Dora del Hoyo: una leonesa camino de los altares

Conocí a Dora en el año 1995, cuando el trabajo del hogar estaba muy lejos de mi vida y sobre todo de mi pensamiento. Coincidí con ella en dos ocasiones muy puntuales, aproximadamente durante dos meses. Pero esto bastó para darme cuenta de cómo era, cómo vivía, para quién y por qué había gastado sus días. En fin… Sin grandes explicaciones entendí el sentido de su existir.

Por Ana Mucientes, Máster Facility Management for GlobalCare en www.diariodigitaldeleon.com


Atraen las personas así. No necesitan demostrar nada, ni que valen más, ni que valen menos. Ni siquiera necesitan justificar lo que hacen porque su vida habla por ellas mismas. Hay algo que manifiesta que su vida —en este caso la de Dora del Hoyo*— ha dejado huella en la historia de tanta gente. Empezaré por la mía.

Conocí a Dora en el año 1995, cuando el trabajo del hogar estaba muy lejos de mi vida y sobre todo de mi pensamiento. Coincidí con ella en dos ocasiones muy puntuales, aproximadamente durante dos meses. Pero esto bastó para darme cuenta de cómo era, cómo vivía, para quién y por qué había gastado sus días. En fin… Sin grandes explicaciones entendí el sentido de su existir.

Cuando hablo del trabajo de la casa, me gusta pensar que para valorarlo hay que tener una óptica particular de la vida y un enfoque que va más allá de lo inmediato y material. Trascender por una vía muy sencilla —casi evidente— de un objetivo, al objetivo: cuidar con esmero —con profesionalidad— el ámbito familiar en el que las personas nos desenvolvemos.

Una tarea —por desgracia poco valorada hoy día— a la que Dora se dedicó, no como hobby o pasatiempo, sino como lo que es: un trabajo profesional. Dora, no se sentía inferior porque no lo era; no se sentía sola, porque no lo estaba, y no se sentía víctima porque pudiendo haber elegido otras posibilidades en la vida prefirió trabajar para hacer un hogar del lugar en el que se encontraba en cada momento.

Hay quienes triunfan en la vida por ser buenos deportistas o por escribir un libro. Hay quien llega lejos por haber descubierto algo que revoluciona la industria o la tecnología…, pero también hay personas que triunfan por el mero hecho de saber estar donde se les necesita. Demuestran así que han acertado con el profundo sentido de sus vidas.

Por eso Dora, cuando llegó a trabajar como empleada a la primera residencia del Opus Dei (hablamos del los años 1943-45), aunque pensó en irse por el abundante trabajo (eran casi 100 residentes jóvenes), la falta de recursos (años de posguerra) y de experiencia de quienes lo dirigían, no se fue porque en su balanza interior pesó más la posibilidad de ayudar con su saber hacer a quienes veía con tantas dificultades. Dora no sólo eligió estar, en ese momento, en el sitio acertado. En esa tarea, descubrió una llamada de Dios. Y siempre —hasta su muerte el 10 de enero de 2004— buscó estar donde hacia falta. Saber estar donde hay que estar me parece condición imprescindible para dar sentido a la propia vida.

Me gusta valorar la vida de esta mujer que sacó adelante su familia y —con su ejemplo— a otras muchas familias. Hizo su trabajo con normalidad: lavaba la ropa y planchaba estupendamente, cocinaba manteniendo limpia la cocina, secaba cubiertos y los colocaba lo mejor posible, y, cuando pensaba que era necesario, se quedaba trabajando por la noche sin que nadie se lo pidiera.

Para ella era un continuo aliciente mejorar la calidad de su trabajo, como expresión de su cariño a su familia. Dora siempre iba por delante, sin hacerse notar. Conocía las máquinas de vanguardia y cuáles eran las instalaciones que más adecuadas para las tareas. Su opinión contaba. Es más: era la primera opinión a tenerse en cuenta para mejorar las condiciones de trabajo, y eso que no había trabajado en grandes cadenas hoteleras, ni había hecho masters en cocina.

Me vienen a la mente unas palabras de San Josemaría Escrivá de Balaguer: “No importa el tipo de tarea que se lleve a cabo, siempre que sea honrada: ¿qué es más importante: ser catedrático en la Sorbona o hacer los trabajos de la casa? Cuando, refiriéndome a las mujeres de la limpieza que trabajan en la Universidad de Navarra, afirmo que no sé si su trabajo es tan importante o más que el de la Junta de Gobierno, no hago comedia: repito sencillamente lo que he pensado siempre. La tarea de una de esas mujeres que acude con alegría y lo hace todo por amor, puede ser heroica, nada vulgar, y desde luego más eficaz que la de un gran investigador que sólo piense en publicar sus estudios. Insisto, ¿qué vale más?: depende del amor y del sacrificio con que se realiza el propio trabajo, pero con un sacrificio gustoso, alegre, voluntario; en caso contrario, es mejor que no se haga”.

¿Quizá san Josemaría pensaba en Dora cuando decía estas palabras? ¿Será que la misma normalidad de su vida —y de lo que hacía cada día— es precisamente lo que la convierte en heroica? Dora conocía el sentido de su vida pero sobre todo descubrió el camino —su trabajo— para alcanzarlo de modo pleno. Y, con ella, muchas personas. Yo misma.

* Mons. Javier Echevarría, obispo prelado del Opus Dei, ha presidido en Roma el comienzo del proceso canónico sobre la vida y virtudes de Dora del Hoyo. El acto se ha celebrado en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en Roma el 18 de Junio de 2012. Dora del Hoyo nació en Boca de Huérgano (León, España), en 1914. Después de efectuar sus estudios elementales, empezó a trabajar como empleada del hogar, labor que ejerció con profesionalidad y pasión hasta pocas semanas antes de su fallecimiento, el 10 de enero de 2004.