Mons. Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei, realiza un viaje pastoral por Centroamérica: tras visitar Ciudad de Guatemala del 4 al 9 de agosto, se encuentra ahora en Honduras —San Pedro Sula y Tegucigalpa— hasta el 12, antes de continuar hacia la etapa final del recorrido en El Salvador.
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Lunes 11 de agosto, encuentro con familias en San Pedro Sula
El Padre agradeció el cariño con que lo recibía la ciudad y se dirigió a todos con especial cercanía, hablando de la santidad del día a día o como decía san Josemaría un «martirio ordinario»: junto a las hazañas extraordinarias que Dios pide a algunos, a la mayoría nos pide simplemente vivir bien el trabajo hecho con cariño, la paciencia ante los pequeños contratiempos, el cuidado diario de la familia.
«Esa vida ordinaria no es de poco valor, es de gran valor, por el amor que ponemos», dijo, y añadió que quien piensa más en los demás que en sí mismo termina siendo no solo más eficaz, sino más feliz.

Daisy es médico y madre de tres hijos, y como su esposo, ambos hacen parte del Opus Dei. Relató cómo hace poco vivió la pérdida de un bebé antes de nacer, a quien pusieron por nombre Fátima. Con esa experiencia de fondo, se preguntaba cómo aprender a tener con los demás —y consigo misma— la misma paciencia infinita que ha sentido por parte de Dios. El Padre la invitó a buscar en los demás a Cristo mismo, y trajo a la memoria una frase de san Josemaría: «la caridad, más que en dar, está en comprender». «Cualquier persona vale toda la sangre de Cristo», subrayó, aunque a veces resulte antipática o piense distinto.
Marco y su esposa Lori impulsan iniciativas con niños de zonas vulnerables de la ciudad, y compartieron con el Padre una preocupación que muchos se hacen tarde o temprano: ¿cómo mantener la perseverancia cuando los frutos tardan en llegar? El Padre respondió que ante los desafíos querer no basta: hace falta estar enamorado. «¡Enamórate y no le dejarás!», comentó, evocando el consejo que san Josemaría daba a quienes temían no perseverar en su tarea.

Juan Pablo, acompañado de su esposa Camille, quiso saber cómo ayudar a los jóvenes que viven en contextos complejos —redes sociales, inteligencia artificial, cambios sociales y políticos— que les dificultan encontrar su propósito en la vida. El Padre les propuso buscar la fuerza no en uno mismo, sino en Dios, en la oración y en el propio trabajo cuando se ofrece por amor y se convierte en oración. Ahí, dijo, está la clave de la unidad de vida: que la familia, el trabajo y la fe no vayan por caminos separados, porque Dios está siempre presente en todo.
Victoria contó entre nervios y risas que contraerá matrimonio en cinco días, y pidió al Padre un consejo para poner a Dios en el centro de su hogar y de esa vida familiar que está por comenzar. El Prelado les sugirió «buscar la felicidad del otro: tú para él y él para ti».

Rocío del Pilar habló de un año marcado por decisiones difíciles y momentos de soledad, y preguntó cómo reconocer a Dios cuando parece guardar silencio. El Prelado recordó el pasaje del Evangelio en que Jesús se queda en el Templo y sus padres lo buscan angustiados durante tres días sin encontrarlo: ni siquiera la Virgen María entendió del todo lo que ocurría, y aun así lo guardó todo en su corazón. Nosotros también podemos aprender a confiar sin necesidad de entenderlo todo, seguros de que Dios nunca nos ha dejado, aunque a veces lo parezca.
Una joven, Shekinah, compartió la conversión de su familia: todo empezó por ella, cuando comenzó a ir al club Jaribú a los 13 años. Gracias a la formación que recibió allí, hace un año pudo recibir el Bautismo, la primera Comunión y la Confirmación. Gracias a esta experiencia, sus papás y hermanos también se acercaron a la fe y recibieron el Bautismo. Ahora sus padres se preparan para casarse por la Iglesia el próximo 15 de agosto.
Shekinah contó que está aprendiendo a tocar el violín, e interpretó una pieza que disfrutó mucho el Padre, pues fue la melodía que estaba escuchando el día en que pidió la admisión a la Obra.

Dina dio paso al final de la tertulia contando su historia: creció en una aldea de Honduras, en una familia de doce hermanos y sin electricidad en casa. Muchas noches estudiaba a la luz de una vela. A pesar de las dificultades, logró formarse como profesora en varios países de América Central y hoy vive en Panamá.
«El lugar donde nacemos no determina hasta dónde podemos llegar», dijo antes de preguntar cómo mantener vivo el deseo de seguir formándose y de servir mejor a los demás. Siempre es posible crecer, incluso cuando un trabajo alcanza un límite material. Lo que nunca puede dejar de crecer es la calidad humana con que se realiza: la cabeza, la voluntad y, en último término, el amor que se pone en él, comentó el Padre.
Para terminar, unas jóvenes del club Jaribú alegraron el encuentro con un baile típico hondureño de origen garífuna, al ritmo de la canción Wéndeti Nagaira, que significa “qué bella es mi tierra”, luciendo unos trajes coloridos tradicionales.

El martes el Padre tendrá dos encuentros en Tegucigalpa con jóvenes de esa ciudad.
