Buscar
Cerrar

Puedes descargar la transcripción AQUÍ.


Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada, san José, mi padre y señor, ángel de mi guarda, interceded por mí.

Qué bonito es el tiempo de Cuaresma. Un tiempo que, en principio, puede darnos miedo o apetecernos poco, como si fuera un tiempo litúrgico triste en el que tenemos que estar apagados, desanimados o desmotivados. Y, sin embargo, es el tiempo de los grandes amores: de demostrarte, Jesús, que te quiero, que para mí eres importante, que no me conformo con darte los minutos de la basura en mi día, sino que quiero que seas una prioridad. Quiero que haya espacios, momentos en los que yo esté cara a cara Contigo, en los que te escuche, en los que trate de ver en mi corazón qué me estás pidiendo, en los que me identifique Contigo.

La Cuaresma es un tiempo para dejar atrás tantas cosas que me esclavizan, que me limitan, que me embotan el corazón, y así tener un corazón más libre para amarte mejor, para amarte más, para disfrutar de lo que es tenerte en mi vida, Jesús.

Vivimos hoy en un mundo que habla mucho de libertad. Se nos dice que ser libre es poder elegir, no atarse, no complicarse la vida, no depender de nadie. “Cuídate”, “dedícate tu tiempo”, “no te estreses”, “protege tu espacio, tu tiempo, tus caprichos”… Cuántas frases, ¿verdad?, nos vienen muchas veces al corazón: “dedícate tiempo”, “no te exijas tanto”, “haz lo que te apetezca”.

Y todo eso, claro que es necesario, que es importante. Pero poco a poco se nos va colando una idea más profunda y más peligrosa: pensar que entregarme a los demás, dedicar tiempo a otras personas, hacer por los otros sean felices, es sacrificarse demasiado, y que en el fondo no merece la pena. Como si estuviéramos renunciando a nuestra propia felicidad.

Y, sin embargo, Jesús, cuando miro Tu Vida, cuando medito tu Evangelio, cuando trato de escucharte en la oración, qué distintas se ven las cosas.

La Cuaresma me pone delante tu camino hacia la Cruz, y no como algo espantoso, como una fatalidad, como si fuera el final malo de una historia que parecía muy bonita. No. Tú mismo dices en el Evangelio de san Juan: “Nadie me quita la vida; yo la entrego libremente”. No estás haciendo algo que no quieres hacer. Como nos quieres tanto, como somos tan importantes para Ti, como quieres salvarnos del pecado y de la muerte, como quieres demostrarnos con obras que nos quieres, por eso entregas Tu Vida.

Jesús, nadie te arrastra a la Cruz, nadie Te obliga, nadie Te lo impone. Tú lo eliges, Tú decides, Tú te entregas, porque sabes que así vas a conseguir un bien mucho mayor.

Podríamos pensar que así no eres libre, que hay un destino que Te condiciona. Y, sin embargo, eres el Hombre más libre: libre ante el miedo, libre ante el dolor. Nada Te detiene porque tienes claro para qué quieres dedicar Tu Vida.

Y por eso, Jesús, me quiero poner delante de Ti en este tiempo de Cuaresma, en el que quiero vaciar mi corazón de cosas superfluas, de espacios en mi vida que me esclavizan más que liberarme. Te quiero pedir que me ayudes, que me des luz, que me enseñes a renunciar a tantas cosas que me dejan vacío, que no me llenan, a las que a veces dedico tanto tiempo, para poder dedicar más espacio en mi vida a aquello que me hace verdaderamente feliz.

¿Cuántas personas hay a mi alrededor a las que puedo entregarme? Cuánta gente me está esperando: personas con las que convivo cada día y a las que, a lo mejor, no dedico un momento para sonreír, para decirles que les quiero, para sentarme con ellas y escuchar: “¿qué tal tu día?”. Para pasar tiempo a su lado, tiempo de calidad, no el que me sobra.

La libertad como una oportunidad para entregarme a los demás. Como una oportunidad para dedicarte tiempo, Jesús, para disfrutar de Ti, para llenarme de Tu Presencia, para convencerme de que estando junto a Ti estoy ganando, estoy alcanzando mi plenitud, estoy recorriendo un camino que me hace feliz.

Pensar en personas concretas que me necesitan, con las que tantas veces paso de largo, de las que ni siquiera me preocupo de sus preocupaciones o me alegro de sus alegrías, porque estoy centrado en lo mío: en el móvil, en la serie, en mis planes, en “mi tiempo”. Y todo eso es bueno, pero con medida, para que en mi vida no quepa solo yo, sino que quepan también los demás. Para descubrir que, al salir de mí mismo, ahí está mi felicidad.

Pienso, por ejemplo, en esos momentos en los que, después de unos días de exámenes, de presión o de cansancio, tengo dos opciones. Una, perfectamente legítima: quedarme en casa, tirarme toda la tarde viendo series, vídeos, haciendo lo que me apetece, sin que nadie me moleste. Y es verdad que al principio es agradable: se descansa, se desconecta. Pero cuando eso se convierte en costumbre, cuando no lo mido, en el fondo me deja vacío. El tiempo pasa, pero no deja huella.

Y qué distinto es aprender a descansar también dedicándome a los demás: a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos, haciendo algún voluntariado, acompañando a personas que están solas… Pensando en los demás. La libertad hay que llenarla de cosas que nos enriquecen, que no nos dejan vacíos.

Por eso, Jesús, Te pido que me enseñes a mirar tu vida, a descubrir cómo en Tu día a día casi nunca haces cosas para Tu propio beneficio, sino que siempre estás pensando en hacer felices a los demás y en vivir unido a Tu Padre Dios.

Y te quiero pedir que me ayudes, que me enseñes a vivir esta Cuaresma no como un tiempo triste, oscuro o desanimante, sino como un tiempo de alegría profunda. Porque en este tiempo me ayudas a aprender a usar mejor mi libertad: a descubrir que cuando me entrego no pierdo, sino que gano; que cuando me sacrifico no soy menos, sino más; que cuando dejo atrás cosas que me apetecen pero que me encierran en mí mismo, estoy creciendo y abriendo la puerta a mi felicidad.

Cuántas veces nos ha pasado que, dedicando tiempo a los demás, aunque al principio no nos apetecía, volvemos mejor de lo que fuimos y recibimos más de lo que hemos dado. Tú, Jesús, nunca Te dejas ganar en generosidad.

Enséñame a administrar mi libertad. A entender que no es algo para guardármela, sino para darla; una libertad para hacer felices a los demás, para hacer más amable el camino de la vida, para configurarme con Tu Cruz, sabiendo que la Cruz es una bendición cuando es una entrega por amor.

Que en este tiempo de Cuaresma, al contemplarte entregando Tu Vida, aprenda también yo a entregar la mía por amor, a vivir una libertad que haga felices a los demás.

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en este rato de oración. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, san José, mi padre y señor, ángel de mi guarda, interceded por mí.



Puedes descargar la transcripción AQUÍ.