“«Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la Casa del Señor» (Sal 121,1). Estas palabras del salmo nos invitan a levantar la mirada hacia el Cielo, confiando en que don Fernando ya ha llegado ahí: la plena y definitiva unión con Dios en la gloria”. Con estas palabras, recordando la misericordia de Dios, inició su homilía el prelado del Opus Dei en el funeral celebrado el 23 de abril en la Basílica de San Eugenio.
Fernando Valenciano Polack nació en Sevilla el 1 de febrero de 1923 y falleció en Roma el 21 de abril del 2026, a los 103 años, tras algunas semanas de debilitamiento, el mismo día en que recordábamos el primer aniversario de la partida del Papa Francisco. En esos momentos finales, en los que recibió la unción de enfermos, se encontraba en su habitación de Villa Tevere, acompañado por el Padre, los que vivían con él y el médico.
Había pedido la admisión en el Opus Dei el 23 de diciembre de 1939, en Madrid, mientras preparaba el ingreso en la Escuela Superior de Ingenieros de Caminos, en la residencia de estudiantes de la calle de Jenner, impulsada por san Josemaría unos meses antes.

Don Fernando era doctor en ingeniería y, antes de su ordenación sacerdotal, obtuvo también el doctorado en derecho canónico. Después de muchos años de trabajo profesional como ingeniero en Madrid y en Sevilla, marchó a Roma en 1961 para incorporarse al Consejo General del Opus Dei (1961-1994), ayudando al fundador en tareas de gobierno de la Obra, entonces en expansión por muchos países. Al llegar a Villa Tevere, la sede central del Opus Dei, le recibió san Josemaría. Desde ese momento, su presencia y la del beato Álvaro fueron una constante. “De ellos —decía en la homilía Mons. Ocáriz— aprendió una lección que nos sirve a todos: que, para gozar de la visión de Dios en el cielo, hemos de procurar contemplarlo ya aquí en la tierra, en el ejercicio de los deberes ordinarios en medio del mundo. Y así fue don Fernando recorriendo su vida: primero como estudiante universitario, después como ingeniero, más tarde trabajando en la sede central y cuidando de sus hermanos en el Opus Dei, como laico y luego como sacerdote; siempre sin otra ambición que servir a la Iglesia”.
Actualmente era el miembro más antiguo del Opus Dei —algo más de 86 años de vocación en la Obra—, y el último de los que habían pedido la admisión en la década de los treinta del siglo pasado. En 1993, recibió la ordenación sacerdotal de manos del beato Álvaro y ejerció su ministerio mientras tuvo fuerzas para hacerlo. Celebró con gran alegría y agradecimiento a Dios sus bodas de plata sacerdotales en 2018.

Hasta los 100 años se mantuvo activo y autónomo, asistiendo a las reuniones de familia y a los medios de formación. Durante décadas iba a confesar a la Basílica de San Eugenio en Roma y, como consecuencia de esa labor sacerdotal, mantenía y cultivaba amistades que pasaban de una generación a otra. Con frecuencia recibía visitas de parientes y amigos, entre los 10 y los 90 años, que deseaban verle y expresar su cariño. A veces, venían desde muy lejos. Quizá había conocido a alguien 60 o 70 años antes, muchos de ellos ingenieros de Caminos, y el afecto lo heredaban los hijos, los nietos y los bisnietos. Don Fernando recordaba siempre las historias familiares y los acompañaba con la oración, también desde la distancia. Su teléfono y su whatsapp dan fe de esas largas y fieles amistades, que sabía conducir a Dios.
Mantuvo hasta el final la lucidez y la memoria, que le permitían seguir con interés los temas de conversación, participar y compartir recuerdos antiguos y recientes. A veces citaba detalles que parecían increíbles, como un nombre o el lugar preciso — ciudad, calle y número— de un centro de la Obra en el que había estado alguna vez o el domicilio de los padres de alguien. Con frecuencia recordaba hechos y dichos divertidos, provocando la sonrisa de quienes le escuchaban.
Durante los últimos dos o tres años perdió autonomía y fuerza física, pero nunca piedad, vibración apostólica, claridad mental y deseos de aprovechar el tiempo. Pocas semanas antes de fallecer todavía preguntaba si no podía ayudar en alguna labor sacerdotal. Pedía oraciones por el Papa y por la Iglesia. Rezaba y hacía rezar por las intenciones del Padre, que tenía presente en todo momento. Preguntaba por noticias de actualidad, sin desconectar de lo que ocurría en el mundo. Rezaba también cuando le contábamos sobre guerras u otros acontecimientos tristes. Y seguía como buen aficionado un partido de tenis o un western de calidad.

A pesar de que las limitaciones eran cada vez mayores, nunca se quejó ni protestó. Hacía caso a los médicos y a quienes le cuidaban y procuraba seguir participando en la vida del centro. Cuando alguien le preguntaba qué tal estaba, respondía que bien y pasaba a otro tema, aunque más recientemente concedía un “bien, dentro de lo que cabe”. Se emocionaba ante los detalles de cariño, visibles incluso en lo más sencillo de cada día: en la comida preparada con esmero y en todo lo que hacía su vida más cuidada y acogedora. Daba gracias sin cansarse, muchas veces al día, y pedía disculpas por las molestias causadas. Era un enfermo muy fácil de cuidar. En realidad, las gracias se las damos todos los que hemos tenido la suerte de conocerle y de cuidarle. Su ejemplo siempre nos acompañará y no dejaremos de pedirle que interceda por nosotros.
Mons. Ocáriz terminaba su homilía, en la misa ante el cuerpo presente que celebró en Santa María de la Paz: “Acudimos a nuestra Madre la Santísima Virgen. ¡Cuántos rosarios ha rezado don Fernando en estos años, pidiendo por tantas intenciones! Y le pedimos a la Virgen que nos consiga de su Hijo la gracia para entender lo que dejó escrito san Josemaría en el último punto de Camino, y que en este momento, pensando en don Fernando, resuena con particular actualidad: «¿Que cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. —Enamórate, y no «le» dejarás»”.
Sus restos descansan en Villa Tevere, en la Cripta de la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, cerca de los restos de san Josemaría y de Carmen Escrivá y junto al beato Álvaro del Portillo, la sierva de Dios Dora del Hoyo, Mons. Javier Echevarría y Rosalía López.
