Buscar
Cerrar

Te dejamos AQUÍ un texto para acompañar tu oración durante este rato, por si te ayuda a arrancar tu conversación personal con Él.


Jesús, gracias por estar aquí.

Gracias porque, una vez más, me esperas sin prisa, con esa paciencia tuya que descoloca, porque no depende de cómo venga yo hoy, ni de lo que haya hecho, ni de lo distraído que haya estado estos días. Tú simplemente estás.

Esta noche vengo a rezar contigo. Vengo a estar, a mirarte, a intentar hacer silencio por dentro. Y queiro también unirme a la intención del Papa de este mes: rezar por la seguridad alimentaria y por la lucha contra el desperdicio.

Es un tema que, si lo pienso rápido, se me queda un poco lejos. No es algo que me afecte directamente, no forma parte de mis preocupaciones diarias. Yo no vivo con miedo a no tener qué comer mañana. Y, sin embargo, hay miles de personas para las que esto no es una idea, sino una preocupación constante, algo que condiciona su vida entera.

Señor, hoy quiero pedirte por ellos, por cada persona que pasa hambre, por cada familia que no tiene acceso a lo básico, por los niños que crecen con carencias que yo ni siquiera puedo imaginar del todo. Tú los conoces, sabes sus nombres, sabes dónde están y lo que necesitan. No son cifras ni estadísticas para Ti, son personas concretas, con una historia, con una dignidad inmensa. Acompáñalos, sostenlos y suscita en otros —también en mí— respuestas reales.

(Párate a pensar en esas personas, imagina cómo estarán ahora, qué estarán sintiendo)

Pero al mismo tiempo, Jesús, hay una frase tuya que no me deja tranquilo: “dadles vosotros de comer”. No dices “ya me encargo yo”, ni colocas el problema fuera de nosotros. Nos implicas. Me implicas.

Y eso me obliga a mirarme con más sinceridad.

Porque yo tengo comida, tengo acceso a mucho más de lo que necesito, y aun así muchas veces vivo sin darme cuenta de lo que tengo entre manos. Como sin agradecer, compro sin pensar demasiado, dejo que las cosas se estropeen, tiro comida casi sin ser consciente. Son gestos pequeños, cotidianos, pero que dicen mucho de cómo estoy viviendo.

Me doy cuenta de que el problema no está solo en “el mundo”, sino también en mi manera de estar en él. En cómo trato lo que tengo, en si lo valoro o lo doy por hecho, en si soy capaz de compartir o si me encierro en mi propia comodidad.

Señor, enséñame a vivir de otra manera. A ser más consciente, más agradecido, más fuerte con mis caprichos. Que no me acostumbre a tener de todo. Que no pierda la capacidad de agradecer algo tan básico como la comida de cada día. Y que eso no se quede solo en una idea bonita, sino que se traduzca en gestos concretos: en cuidar lo que tengo, en no desperdiciar, en no vivir en automático.

Y también, Jesús, enséñame a no ser indiferente. A no pasar de largo tan fácilmente cuando veo a alguien que pide comida en la calle, a no justificarme para no implicarme, a no endurecer el corazón para que no me incomode. Dame una mirada más atenta, más humana, más parecida a la tuya.

Al pensar en todo esto, Jesús, me doy cuenta de que el hambre no es solo material. Hay personas que pasan hambre de pan, sí, pero también hay otro tipo de hambre que todos llevamos dentro. Yo también.

Hambre de felicidad, de sentido, de que alguien me comprenda de verdad, de sentirme querido sin condiciones, de tener paz por dentro. Y muchas veces intento llenar ese hambre como puedo, buscando en mil cosas que prometen mucho pero que no terminan de saciar.

(Mira a Jesús y cuéntale qué “hambre” / qué deseos tienes ahora)

Y en medio de todo eso apareces Tú diciendo: “Yo soy el pan de la vida; el que viene a mí no tendrá hambre”.

Es una afirmación muy fuerte, Jesús. Porque no estás ofreciendo algo más, no estás dando una solución parcial. Te estás ofreciendo a Ti mismo como respuesta al hambre más profunda del corazón.

Y, sin embargo, muchas veces sigo buscando fuera, sigo probando otras cosas, sigo posponiendo el venir a Ti de verdad, con lo que soy y con lo que me falta.

Enséñame a creerme esto. A acercarme a Ti con mi hambre real, sin disfrazarla, sin llenarla antes de cosas que no funcionan. A descubrir que en Ti hay una plenitud que no depende de cómo vaya todo fuera, ni de si las cosas salen como espero.

Que aprenda a venir a Ti como quien tiene hambre de verdad, sabiendo que aquí hay alimento, que aquí hay vida.

Y, al mismo tiempo, Señor, no puedo no darte las gracias. Porque no solo has hablado de pan, no solo has prometido saciar el hambre… has querido quedarte Tú mismo como alimento.

Te has quedado en la Eucaristía.

Podrías haberte ido, podrías habernos dejado solo palabras o recuerdos, pero has querido permanecer de una manera real, concreta, silenciosa. Has querido hacerte accesible, cercano, cotidiano. Y eso es un regalo inmenso.

(Mira a Jesús en el altar y agradecele ahora con tus palabras)

Muchas veces paso por delante sin darme cuenta, me acostumbro, lo doy por hecho, pero hoy, delante de Ti, quiero detenerme y agradecerlo de verdad. Gracias por quedarte. Gracias por hacerte Pan para mí. Gracias porque en cada Eucaristía te das sin reservas, sin medida.

Que no pierda nunca el asombro ante esto, Jesús. Que no lo viva como algo más, como algo rutinario. Que cada vez que venga a adorarte o a recibirte recuerde que aquí está la respuesta a mi hambre más profunda.

Quédate conmigo cuando salga de aquí. Quédate en mi manera de vivir, de consumir, de relacionarme con lo que tengo y con los demás. Quédate también en mi manera de buscar, de desear, de intentar llenar el corazón.

Porque quizá aprender a dar de comer a otros… empieza por dejar que Tú sacies primero mi propia hambre.