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Durante años nos hemos creído la falsa promesa de que si estudias mucho, trabajas duro y consigues éxito, seremos felices. Sin embargo, hoy en día vemos más claro que el éxito profesional no es necesariamente sinónimo de una vida plena. Esta visión es la que lleva a mucha gente joven hoy en día a mirar el mundo laboral con cierto escepticismo. De ahí que algunos reaccionen en sentido contrario: si el éxito no asegura la felicidad, quizá lo mejor sea trabajar lo menos posible o aspirar a una vida lo más cómoda posible.

Pero estas dos posiciones, tanto la obsesión por el éxito como el rechazo del trabajo, comparten una visión equivocada del trabajo. Durante mucho tiempo hemos mirado el trabajo casi exclusivamente desde sus resultados: lo que produce, el dinero que genera, el reconocimiento que aporta. Más allá del resultado, el trabajo nos forma, nos transforma y nos conecta con los demás. Lo decisivo no es tanto lo que conseguimos como lo que vamos llegando a ser en el proceso de hacerlo y la buena noticia es ¡que podemos llegar a ser santos!

Por eso, desde una perspectiva cristiana, el valor del trabajo no se encuentra solo en sus resultados, sino en el proceso humano y espiritual que se desarrolla a través de él.

El trabajo como lugar de crecimiento interior

Si observamos la experiencia humana con atención, advertimos que el trabajo cumple una doble función. Por un lado, transforma el mundo exterior: construye casas, desarrolla tecnología, cura enfermedades, organiza instituciones. Pero, al mismo tiempo, transforma a la persona que trabaja.

A través del trabajo nos desarrollamos humanamente. Pensamos mucho en lo que queremos dedicarnos, el tipo de trabajo que queremos tener o a qué puesto queremos llegar. Pero, ¿cuánto pensamos en el tipo de persona en la que me quiero convertir a través de las decisiones y acciones que haga en mi ámbito del trabajo, al que le voy a dedicar los siguientes 50 años de mi vida?

En este sentido, atender a lo que llevamos en el corazón puede ayudarnos a proyectar mejor nuestro trabajo y a entender cómo mi manera de realizar mi trabajo también va configurando mi interior. Dios no actúa al margen de la historia concreta de cada uno, sino dentro de ella. Se sirve precisamente de esos procesos ordinarios para modelar el corazón. Pero, ¿qué es lo que nos mueve interiormente para hacer lo que hacemos?

Cuando trabajo para Dios y con Dios, la obsesión por los méritos y los resultados exitosos deja lugar a la preocupación sobre cómo puedo amar más y servir mejor. Esta es la razón por la cual dos personas pueden realizar exactamente la misma tarea y, sin embargo, vivirla de manera muy distinta. Una puede hacerlo solo para cumplir con una obligación o alcanzar un objetivo personal. Otra puede hacerlo por amor a Dios, con espíritu de servicio, procurando que ese trabajo beneficie realmente a los demás.

Por supuesto, es bueno que un proyecto salga bien, que un trabajo tenga calidad y que una iniciativa dé frutos. Pero esos resultados no son el único criterio para medir el valor de una vida.

Muchas veces los resultados dependen de circunstancias que no controlamos completamente. Lo que sí depende de nosotros es el modo en que realizamos el trabajo: la dedicación, la honestidad, la generosidad con la que lo vivimos.

En este sentido, no hay desarrollo personal que no esté vinculado con el desarrollo social. El trabajo siempre tiene una dimensión social. Incluso cuando parece que trabajamos solo para nosotros mismos, lo que hacemos termina influyendo en otros: en los clientes, en los compañeros, en la sociedad.

Por eso es necesario superar una visión individualista del trabajo que lo reduzca a algo que hago únicamente para mí (incluso, en la versión más espiritualizada, solo para mi santidad personal).

El trabajo como servicio

Una primera forma de recuperar esta dimensión es entender el trabajo como servicio. En la medida en que todo trabajo responde a una necesidad humana, puede ser comprendido como una forma concreta de servir a otros.

Un médico sirve a través del cuidado de la salud. Un profesor sirve ayudando a otros a aprender.

Un ingeniero sirve diseñando soluciones que mejoran la vida de las personas. Incluso tareas que parecen más administrativas o técnicas están orientadas, en última instancia, al bien de alguien.

Comprender esto cambia profundamente la manera de trabajar. La pregunta deja de ser únicamente qué obtengo con mi trabajo y pasa a ser también a quién beneficia lo que hago.

Muchas veces este servicio se realiza de forma silenciosa y poco visible. Hay trabajos que no reciben reconocimiento público, pero que sostienen el funcionamiento de instituciones, comunidades y familias. La grandeza de esos trabajos no depende de su visibilidad, sino de la ayuda real que prestan.

En este sentido, la visión del trabajo cambia cuando no está regida por la lógica del rendimiento, sino del don: ¿cuánto puedo cuidar a las personas con mi trabajo?, ¿cómo puedo ayudarles a que su vida sea más fácil?

Cada profesión expresa el servicio, el cuidado, de una manera distinta, pero en el fondo muchas actividades humanas tienen esta orientación. Desde esta perspectiva, trabajar bien no consiste únicamente en cumplir correctamente una tarea técnica. Consiste también en preguntarse cómo ese trabajo contribuye al bienestar real de las personas.

Esta mirada invita a pensar cómo mejorar los entornos de trabajo, cómo humanizar las instituciones y cómo crear estructuras más justas y más respetuosas con la dignidad de las personas. En cierto modo, forma parte de la vocación cristiana en el mundo contribuir a que los sistemas sociales, económicos y laborales sean más humanos y más abiertos al bien común.

Como barro en manos del artista

La vida humana se parece en cierto modo al trabajo de un escultor. Una escultura no aparece de golpe; se va formando poco a poco mediante un proceso largo de trabajo, correcciones y ajustes.

Durante mucho tiempo el resultado final todavía no se ve con claridad. Sin embargo, cada golpe de cincel forma parte de la obra.

Algo semejante ocurre con la santidad. No es un resultado espectacular que aparece al final de la vida. Es una realidad que se va construyendo lentamente en los procesos cotidianos: en el trabajo bien hecho, en el servicio a los demás, en la capacidad de recomenzar cuando algo falla.

Por eso el lugar donde se juega la santidad no está en un futuro lejano, en grandes logros que algún día podrían llegar. Está en el presente, en la manera concreta de vivir el trabajo de cada día. En definitiva, la santidad no consiste en alcanzar grandes resultados, sino en dejar que Dios transforme nuestra vida a través del proceso mismo de vivir y trabajar.


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