En algunos momentos me he fijado cómo relucían los ojos de un deportista, ante los obstáculos que debía superar. ¡Qué victoria! ¡Observad cómo domina esas dificultades! Así nos contempla Dios Nuestro Señor, que ama nuestra lucha: siempre seremos vencedores, porque no nos niega jamás la omnipotencia de su gracia. Y no importa entonces que haya contienda, porque Él no nos abandona (182, Amigos de Dios).
San Josemaría no fue deportista. Si bien otros santos como san Juan Pablo II destacan más por su gusto por la actividad física, en el fundador de la Obra es frecuente la referencia al deporte como ejemplo de lucha cristiana. Es que la historia de la Iglesia entera está llena de luchadores y no ha habido, que yo sepa, santos «cómodos». La vida cristiana no se entiende como un refugio para quienes buscan una vida fácil, libre de problemas. Al contrario, los santos son personas que entendieron que la gracia de Dios lleva a dar el cien por ciento de nuestro esfuerzo. San Josemaría usa la figura del atleta precisamente para romper la ilusión de un cristianismo aburguesado. En este texto comentaremos tres ideas —quiénes somos («Hombre de Dios»), la necesidad de entrenar y competir (como deportistas) y a qué renunciamos —, intentando pedirle desde ahora al Señor y a la Virgen que no nos permitan caer en la tibieza y nos ayuden a seguir el camino de Dios buscando el premio que Él nos tiene prometido.
I. Hombre de Dios
En la Sagrada Escritura, este título no es el que se da a un especialista en religión, sino para alguien que le ha entregado su vida entera a Dios. La pregunta clave detrás de nuestra conducta es hacia dónde va nuestra vida: ¿A quién le pertenece mi tiempo, mi cabeza y mi capacidad de amar?
Dios no nos premia como en un negocio, sino haciéndonos miembros de su familia. El punto de partida de la reflexión sobre la vida cristiana es que el cristiano es en realidad hijo de Dios. «Reconoce oh cristiano tu dignidad», afirma en un sermón un padre de la Iglesia. Y esa dignidad de hijos es el fundamento del obrar que se nos pide, de la conducta que Dios nos exige, de la lucha. Y la «recompensa» será Dios mismo que se nos entrega. El hombre de Dios «corre» porque busca agradar a su Padre; sabe que el examen de su vida se juega ante un único espectador: su Padre Dios. El éxito, las notas de la universidad o el estatus social tienen una importancia muy relativa. El verdadero sentido de nuestra ascesis es esa mirada del Padre que ve en lo secreto y nos promete una felicidad que supera cualquier cansancio en la tierra.
II. Corred de manera que lo consigáis
Al comparar al hombre de Dios con deportistas, san Josemaría no es original: san Pablo lo hizo mucho antes, considerando el deporte en la antigüedad helénica y romana. No deja de ser interesante, pues, como hebreo que era el Apóstol, posiblemente despreciaba estas realidades. En esa época, los juegos públicos —como los Olímpicos o los Ístmicos de Corinto— eran la máxima expresión del esfuerzo y la formación de un ciudadano. El atleta se sometía a una disciplina durísima: diez meses de estricta abstinencia, dietas rígidas y entrenamientos agotadores bajo el sol. Todo eso por un premio que duraba nada: una corona de laurel que se marchitaba en pocos días.
San Pablo, que conoció quizás este ambiente en las ciudades paganas que visitó, usa la imagen del esfuerzo físico para avergonzar la comodidad de los cristianos. Si un atleta es capaz de dominar su cuerpo por un triunfo pasajero, ¿cómo vamos a descuidar nosotros nuestra preparación para la eternidad? Así lo escribe en su primera carta a los Corintios:
«¿No sabéis que en las carreras del estadio todos corren, mas uno solo recibe el premio? Corred de manera que lo consigáis. Todo el que compite se abstiene de todo; ellos para recibir una corona corruptible, nosotros, en cambio, una incorruptible» (1 Corintios 9, 24-25).
III. Entrenamiento para ser fiel
La conclusión es un llamado directo a movernos y dejar la apatía. La vida regalada, sedentaria o cómoda es lo contrario a la alta competencia espiritual. El mismo san Pablo no escribía desde la comodidad de un escritorio, sino con el cuerpo lleno de cicatrices por su fidelidad: «Cinco veces recibí de los judíos los cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces padecí naufragio; un día y una noche pasé en alta mar» (2 Cor 11, 24-25).
Los azotes y los naufragios de Pablo no fueron accidentes de viaje, sino un entrenamiento muy duro para ser fiel. No buscaba sufrir porque sí, sino que aceptaba el dolor como parte de su entrega a lo que le encomendaba el Padre Dios.
Esta misma lucha contra la comodidad la vemos en tantos santos. San Juan Pablo II, siendo Papa, se escapaba de vez en cuando a las montañas para esquiar. Para él, el esquí no era un lujo, sino un espacio de esfuerzo y oración. Bajar la montaña nevada era una forma de hablar con Dios, donde la velocidad y el frío le exigían dominar el cuerpo y concentrarse al máximo. Cuando algunos se extrañaban de ver a un Papa esquiando, él decía con humor que era más barato eso que organizar otro cónclave. Sabía perfectamente que el espíritu necesita la intemperie del esfuerzo físico y que un sucesor de San Pedro no podía acomodarse.
San Josemaría enseñó lo mismo: la comodidad es el veneno que duerme el alma. El esfuerzo diario que él nos pide no es hacer sacrificios raros, sino poner amor en lo cotidiano, como explica en este punto de Camino:
«La santidad no consiste en hacer cosas cada día más difíciles, sino en hacerlas cada día con más amor» (Camino, n. 823). Si quieres dile al Señor mientras rezas: me comprometo a vivir todos los sacrificios que manda la Iglesia (¿te acuerdas por ejemplo de la abstinencia los viernes de Cuaresma?¿de sostener el culto con tu dinero?) y esforzarme con la ayuda de Dios por ser mortificado.
El ver la vida cristiana como un combate ha sido menos frecuente en las últimas décadas. A mí me lo recuerda siempre una traducción litúrgica. Cada vez que cantamos el Santo, el misal en castellano dice: «Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo». En hebreo se dice «Adonai Sebaoth», y la Biblia en latín lo tradujo como «Dominus Deus Sabaoth»: el Señor, Dios de los Ejércitos. Nuestro Dios es un Dios personal que lidera una batalla activa contra el mal y el pecado. Rezando ese santo en latín recordamos que nos unimos como soldados a las filas de Dios. El Capitán de ese ejército nos necesita despiertos y en forma, no aburguesados y cómodos.
Finalmente, levantemos la mirada hacia quien nos cuida en la pista. San Bernardo de Claraval usaba una frase en latín muy hermosa para hablar de la Virgen María en nuestra lucha: «Ipsa duce». Su traducción exacta significa «siendo Ella la generala» o «conductora». El dux es el general de un ejército, el que va adelante trazando la estrategia y abriendo paso en zona enemiga. Tener a la Virgen por generala significa que Ella nos marcará el ritmo de la carrera, nos dará fuerzas cuando queramos tirar la toalla y nos defenderá en los momentos difíciles. Con una Madre así nos aseguramos la corona, alcanzaremos el premio. Pídeselo.
La lucha ascética no es algo negativo ni, por tanto, odioso, sino afirmación alegre. Es un deporte.
El buen deportista no lucha para alcanzar una sola victoria, y al primer intento. Se prepara, se entrena durante mucho tiempo, con confianza y serenidad: prueba una y otra vez y, aunque al principio no triunfe, insiste tenazmente, hasta superar el obstáculo (169, Forja).
