ser abierto y dialogante y respetuoso y creativo? ¿Por qué no tratar a los demás como los trata Dios? ¿Por qué no ponerse “manos a la obra” compartiendo y aportando como lo hace Él? ¡Qué buena idea vivir irradiando bondad, poniendo belleza en el mundo, vivir según la verdad de las personas y las cosas!
Duele encontrarse de pronto un envoltorio o una botella plástica junto al sendero. Así, tal cual: duele. Apena porque hiere la pureza del entorno, la belleza natural de aquel lugar. Es quizá un despiste de alguien que anduvo antes por ahí mismo, una falta de atención que enseguida lamentamos. Pero no solo duele, sino que tal vez hasta enfada si resulta que no fue un despiste sino un desprecio de la ecología lo que hizo que aquello terminara junto al sendero. La injusticia de esa actitud salta a la vista. Si resulta posible, intentamos recogerlo y llevarnos esa basura hasta el depósito más cercano. Sale natural. Brota muy de dentro el querer cuidar la creación, dentro de las posibilidades que cada uno tiene. Escasas, tantas veces, pero reales. Así, deseamos preservar el tesoro de una ecología sana. Evitamos daños. Y más: también deseamos generar cambios positivos, mejoras que descubrimos a nuestro alcance. Poniendo amor, con inteligencia.
Hacemos bien tratando a los demás y trabajando el mundo como Dios trata a las personas y como Dios actúa en la creación. Con una libertad llena de amor. Con una libertad llena de verdad. Esa verdad que proclamó San Pablo en el areópago de Atenas, hablándoles de Dios a partir de la Creación: “en Él vivimos, nos movemos y existimos”. Vale la pena repasar ese breve discurso, en el capítulo 17 de los Hechos de los Apóstoles.