En este libro electrónico recogemos las intervenciones públicas del Romano Pontífice durante esos días.
Descarga el libro electrónico gratuito del papa León XIV en África
- ePub ► Viaje apostólico del Papa León en África
- PDF ► Viaje apostólico del Papa León en África
- Google Play Books ► Viaje apostólico del Papa León en África
- Apple Books ► Viaje apostólico del Papa León en África
A continuación recogemos algunas de las intervenciones públicas junto a breves resúmenes de los actos y vídeos del viaje.
Argelia
Camerún
Miércoles 15 • Jueves 16 • Viernes 17 • Sábado 18
Angola
Guinea Ecuatorial
Martes 21 • Miércoles 22 • Jueves 23
Programa oficial del viaje con todas las intervenciones íntegras
Argelia: Lunes 13 de abril
- Visita al monumento de los mártires de Maqam Echahid.
Queridos hermanos y hermanas de Argelia:
Que la paz esté con ustedes. As-salamu alaykom!
Doy gracias a Dios por darme la oportunidad de visitar su país como sucesor del apóstol Pedro, después de haberlo hecho ya en dos ocasiones como hijo espiritual de san Agustín. Pero, sobre todo, quien viene ante ustedes es un hermano, feliz de poder renovar, en este encuentro, los lazos de afecto que unen nuestros corazones.
Mirándolos a todos, veo el rostro de un pueblo joven y fuerte, cuya hospitalidad y fraternidad he experimentado en repetidas ocasiones. En el corazón argelino, la amistad, la confianza y la solidaridad no son simples palabras, sino valores importantes que dan calidez y fortaleza a la convivencia.
Argelia es un país extenso, con una larga historia y ricas tradiciones que se remontan a la época de san Agustín e incluso mucho antes de él. Una historia dolorosa, marcada incluso por períodos de violencia que, sin embargo, gracias a la nobleza de espíritu que los caracteriza y que siento viva ahora aquí, han superado con valentía y honestidad.
Detenerse ante este Monumento es un homenaje a esa historia y al alma de un pueblo que ha luchado por la independencia, la dignidad y la soberanía de esta nación.
En este lugar recordamos que Dios desea la paz para cada país; una paz que no es sólo ausencia de conflicto, sino expresión de justicia y de dignidad. Esta paz, que permite enfrentar el futuro con ánimo reconciliado, es posible solamente con el perdón. La lucha verdadera por la liberación será ganada definitivamente sólo cuando la paz se haya conquistado finalmente en los corazones. Sé cuán difícil sea perdonar. Sin embargo, mientras los conflictos se multiplican continuamente en todo el mundo, no se puede añadir resentimiento al resentimiento, de generación en generación.
El futuro pertenece a los hombres y a las mujeres de paz. Al final, la justicia triunfará siempre sobre la injusticia, así como la violencia, más allá de toda apariencia, no tendrá nunca la última palabra.
- Encuentro con las autoridades, la sociedad y el cuerpo diplomático en el Centro de Convenciones «Djamaa el Djazair».
En su encuentro con las autoridades de Argelia, el papa León XIV destacó el papel del país como puente estratégico entre culturas, instando a promover una justicia que garantice el desarrollo de todos los ciudadanos. El pontífice subrayó que la verdadera paz nace de la libertad y de un compromiso sincero por el bien común, animando a los líderes a construir una sociedad donde los jóvenes sean protagonistas de un futuro esperanzador.
Asimismo, resaltó la importancia de la libertad religiosa y la amistad social como pilares para la estabilidad nacional. Agradeció la acogida a la comunidad católica y reafirmó el deseo de la Iglesia de servir discretamente a los más necesitados. Este mensaje invita a ver en el servicio público y en la colaboración civil una oportunidad para sembrar concordia y respeto mutuo en medio de la vida social.
- Visita a la gran mezquita de Argel
- Visita privada al centro de acogida y de amistad de las Hermanas Agustinas Misioneras en Bab El Oued
- Encuentro con la comunidad argelina en la Basílica de Nuestra Señora de África
Bajo la mirada de Lalla Meryem (Nuestra Señora), el santo padre dirigió un mensaje centrado en la identidad de una Iglesia que, aunque pequeña en número, está llamada a ser «sacramento de unidad» y semilla de paz en medio de la sociedad.
Al recordar las raíces que se remontan a san Agustín, el pontífice animó a los fieles a vivir su fe con naturalidad, manifestando el rostro maternal de la Iglesia a través del servicio y la entrega en las circunstancias ordinarias de cada jornada.
La memoria de los mártires de Argelia ocupó un lugar central en sus palabras, presentándolos como modelos de una caridad que no conoce fronteras. Su decisión de permanecer junto al pueblo en los momentos más difíciles se describe como un testimonio de fidelidad extrema, donde el amor se sobrepone al miedo. Este sacrificio invita a reflexionar sobre la vocación de todo cristiano a ser artesano de reconciliación, transformando el sufrimiento en una oportunidad para estrechar lazos de fraternidad con todas las personas, sin distinción de creencias.
Finalmente, el papa hizo un llamamiento a la esperanza y al diálogo constructivo, señalando que en la fragilidad es donde más se necesita la dependencia mutua y la confianza en Dios. Instó a la comunidad a continuar con la curación de la memoria y a ver en el prójimo a un compañero de camino indispensable. Para quienes buscan santificar su trabajo y sus relaciones sociales, este mensaje refuerza la idea de que la verdadera libertad y el dinamismo social nacen de un corazón que sirve con alegría y contribuye al bien común desde la sencillez de la vida diaria.
Argelia: Martes 14 de abril
- Visita a la zona arqueológica de Hipona
- Visita al Hogar de acogida para personas mayores de las Hermanitas de los Pobres
- Encuentro privado con los miembros de la orden de San Agustín
- Homilía durante la Santa Misa en la Basílica de San Agustín
Queridos hermanos y hermanas:
La Palabra divina atraviesa la historia y la renueva con la voz humana del Salvador. Hoy escuchamos el Evangelio, buena noticia para todos los tiempos, en esta basílica de Annaba dedicada a san Agustín, obispo de la antigua Hipona. A lo largo de los siglos, los lugares que nos acogen han cambiado de nombre, pero los santos han permanecido como nuestros patronos y testigos fieles de un vínculo con la tierra, que viene del cielo. Esta es precisamente la dinámica que el Señor enciende en la noche de Nicodemo: esta es la fuerza que Cristo infunde a la debilidad de su fe y a la tenacidad de su búsqueda.
Enviado por el Espíritu de Dios, que «no sabes de dónde viene ni a dónde va» (Jn 3,8), Jesús es para Nicodemo un huésped especial. Lo llama a una vida nueva, dando a su interlocutor y también a nosotros una tarea sorprendente: «ustedes tienen que renacer de lo alto» (v. 7). ¡He aquí la invitación para todo hombre y toda mujer que busca la salvación! Del llamado de Jesús brota la misión para toda la Iglesia y, por tanto, para la comunidad cristiana de Argelia: nacer nuevamente de lo alto, es decir, de Dios. En esta perspectiva, la fe vence las dificultades terrenas y la gracia del Señor hace florecer el desierto. Sin embargo, la belleza de esta exhortación lleva consigo una prueba que el Evangelio nos llama a afrontar juntos.
Las palabras de Cristo, en efecto, tienen toda la firmeza de un deber: ¡deben renacer de lo alto! Tal imperativo resuena en nuestros oídos como un mandato imposible. Escuchando con atención a Aquel que lo da, comprendemos, sin embargo, que no se trata de una dura imposición, ni de una coacción o, menos aún, de una condena al fracaso. Al contrario, el deber expresado por Jesús es para nosotros un don de libertad, porque nos revela una insospechada posibilidad: podemos renacer de lo alto, gracias a Dios. Pero debemos hacerlo según su voluntad de amor, que desea renovar a la humanidad llamándola a una comunión de vida, que comienza con la fe. Mientras Cristo nos pide renovar totalmente toda nuestra existencia, también nos da la fuerza para hacerlo. Lo atestigua bien san Agustín, que le dice al Señor: «Dame lo que mandas y manda lo que quieras» (Confessiones, X, 29, 40).
Entonces, cuando nos preguntamos cómo es posible un futuro de justicia y de paz, de concordia y de salvación, recordemos que estamos haciendo a Dios la misma pregunta que Nicodemo: ¿de verdad puede cambiar nuestra historia? ¡Estamos tan cargados de problemas, acechanzas y tribulaciones! ¿De verdad nuestra vida puede recomenzar desde cero? ¡Sí! La afirmación del Señor, tan llena de amor, colma nuestros corazones de esperanza. No importa cuán oprimidos estemos por el dolor o por el pecado; el Crucificado lleva todos esos pesos con nosotros y por nosotros. No importa cuánto nos desanimen nuestras debilidades; porque es precisamente entonces cuando se manifiesta la fuerza de Dios, que ha resucitado a Cristo de entre los muertos para dar vida al mundo (cf. Rm 8,1). Cada uno de nosotros puede experimentar la libertad de la vida nueva que viene de la fe en el Redentor. De nuevo, san Agustín nos ofrece un ejemplo: antes que por su sabiduría, lo contemplamos por su conversión. En este renacer, providencialmente acompañado por las lágrimas de su madre, santa Mónica, llegó a ser él mismo exclamando: «Nada sería yo, Dios mío, nada sería yo en absoluto si tú no estuvieses en mí; pero, ¿no sería mejor decir que yo no sería en modo alguno si no estuviese en ti?» (Confessiones, I, 2).
Así es; los cristianos nacen de lo alto, regenerados por Dios como hermanos y hermanas de Jesús, y la Iglesia que los nutre con los sacramentos es un seno materno para todos los pueblos de la tierra. Como hemos escuchado hace poco, los Hechos de los Apóstoles dan testimonio de ello al narrar el estilo que distingue a la humanidad renovada por el Espíritu Santo (cf. Hch 4,32-37). También hoy es necesario acoger y realizar este canon apostólico, meditándolo como auténtico criterio de reforma eclesial; una reforma que comienza en el corazón, para ser verdadera, y concierne a todos, para hacerse eficaz.
En primer lugar, «la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (v. 32). Esta unidad espiritual es la concordia, palabra que expresa bien la comunión de corazones que laten juntos, porque están unidos al de Cristo. La Iglesia naciente no se basa, por tanto, en un contrato social, sino en una armonía en la fe, en los afectos, en las ideas y en las opciones de vida, pues tiene el centro en el amor de Dios, hecho hombre para salvar a todos los pueblos de la tierra.
En segundo lugar, contemplamos el efecto material de esta unidad espiritual de los creyentes: «todo era común entre ellos» (v. 32). Todos lo comparten todo, participando en los bienes de cada uno como miembros de un solo cuerpo. Nadie se ve privado de algo, porque cada uno pone en común lo que le es propio. Transformando la posesión en don, esta entrega fraterna no representa una utopía más que para los corazones rivales entre si y las almas ávidas de sí mismas. Al contrario, la fe en el único Dios, Señor del cielo y de la tierra, une a los hombres según una justicia perfecta, que invita a todos a la caridad, es decir, a amar a toda criatura con el amor que Dios nos da en Cristo. Por eso, sobre todo ante la indigencia y la opresión, los cristianos tienen como código fundamental la caridad: hagamos al prójimo lo que quisiéramos que hicieran por nosotros (cf. Mt 7,12). La Iglesia, animada por esta ley que Dios escribe en los corazones, está siempre dando vida, porque donde hay desesperación, enciende esperanza; donde hay miseria, lleva dignidad; donde hay conflicto, lleva reconciliación.
En tercer lugar, en el texto de los Hechos encontramos el fundamento de esta vida nueva, que involucra a pueblos de toda lengua y cultura: «Los Apóstoles daban testimonio con mucho poder de la resurrección del Señor Jesús y gozaban de gran estima» (Hch 4,33). La caridad que los anima, antes que compromiso moral, es signo de salvación; los Apóstoles proclaman que nuestra vida puede cambiar porque Cristo ha resucitado de entre los muertos. La primera tarea de los pastores, ministros del Evangelio es, por tanto, dar testimonio de Dios al mundo con un sólo corazón y una sola alma, sin que las preocupaciones nos corrompan con el miedo ni las modas nos debiliten mediante las componendas. Junto con ustedes, hermanos en el episcopado, y con ustedes, presbíteros, renovemos constantemente esta misión para el bien de cuantos nos han sido confiados, a fin de que la Iglesia entera sea, en su servicio, mensaje de vida nueva para aquellos que encontramos.
Queridísimos cristianos de Argelia: permanezcan en esta tierra como signo humilde y fiel del amor de Cristo. Den testimonio del Evangelio con gestos sencillos, relaciones verdaderas y un diálogo vivido día a día; así darán sabor y serán luz allí donde viven. La presencia de ustedes en el país trae a la mente el incienso: un grano incandescente, que esparce perfume porque da gloria al Señor y alegría y consuelo a tantos hermanos y hermanas. Ese incienso es un elemento pequeño y precioso, que no está en el centro de la atención, sino que invita a dirigir nuestros corazones a Dios, animándonos unos a otros a perseverar en las dificultades del tiempo presente. Del incensario de nuestro corazón se elevan, en efecto, la alabanza, la bendición y la súplica, difundiendo el suave olor (cf. Ef 5,1) de la misericordia, de la limosna y del perdón. Su historia está hecha de acogida generosa y de tenacidad en la prueba; aquí han orado los mártires, aquí san Agustín amó a su grey buscando la verdad con pasión y sirviendo a Cristo con fe ardiente. Sean herederos de esta tradición, dando testimonio en la caridad fraterna de la libertad de quien nace de lo alto como esperanza de salvación para el mundo.
Camerún: Miércoles 15 de abril
- Encuentro con las autoridades, la sociedad y el cuerpo diplomático en el Palacio de Congresos (extracto de discurso).
La paz, de hecho, no se decreta: se acoge y se vive. Es un don de Dios, que se desarrolla en una labor paciente y colectiva. Es responsabilidad de todos; en primer lugar, de las autoridades civiles. Gobernar significa amar al propio país y también a los países vecinos; el mandamiento “ama a tu prójimo como a ti mismo” es aplicable también en las relaciones internacionales. Gobernar significa escuchar realmente a los ciudadanos, valorar su inteligencia y su capacidad para contribuir a la construcción de soluciones duraderas a los problemas. El Papa Francisco ha señalado la necesidad de superar «esa idea de las políticas sociales concebidas como una política hacia los pobres pero nunca con los pobres, nunca de los pobres y mucho menos inserta en un proyecto que reunifique a los pueblos». [1]
En este cambio de enfoque, la sociedad civil debe considerarse una fuerza vital para la cohesión nacional. Es un paso para el que Camerún también está preparado. Asociaciones, organizaciones de mujeres y de jóvenes, sindicatos, ONG humanitarias, líderes tradicionales y religiosos: todos desempeñan un papel insustituible en la construcción de la paz social. Son ellos los primeros en intervenir cuando surgen tensiones; son ellos quienes acompañan a los desplazados, apoyan a las víctimas, abren espacios de diálogo y fomentan la mediación local. Su cercanía al territorio permite comprender las causas profundas de los conflictos y vislumbrar respuestas adecuadas. La sociedad civil contribuye además a formar las conciencias, a promover la cultura del diálogo y el respeto de las diferencias. De este modo, es en su seno donde se prepara un futuro menos expuesto a la incertidumbre. Quisiera destacar con gratitud el papel de las mujeres. A menudo, lamentablemente son las primeras víctimas de los prejuicios y de la violencia, y aun así continúan siendo incansables artífices de paz. Su compromiso con la educación, la mediación y la reconstrucción del tejido social es inigualable y constituye un freno a la corrupción y a los abusos de poder. También por esto su voz debe ser plenamente reconocida en los procesos de toma de decisiones.
- Visita al orfanato de Ngul Zamba
Durante su visita, el Papa León XIV dirigió un mensaje profundamente esperanzador, centrado en la dignidad de cada niño como hijo predilecto de Dios. El Pontífice subrayó que, aunque estos pequeños hayan experimentado el dolor del abandono o la pérdida, en el corazón de la Iglesia siempre encontrarán un hogar y una familia. Agradeció conmovido la labor de los cuidadores y voluntarios, definiendo su trabajo no solo como una asistencia social, sino como una verdadera caricia de Dios que sana las heridas del alma.
El Santo Padre resaltó que estos centros son oasis de misericordia donde se construye el futuro de la nación desde la fragilidad. Animó a los niños a no dejar que la tristeza apague sus sueños, recordándoles que su vida tiene un valor infinito y que el Señor los acompaña en cada paso. Para las autoridades y la sociedad civil, sus palabras fueron una llamada a la responsabilidad, instándoles a proteger la infancia como el tesoro más preciado de la sociedad, pues el trato que se da a los más vulnerables es el verdadero termómetro de la humanidad de un pueblo.
Finalmente, el Papa puso este lugar bajo la protección de la Sagrada Familia, señalando que el amor y la entrega gratuita son los únicos capaces de transformar el sufrimiento en esperanza. Este mensaje invita a todos a colaborar con generosidad en estas obras de caridad, recordando que servir a los más pequeños es servir al mismo Cristo. Concluyó con una bendición especial para cada niño, pidiendo que nunca les falte la sonrisa ni la seguridad de saberse profundamente amados por su Padre del cielo.
- Encuentro privado con los obispos de Camerún en la sede de la Conferencia Episcopal
Camerún: Jueves 16 de abril
- Encuentro por la paz con la comunidad de Bamenda en la Catedral de San José
- Homilía durante la Misa en el Aeropuerto Internacional de Bamenda
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Vengo en medio de ustedes como peregrino de paz y de unidad, y les expreso la alegría que tengo de estar aquí, visitando su región y, sobre todo, compartiendo su camino, sus dificultades y sus esperanzas.
Las manifestaciones festivas que acompañan sus liturgias y el gozo que brota de las oraciones que elevan a Dios son signo de la entrega confiada a él, de su inquebrantable esperanza, de su aferrarse, con todas las fuerzas, al amor del Padre, que se hace cercano y mira con compasión los sufrimientos de sus hijos. En el salmo que hemos rezado juntos, se canta esta confianza en él, que hoy estamos invitados a renovar: «El Señor está cerca del que sufre y salva a los que están abatidos» (Sal 34,19).
Hermanos y hermanas, muchos son los motivos y las situaciones que rompen el corazón y nos hacen caer en la aflicción. En efecto, las esperanzas en un futuro de paz y reconciliación, en el que cada uno es respetado en su dignidad y a cada uno se le garantizan sus derechos fundamentales, se debilitan continuamente a causa de los numerosos problemas que afligen a esta tierra bellísima; entre ellos, las abundantes formas de pobreza que últimamente también afectan a muchas personas por la crisis alimentaria actual; la corrupción moral, social y política, sobre todo vinculada a la gestión de la riqueza, que impide el desarrollo de las instituciones y las estructuras; los graves y derivados problemas que aquejan al sistema educativo y al ámbito sanitario; así como la enorme migración al extranjero, en particular la de los jóvenes. Y a la problemática interna, continuamente alimentada por el odio y la violencia, se añade también el mal causado desde afuera por aquellos que, en nombre de la ganancia, siguen entrometiéndose en el continente africano para explotarlo y saquearlo.
Todo esto nos expone a sentirnos impotentes y debilitar nuestra confianza. Sin embargo, este es el momento de cambiar, de transformar la historia del país. Hoy y no mañana, ahora y no en el futuro, ha llegado el momento de reconstruir; de componer nuevamente el mosaico de la unidad ensamblando la variedad y las riquezas del país y del continente; de edificar una sociedad en la que reinen la paz y la reconciliación.
Es verdad, cuando una situación está consolidada desde hace tiempo se corre el riesgo de caer en la resignación y en la impotencia, porque no esperamos ninguna novedad; no obstante, la Palabra de Dios abre espacios nuevos y genera transformación y sanación, porque es capaz de poner el corazón en movimiento, de desestabilizar la marcha normal de las cosas a las que fácilmente nos acostumbramos, de convertirnos en protagonistas activos del cambio. Recordemos esto: Dios es novedad, crea cosas nuevas, nos hace personas valientes que, desafiando al mal, construyen el bien.
Lo encontramos en el testimonio de los apóstoles, como escuchamos en la primera lectura: mientras las autoridades del sanedrín interrogaban a los apóstoles, los reprendían y los amenazaban porque habían anunciado públicamente a Cristo, estos respondían: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que ustedes hicieron morir suspendiéndolo del patíbulo» (Hch 5,29-30).
La valentía de los apóstoles se convierte en conciencia crítica, en profecía, en denuncia del mal; este es el primer paso para cambiar las cosas. Obedecer a Dios, en efecto, no es un acto de sumisión que nos oprime o anula nuestra libertad; al contrario, la obediencia a Dios nos hace libres, porque significa confiarle nuestra vida y dejar que sea su Palabra la que inspire nuestra manera de pensar y de actuar. Y de este modo, como escuchamos en el Evangelio, que relata la última parte del diálogo entre Jesús y Nicodemo, «el que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra» (Jn 3,31). El que obedece a Dios antes que a los hombres y al modo de pensar humano y terrenal, encuentra la propia libertad interior, logra descubrir el valor del bien y a no resignarse al mal, redescubre el camino de la vida y se convierte en constructor de paz y fraternidad.
Hermanos y hermanas, el consuelo para los corazones quebrantados y la esperanza en un cambio de la sociedad son posibles si confiamos en Dios y en su Palabra. Debemos llevar siempre en el corazón y en la mente la apelación del apóstol Pedro: obedecer a Dios, no a los hombres. Obedecerlo a él, porque sólo él es Dios. Y ello nos invita a promover la inculturación del Evangelio y vigilar atentamente, también nuestra religiosidad, para no caer en el engaño de seguir aquellas sendas que mezclan la fe católica con otras creencias y tradiciones de tipo esotérico o gnóstico que, en realidad, a menudo tienen fines políticos y económicos. Sólo Dios libera; sólo su Palabra abre caminos de libertad; sólo su Espíritu nos hace personas nuevas con la capacidad de cambiar este país.
Los acompaño con mi oración constante y bendigo, de manera particular, a la Iglesia aquí presente; tantos sacerdotes, misioneros, religiosos y laicos que trabajan para ser fuente de consuelo y esperanza. Los animo a continuar por este camino y los encomiendo a la intercesión de María Santísima, Reina de los Apóstoles y Madre de la Iglesia.
Camerún: Viernes 17 de abril
- Extracto de la homilía durante la Santa Misa en el Japoma Stadium
Queridos jóvenes, les dirijo esta invitación especialmente a ustedes, porque son los hijos amados de la tierra de África. Como hermanos y hermanas de Jesús, multipliquen sus talentos con la fe, la tenacidad y la amistad que los animan. Vayan entre los primeros a ser rostros y manos que llevan al prójimo el pan de la vida; alimento de sabiduría y de liberación de todo aquello que no nos nutre, sino que confunde nuestros buenos deseos y nos roba la dignidad.
Incluso en su país tan fértil, Camerún, muchos sufren la pobreza, tanto material como espiritual. No cedan a la desconfianza y al desánimo; rechacen toda forma de abuso y violencia, que engañan prometiendo ganancias fáciles, pero endurecen el corazón y lo vuelven insensible. No olviden que su pueblo es aún más rico que esta tierra, pues su tesoro son sus valores: la fe, la familia, la hospitalidad, el trabajo. Sean, pues, protagonistas del futuro, siguiendo la vocación que Dios da a cada uno, sin dejarse comprar por tentaciones que malgastan las energías y no contribuyen al progreso de la sociedad.
Para hacer de su espíritu valiente una profecía del mundo nuevo, tomen como ejemplo lo que hemos escuchado en los Hechos de los Apóstoles. Los primeros cristianos daban un audaz testimonio del Señor Jesús ante las dificultades y las amenazas, y perseveraban incluso en medio de los ultrajes (cf. Hch 5,40-41). Estos discípulos «todos los días, tanto en el Templo como en las casas, no cesaban de enseñar y de anunciar la Buena Noticia de Cristo Jesús» (v. 42), es decir, del Mesías, el Liberador del mundo. Sí, el Señor libera del pecado y de la muerte. Anunciar con constancia este Evangelio es la misión de todo cristiano; es la misión que confío especialmente a ustedes, jóvenes, y a toda la Iglesia que vive en Camerún. Conviértanse en buena noticia para su país, como los es, por ejemplo, el beato Floribert Bwana Chui para el pueblo congolés.
Hermanos y hermanas, enseñar significa dejar huella, como hace el labrador con el arado en el campo, para que lo que siembra dé fruto. Así es como el anuncio cristiano cambia nuestra historia, transformando las mentes y los corazones. Anunciar a Jesús Resucitado significa trazar signos de justicia en una tierra que sufre y está oprimida; signos de paz entre rivalidades y corrupciones; signos de fe que nos liberan de la superstición y de la indiferencia. Con este Evangelio en el corazón, dentro de poco compartiremos el Pan eucarístico, que nos sacia para la vida eterna. Con fe gozosa, pidamos al Señor que multiplique entre nosotros su don, por el bien de todos.
- Visita privada al Hospital Católico Saint Paul
- Encuentro con el mundo universitario en la Universidad Católica de África Central
En su encuentro con el mundo universitario en Camerún, el Papa León XIV subrayó la misión fundamental de la educación superior como un espacio para la búsqueda de la verdad y el servicio a la dignidad humana. El Santo Padre destacó que la universidad no debe ser solo un lugar de instrucción técnica, sino un laboratorio de esperanza donde se formen conciencias capaces de transformar la realidad social. Animó a los estudiantes y profesores a ser protagonistas de un pensamiento que no se encierre en sí mismo, sino que se abra a las necesidades de los más vulnerables, integrando el saber científico con la sabiduría del corazón.
El Pontífice hizo un llamamiento especial a la juventud universitaria para que lidere una cultura del encuentro frente a la división y la corrupción. Recordó que el conocimiento conlleva una responsabilidad ética: poner el talento personal al servicio del bien común y de la justicia. Para quienes buscan santificar el estudio, este mensaje refuerza la idea de que la vida intelectual es un camino de búsqueda de Dios y una oportunidad para sembrar semillas de paz y reconciliación en la sociedad camerunesa y en todo el continente africano.
Finalmente, el Papa insistió en la importancia de una formación integral que cultive tanto la inteligencia como la solidaridad. Exhortó a la comunidad académica a no dejarse vencer por el pesimismo o el materialismo, sino a mantener viva la pasión por la verdad que libera. Concluyó señalando que el futuro de la nación depende de mentes brillantes que sean, al mismo tiempo, corazones grandes, capaces de soñar y construir un país más fraterno y unido.
Camerún: Sábado, 18 de abril
- Homilía en el Aeropuerto de Yaundé-Ville
Queridos hermanos y hermanas:
¡La paz esté con ustedes! La paz de Cristo, cuya presencia ilumina nuestro camino y calma las tormentas de la vida.
Celebramos esta Santa Misa al finalizar mi visita a Camerún, y les estoy muy agradecido por la bienvenida que me han brindado, por los momentos de alegría y fe que hemos vivido juntos.
Como hemos escuchado en el Evangelio, la fe no nos libra del desasosiego y las tribulaciones, y en algunos momentos puede parecer que el miedo nos venza. Sin embargo, nosotros sabemos que incluso en esos momentos, tal como les sucedió a los discípulos en el mar de Galilea, Jesús no nos abandona.
Tres evangelistas relatan, cada uno a su manera, el episodio que hemos escuchado, con un mensaje diferente según los lectores a los que se dirigen. San Marcos (cf. 6,45-52) presenta al Señor que alcanza a los discípulos mientras estos reman con dificultad debido al viento en contra, el cual, sin embargo, se calma tan pronto como Él sube con ellos a la barca. San Mateo (cf. 14,22-33) añade un detalle: Pedro quiere ir hacia el Maestro caminando sobre las olas. Sin embargo, una vez que baja de la barca, se deja vencer por el miedo y comienza a hundirse. Cristo lo toma de la mano, lo salva y lo reprende por su incredulidad.
En la versión de san Juan que se ha proclamado hoy (cf. Jn 6,16-21), el Salvador, caminando sobre las aguas, se acerca a los discípulos y les dice: «Soy yo, no teman» (v. 20), y el evangelista subraya que «ya era de noche» (v. 17). Para la tradición judía, las “aguas”, a causa de su profundidad y su misterio, aluden a menudo al mundo de los infiernos, al caos, al peligro, a la muerte. Evocan, junto con las tinieblas, las fuerzas del mal, que el hombre por sí solo no puede dominar. Al mismo tiempo, sin embargo, en el recuerdo de los prodigios del Éxodo, también se perciben como un lugar de paso, un cruce a través del cual Dios, con poder, libera a su pueblo de la esclavitud.
La Iglesia ha experimentado tantas veces, en su travesía a lo largo de los siglos, tormentas y “vientos contrarios”, y también nosotros podemos identificarnos con los sentimientos de miedo y duda que tuvieron los discípulos durante el viaje en el lago de Tiberíades. Es lo que advertimos en los momentos en que parece que nos hundimos, abrumados por fuerzas adversas, cuando todo se ve oscuro y nos sentimos solos y frágiles. Pero no es así. Jesús está con nosotros, siempre, y más fuerte que cualquier poder del mal; en cada tormenta nos alcanza y nos repite: “Yo estoy aquí contigo, no tengas miedo”. Por eso nos levantamos de cada caída y no dejamos que ninguna tormenta nos detenga, sino que proseguimos, siempre con valentía y confianza. Y es gracias a Él que, como decía el Papa Francisco, tantos «hombres y mujeres […] que honran a nuestro pueblo, honran a nuestra Iglesia, porque son fuertes: fuertes al llevar adelante su vida, su familia, su trabajo, su fe» (Catequesis, 14 mayo 2014).
Jesús se acerca a nosotros: no calma inmediatamente las tormentas, pero viene a nuestro encuentro en medio de los peligros y nos invita también a permanecer juntos y solidarios en la misma barca, como los discípulos, en las alegrías y en los dolores; a no mirar desde lejos a quienes sufren, sino a acercarnos a ellos, a unirnos unos a otros. Nunca hay que dejar a nadie solo frente a las adversidades de la vida; para ello cada comunidad tiene el deber de crear y sostener estructuras de solidaridad y ayuda mutua en las que, ante las crisis —sean sociales, políticas, sanitarias o económicas—, todos puedan dar y recibir ayuda, según sus capacidades y necesidades. Las palabras de Jesús, “soy yo”, nos recuerdan que, en una sociedad basada en el respeto a la dignidad de la persona, la aportación de todos es importante y tiene un valor único, independientemente del estatus o la posición de cada uno a los ojos del mundo.
La exhortación «no teman» adquiere, entonces, una dimensión amplia, incluso a nivel social y político, como estímulo para afrontar juntos los problemas y los desafíos —especialmente los relacionados con la pobreza y la justicia—, con sentido cívico y responsabilidad civil. La fe no separa la vida espiritual de la social; al contrario, da al cristiano la fuerza para interactuar con el mundo, a fin de responder a las necesidades de los demás, especialmente de los más débiles. Los esfuerzos individuales y aislados de cada persona no son suficientes para salvar a una comunidad; se necesita una decisión común, que integre la dimensión espiritual y ética del Evangelio en el corazón de las instituciones y las estructuras, convirtiéndolas en instrumentos para el bien común, y no en lugares de conflicto, de interés o en escenario de luchas estériles.
Nos lo cuenta la primera lectura (cf. Hch 6,1-7), donde vemos cómo la Iglesia afronta su primera crisis de crecimiento. El rápido aumento del número de discípulos (v. 1) plantea nuevos retos para la comunidad en el ejercicio de la caridad, de los cuales los apóstoles ya no pueden ocuparse por sí solos. Hay personas que quedan desatendidas en la distribución de los alimentos, por lo que crecen las quejas y una sensación de injusticia amenaza la unidad. El servicio diario a los pobres era una práctica esencial en la Iglesia primitiva, y tenía como objetivo socorrer a los más vulnerables, en particular a los huérfanos y las viudas. Sin embargo, había que conciliarlo con las necesidades del anuncio y la enseñanza, que también eran apremiantes, y la solución no era sencilla. Es entonces que los apóstoles se reunieron, compartieron sus preocupaciones, reflexionaron a la luz de las enseñanzas de Jesús y oraron juntos, logrando salvar obstáculos e incomprensiones que a primera vista parecían insuperables. Así dieron origen a algo nuevo, eligiendo hombres «de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría» (v. 3), y asignándoles, mediante la imposición de manos, un servicio práctico que era también una misión espiritual. Al escuchar la voz del Espíritu Santo y estar atentos a los clamores de los que sufren, no sólo evitaron divisiones internas en la comunidad, sino que, por inspiración divina, la dotaron de herramientas nuevas y adecuadas para su crecimiento, transformando un momento de crisis en una oportunidad de enriquecimiento y desarrollo para todos.
A veces, la vida de una familia y de una sociedad también exige esto: el valor de cambiar hábitos y estructuras, de modo que la dignidad de la persona siga siendo fundamental y se superen las desigualdades y la marginación. Además, al hacerse hombre, Dios se identificó con los más desfavorecidos, y esto hace que la atención preferencial por los pobres sea una opción fundamental para nuestra identidad cristiana (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 198; Exhort. ap. Dilexi te, 16-17).
Hermanos y hermanas, hoy nos despedimos. Cada uno regresa a sus ocupaciones habituales y la barca de la Iglesia continúa su ruta hacia la meta, por gracia de Dios y con el compromiso de cada uno. Mantengamos vivo en nuestros corazones el recuerdo de los hermosos momentos que hemos compartido; incluso en medio de las dificultades, sigamos abriéndole espacio a Jesús, dejándonos iluminar y renovar cada día por su presencia. La Iglesia en Camerún está viva, es joven, rica en dones y entusiasmo, vibrante en su diversidad y maravillosa en su armonía. Que, con la ayuda de la Virgen María, nuestra Madre, puedan hacer florecer cada vez más la presencia alegre que ustedes poseen, y que también los vientos contrarios, que nunca faltan en la vida, sean ocasión de crecimiento en el servicio gozoso a Dios y a los hermanos, en el compartir, en la escucha, en la oración y en el deseo de crecer juntos.
Angola: Domingo, 19 de abril
- Extracto de la homilía durante la Santa Misa en Kilamba
La historia de su país, las consecuencias aún difíciles que deben soportar, los problemas sociales y económicos y las diferentes formas de pobreza reclaman la presencia de una Iglesia que sepa acompañarlos en el camino y escuchar el lamento de sus hijos. Una Iglesia que, con la luz de la Palabra y el alimento de la Eucaristía, sepa reavivar la esperanza perdida. Una Iglesia formada por personas como ustedes, que se entregan tal y como Jesús partió el pan para los dos discípulos de Emaús. Angola necesita obispos, sacerdotes, misioneros, religiosas y religiosos, laicos y laicas que tengan en el corazón el deseo de entregar su propia vida y ofrecérsela unos a otros, de comprometerse en el amor y el perdón mutuos, de construir espacios de fraternidad y de paz, de realizar gestos de compasión y solidaridad hacia quienes más lo necesitan.
Con la gracia de Cristo Resucitado podemos convertirnos en ese pan partido que transforma la realidad. Y así como la Eucaristía nos recuerda que somos un sólo cuerpo y un sólo espíritu, unidos al único Señor, también nosotros podemos y queremos construir un país en el que se superen para siempre las viejas divisiones, en el que desaparezcan el odio y la violencia, en el que la lacra de la corrupción sea sanada por una nueva cultura de la justicia y el compartir. Sólo así será posible un futuro de esperanza, sobre todo para los numerosos jóvenes que la han perdido.
Hermanos y hermanas, hoy es necesario mirar hacia el futuro con esperanza y construir la esperanza del futuro. No tengan miedo de hacerlo. Jesús Resucitado, que recorre el camino con ustedes y se entrega como pan partido, los anima a ser testigos de su resurrección y protagonistas de una nueva humanidad y de una nueva sociedad.
- Rezo del santo rosario en la explanada frente al Santuario de Mama Muxima
Angola: Lunes, 20 de abril
- Extracto de la homilía durante la Santa Misa en la explanada de Saurimo
En todas partes del mundo, la Iglesia vive como un pueblo que camina en pos de Cristo, nuestro hermano y Redentor. Él, el Resucitado, ilumina nuestro camino hacia el Padre y, con la fuerza del Espíritu, nos santifica, para que transformemos nuestro estilo de vida según su amor. Esta es la Buena Noticia, el Evangelio que corre como sangre por nuestras venas, sosteniéndonos a lo largo del camino. ¡Un camino que hoy me ha traído aquí, con ustedes! En la alegría y la belleza de nuestra asamblea, reunida en nombre de Jesús, escuchemos con el corazón abierto su Palabra de salvación, porque nos hace reflexionar sobre el motivo y el fin por los que seguimos al Señor.
Cuando el Hijo de Dios se hace hombre, en efecto, realiza gestos elocuentes para manifestar la voluntad del Padre: ilumina las tinieblas devolviendo la vista a los ciegos, da voz a los oprimidos desatando la lengua de los mudos, sacia nuestra hambre de justicia multiplicando el pan para los pobres y los débiles. Quien oye hablar de estas obras, se dispone a buscar a Jesús.
Al mismo tiempo, el Señor conoce nuestro corazón y nos pregunta si lo buscamos por gratitud o por interés, por cálculo o por amor. De hecho, dice a la gente que lo seguía: «Me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse» (Jn 6,26). Sus palabras revelan los planes de quienes no desean el encuentro con una persona, sino el consumo material. La multitud ve a Jesús como un instrumento para lograr algo más, como un proveedor de servicios. Si Él no les diera algo de comer, sus gestos y sus enseñanzas no les interesarían.
Esto ocurre cuando la fe auténtica se sustituye por un comercio supersticioso, en el cual Dios se convierte en un ídolo al que sólo se recurre cuando nos conviene, mientras nos conviene. Incluso los dones más hermosos del Señor —que siempre cuida de su pueblo— pueden convertirse en una exigencia, un premio o un chantaje, y son malinterpretados precisamente por quienes los reciben. El relato evangélico nos hace comprender, por tanto, que existen motivos equivocados para buscar a Cristo, sobre todo cuando se le considera un gurú o un amuleto de la suerte. También el fin que se propone la multitud es inadecuado; pues no buscan un maestro al que amar, sino un líder al que venerar por interés propio.
- Encuentro con los obispos, sacerdotes consagrados y agentes de pastoral en la Parroquia de Nuestra Señora de Fátima
Guinea Ecuatorial: Martes, 21 de abril
- Encuentro con el mundo de la cultura en el Campus Universitario León XIV de la Universidad Nacional
La historia del hombre puede leerse también siguiendo la simbología de algunos árboles bíblicos. En el jardín del libro del Génesis, junto al árbol de la vida, se alza también el árbol del conocimiento del bien y del mal (cf. Gn 2,9). Y conviene advertir que no se trata de una condena del conocimiento en cuanto tal, como si la fe temiera a la inteligencia o mirara con sospecha el deseo de saber. El ser humano ha recibido la capacidad de conocer, de nombrar, de discernir, de admirarse ante el mundo y de interrogarse por su sentido (cf. Gn 2,19).
El problema no está, pues, en el conocimiento, sino en su desviación hacia una forma de saber que ya no busca corresponder a la realidad, sino plegarla a la propia medida, juzgándola según la conveniencia de quien pretende conocer. Allí el conocimiento deja de ser apertura y se vuelve posesión; deja de ser camino hacia la sabiduría y se transforma en afirmación orgullosa de autosuficiencia, abriendo paso a extravíos que pueden llegar a volverse inhumanos.
Sin embargo, la historia bíblica no termina ante ese árbol. La tradición cristiana contempla otro árbol, el de la cruz, no como negación de la inteligencia humana, sino como signo de su redención (cf. Col 2,2-3). Si en el Génesis aparece la tentación de un conocimiento separado de la verdad y del bien, en la cruz se revela, en cambio, una verdad que, lejos de imponerse por dominio, se ofrece por amor y eleva al hombre a la dignidad con la que fue concebido desde su origen. Allí el ser humano es invitado a dejar sanar su deseo de conocer: a redescubrir que la verdad, no se fabrica, no se manipula ni se posee como trofeo, sino que se acoge, se busca con humildad y se sirve con responsabilidad.
Por eso, desde una perspectiva cristiana, Cristo no aparece como una salida fideísta ante la fatiga intelectual, como si la fe comenzara donde la razón se detiene. Al contrario: en Él se manifiesta la armonía profunda entre verdad, razón y libertad. La verdad se ofrece como una realidad que precede al hombre, lo interpela y lo llama a salir de sí mismo, y por eso puede ser buscada con confianza. La fe, lejos de clausurar esta búsqueda, la purifica de la autosuficiencia y la abre a una plenitud hacia la que la razón tiende, aunque no pueda abarcarla por completo.
De este modo, el árbol de la Cruz restituye el amor al conocimiento a su cauce originario. Nos enseña que conocer es abrirse a la realidad, acoger su sentido y custodiar su misterio. Así, la búsqueda de la verdad permanece verdaderamente humana: humilde, seria y abierta a una verdad que nos precede, nos convoca y nos trasciende.
- Visita al personal y pacientes del hospital psiquiátrico Jean Pierre Olie
En su visita al hospital en Guinea Ecuatorial, el Papa León XIV centró su mensaje en la importancia de humanizar el cuidado de la salud, señalando que cada paciente debe ser visto, ante todo, como una persona con una dignidad inalienable y no solo como un caso clínico. El Pontífice agradeció profundamente el trabajo de los médicos, enfermeros y personal sanitario, a quienes describió como las manos de Dios que alivian el sufrimiento y siembran esperanza en medio de la enfermedad.
El Santo Padre subrayó que los hospitales deben ser santuarios de la vida donde la competencia profesional se una indisolublemente a la compasión y a la ternura. Animó a los enfermos a no perder el ánimo, recordándoles que el Señor está especialmente cerca de los que sufren y que su dolor, unido al de Cristo, tiene un valor redentor. Para quienes buscan santificar su trabajo diario, este encuentro resalta que el servicio a los enfermos es una forma eminente de caridad y un encuentro directo con la carne sufriente de Jesús.
Finalmente, el Papa hizo un llamamiento para que se garantice el acceso a una atención médica de calidad para todos, especialmente para los más pobres y olvidados. Instó a las autoridades y a la sociedad a invertir en la salud como un bien común fundamental para el progreso humano y social del país. Concluyó encomendando a todos los presentes a la protección de la Virgen María, pidiendo para el personal sanitario la paciencia y el amor necesarios para continuar con su noble misión de cuidar y sanar.
Guinea Ecuatorial: Miércoles, 22 de abril
- Extracto de la homilía durante la Santa Misa en la Basílica de la Inmaculada Concepción
Me alegra poder celebrar junto con ustedes, dando gracias al Señor por los 170 años de evangelización en estas tierras de Guinea Ecuatorial. Se trata de una ocasión propicia para recordar todo el bien que el Señor ha realizado y, al mismo tiempo, deseo expresar mi gratitud a los numerosos misioneros, misioneras, sacerdotes diocesanos, catequistas y fieles laicos que han entregado su vida al servicio del Evangelio.
Ellos han acogido las expectativas, las preguntas y las heridas de su pueblo, iluminándolas con la Palabra del Señor y convirtiéndose en signo del amor de Dios en medio de ustedes; con su testimonio de vida, han colaborado a la venida del Reino de Dios, sin miedo a sufrir por su fidelidad a Cristo.
Es una historia que no pueden olvidar, que, por un lado, los une a la Iglesia apostólica y universal que los precede y, por otro, los ha acompañado para que ustedes mismos se conviertan en protagonistas del anuncio del Evangelio y del testimonio de la fe, cumpliendo aquellas palabras proféticas pronunciadas en tierra africana por el Papa san Pablo VI: «Vosotros africanos, ya sois misioneros para vosotros mismos. La Iglesia de Cristo está verdaderamente arraigada en esta tierra bendita» (Homilía al concluir el Simposio de Obispos de África, Kampala, Uganda, 31 julio 1969).
Desde esta perspectiva, están llamados a continuar hoy el camino trazado por los misioneros, los pastores y los laicos que los han precedido. A todos y a cada uno se les pide un compromiso personal que abarque la vida por completo, para que la fe, celebrada de manera tan festiva en sus comunidades y en sus liturgias, alimente sus actividades caritativas y la responsabilidad hacia el prójimo, para la promoción del bien de todos.
Este compromiso requiere perseverancia, cuesta esfuerzo, a veces sacrificio, pero es el signo de que somos verdaderamente la Iglesia de Cristo. La primera lectura que hemos escuchado nos narra en pocos versículos cómo una Iglesia que anuncia con alegría y sin temor el Evangelio es también una Iglesia que, precisamente por eso, puede ser perseguida (cf. Hch 8,1-8). Pero, por otra parte, el mismo libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice que, mientras los cristianos se ven obligados a huir y se dispersan, muchísimos se acercan a la Palabra del Señor y pueden ver con sus propios ojos que los enfermos en el cuerpo y en el espíritu son sanados. Esos son los signos prodigiosos de la presencia de Dios, que generan gran alegría en toda la ciudad (cf. vv. 6-8).
- Visita a la prisión de Bata
- Encuentro con los jóvenes y las familias en el estadio de Bata
En su encuentro con los jóvenes y las familias en Bata, el Papa León XIV presentó a la familia como la célula viva y la primera escuela de amor de la sociedad. El Pontífice subrayó que, frente a las dificultades económicas y sociales, los hogares deben ser espacios donde se cultive la fidelidad y la alegría del servicio mutuo. Animó a los esposos a renovar cada día su compromiso, recordándoles que su testimonio de unidad es la base más sólida para construir una nación fuerte y en paz.
Dirigiéndose especialmente a los jóvenes, el Santo Padre les pidió que no se dejen robar la esperanza ni la capacidad de soñar en grande. Los instó a ser protagonistas del presente, rechazando la tentación de la indiferencia o de soluciones fáciles que degradan la dignidad humana. En cambio, los invitó a construir su vida sobre la roca de la fe, siendo valientes artesanos de reconciliación y servicio en sus comunidades, especialmente con los más necesitados.
El Papa también hizo un llamamiento a cuidar las raíces, fomentando un diálogo profundo entre las generaciones donde los abuelos transmitan su sabiduría y los jóvenes su entusiasmo. Este mensaje resuena con la idea de que la verdadera felicidad se encuentra en el don de sí mismo y en la acogida de la vida. Concluyó encomendando a las familias y a la juventud a la protección de la Sagrada Familia, pidiendo que cada hogar en Guinea Ecuatorial sea un reflejo de la ternura de Dios.
Guinea Ecuatorial: Jueves, 23 de abril
- Extracto de la homilía durante la Santa Misa de despedida en el estadio de Malabo
Jesús se presenta en medio de sus discípulos y les dice: Paz a ustedes. Esta no es una paz superficial, hecha de silencios cómodos o de ausencia de conflictos. Es la paz que brota del perdón y de la entrega total. Es la paz que Guinea Ecuatorial y todo el continente africano necesitan para sanar las heridas del egoísmo y de la división. El cristiano está llamado a ser un portador de esta paz allí donde vive, en su familia, en su trabajo y en la vida pública.
El Señor nos invita hoy, como a los apóstoles, a ser sus testigos. Ser testigos significa haber experimentado personalmente el amor de Dios que nos levanta. No se trata de anunciar una teoría, sino de mostrar con la vida que es posible vivir de manera diferente: perdonando en lugar de odiar, compartiendo en lugar de acumular, sirviendo en lugar de dominar. En las pequeñas acciones de cada día, en la honradez del trabajo y en la atención a los más necesitados, es donde se manifiesta la fuerza de la resurrección.
Dirijo un pensamiento especial a los jóvenes de esta tierra. Ustedes son el presente y el futuro de esperanza. No se dejen seducir por los ídolos del poder o del dinero, que prometen felicidad pero dejan el corazón vacío. Busquen en Cristo la verdadera libertad que les permite amar sin medida. La Iglesia cuenta con su entusiasmo y su valentía para renovar la sociedad desde dentro, con el espíritu de las bienaventuranzas.
Al concluir este viaje apostólico, me llevo en el corazón la alegría y la fe de este pueblo. Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, proteja a Guinea Ecuatorial y guíe sus pasos por sendas de justicia, de concordia y de progreso humano integral. No olviden que Dios está con ustedes y que nada puede separarnos de su amor.
Programa oficial del viaje con todas las intervenciones íntegras
