Jerusalén adquiere cada vez un ambiente de mayor animación: cientos de judíos van inundando poco a poco la ciudad para celebrar la Pascua. Los comerciantes saben que es el momento perfecto para exhibir sus mercancías, pues hay un gran movimiento en las calles. Un mercader experimentado, que ya ha viajado por toda la región de Asia, Egipto y Mesopotamia, llega muy temprano para conseguir un buen lugar donde exponer sus productos –telas, especias y utensilios para la casa– y se coloca en una de las principales calles de la Ciudad Santa, cerca de una de sus puertas más concurridas. Es un punto excelente y tiene la esperanza de obtener muchas ventas, como en años anteriores.
Sin embargo, algo diferente sucede en esta ocasión. Cuando el sol despunta e ilumina los tejados de las casas y los muros del Templo, comienza una agitación inusual en las calles. Esta vez no se trata de personas que se afanan para preparar la cena pascual o que suben al Templo para purificarse antes de la fiesta, sino que corren hacia la entrada de la ciudad desde el monte de los Olivos. Se comenta que alguien va a entrar por allí, pero el mercader, que no domina el arameo, no consigue entender exactamente quién.
Un visitante inesperado
La multitud está como enloquecida. Algunos arrancan ramas de los árboles cercanos, otros se quitan los mantos y los extienden junto a los que ya se alinean en el suelo. El mercader supone que un personaje muy importante pasará por allí: probablemente un gobernador o un general romano, montado en un gran caballo parto y acompañado de una numerosa y rica comitiva. ¿Quién sabe si no sería el mismo César que habría venido a conocer el corazón de Judea?
Decide entonces preguntar a alguien y consigue detener a un muchacho en medio de la agitación: «¿Quién pasará por aquí?». «¡Es Jesús de Nazaret, el Rey de los judíos!», responde entusiasmado. Y antes de que pueda aclarar quién es ese tal «Rey de los judíos», el joven echa a correr de nuevo, perdiéndose entre la muchedumbre.
El comerciante no entiende mucho, pero por curiosidad se acerca también. Los gritos se hacen cada vez más intensos hasta que, al abrirse paso entre la gente, aparece ante él una escena desconcertante: un hombre aparentemente común, sin aires ni vestiduras de nobleza y poder, montado en un simple burrito. La reacción de nuestro protagonista es de perplejidad. «Debe de haber algún engaño», piensa. «Los judíos se niegan a venerar incluso a César y, a juzgar por lo que veo, a este lo tratan como si fuera un rey, o incluso un dios».
El gesto de la gente de alfombrar con sus mantos el paso de Jesús se remonta a una antigua tradición en honor de los reyes (cfr. 2R 9,13). Mientras tanto, el pueblo, lleno de entusiasmo, aclama: «¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor!», «paz en el cielo, gloria en las alturas» (Lc 19,38). Son palabras que suenan al salmo 118 y al mensaje de los ángeles en Belén, la ciudad mesiánica (cfr. Lc 2,14).
Hacemos una breve pausa antes de continuar con la escena para observar mejor un detalle. Sabemos que este visitante inesperado es Jesucristo, y que se acerca el momento más importante de la historia: un verdadero plot twist que supera cualquier guion cinematográfico.
Con la entrada triunfal en Jerusalén, Jesús comienza su Semana Santa, en la que viviremos de cerca sus últimas horas y entraremos en el gran misterio de su pasión, muerte y resurrección. Pero este no es un acontecimiento relegado al pasado. Cada día, en la santa Misa, somos invitados a entrar de nuevo en la escena y unir nuestra vida a la de Cristo. Durante la celebración volvemos a exclamar: «Bendito el que viene en nombre del Señor, hosanna en el cielo». «Este grito de esperanza de Israel, esta aclamación a Jesús durante su entrada en Jerusalén, ha llegado a ser con razón en la Iglesia la aclamación a aquel que, en la Eucaristía, viene a nuestro encuentro de un modo nuevo. Con el grito “Hosanna” saludamos a aquel que, en carne y sangre, trajo la gloria de Dios a la tierra. Saludamos a aquel que vino y, sin embargo, sigue siendo siempre aquel que debe venir. Saludamos a aquel que en la Eucaristía viene siempre de nuevo a nosotros en nombre del Señor, uniendo así en la paz de Dios los confines de la tierra»[1].
A pesar de la grandeza del momento y de la fuerza del gentío que aclama la llegada de su Rey, Jesús pasa, pero no como un famoso que camina por el escenario en medio de un espectáculo. Pasa y contempla el rostro de cada uno de los presentes. Allí no hay una masa anónima: hay nombres, historias, almas que son como ovejas que no tenían pastor y finalmente lo encuentran. Cristo se expone, se hace disponible y al alcance de todos. «Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios y se ha inclinado para curar el cuerpo y el alma. Este es Jesús. Este es su corazón atento a todos nosotros, que ve nuestras debilidades, nuestros pecados. El amor de Jesús es grande. Y, así, entra en Jerusalén con este amor, y nos mira a todos nosotros»[2].
Entre tanta gente, es natural imaginar todo tipo de personas: hombres y mujeres, niños y ancianos, oficios diversos y, probablemente, muchos pobres; algunos que ya habían escuchado al Señor o presenciado alguno de sus milagros, y otros que quizá se dejan arrastrar por la euforia del momento. Sea como fuere, Jesús no parece preocupado por eso. Simplemente acoge ese afecto espontáneo e incluso reprende a los fariseos por intentar reprimir a la multitud: «Si ellos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,40).
Ese gesto revela algo esencial del corazón de Jesús: no mide la autenticidad del amor por su perfección inmediata, sino que acoge incluso lo frágil, lo inmaduro, lo incompleto. «A veces somos más superficiales y distraídos, a veces nos dejamos llevar por el entusiasmo, a veces estamos agobiados por las preocupaciones de la vida, pero también hay momentos en los que estamos disponibles y acogedores. Dios confía y espera que tarde o temprano la semilla florezca. Él nos ama así: no espera a que seamos el mejor terreno, siempre nos da generosamente su palabra. Quizá precisamente al ver que él confía en nosotros, nazca en nosotros el deseo de ser un terreno mejor. Esta es la esperanza, fundada sobre la roca de la generosidad y la misericordia de Dios»[3].
En este momento, podemos pedir al Señor que nos ayude a abonar la tierra en nuestros corazones, para que su semilla pueda dar fruto: treinta, sesenta o cien veces. Queremos unirnos a esa muchedumbre no como un número más: queremos que toda nuestra vida sea un grito de gloria a Jesús, nuestro Rey, como exhorta san Agustín: «Retirad vuestros portones, oh príncipes. Todos vosotros que buscáis el gobierno entre los hombres, quitad las entradas que habéis hecho, de deseo y de temor. Y elevaos, oh portones eternos. Y elevaos, oh entradas de la vida eterna, de la renuncia al mundo y de la conversión a Dios. Y entrará el Rey de la gloria. Y el Rey en quien podemos gloriarnos sin orgullo entrará: él, que habiendo superado las puertas de la muerte y abierto para sí los lugares celestiales, cumplió lo que dijo: “Tened buen ánimo, porque yo he vencido al mundo” (Jn 16,33)»[4].
Un antes y un después
Volvemos a dar play. En medio de los empujones de la aglomeración, el mercader es alcanzado por la mirada del Maestro, y sucede algo extraño, como si el tiempo se detuviera y todo lo demás desapareciera. Solo Jesús y él están allí. Y, aun sin hablar arameo o hebreo, se entienden perfectamente. Sin intercambiar palabras, se lo dicen todo: dos corazones se encuentran, y nada más parece importar.
«Tu rostro, Señor, buscaré» (Sal 27,8). Probablemente nosotros mismos hemos expresado ese deseo muchas veces a lo largo de la vida. Si podemos buscar el rostro de Cristo, es porque fue él quien tomó la iniciativa y nos llamó por nuestro nombre. Jesús busca nuestra mirada sin imponerse, sin querer llamar la atención con hechos extraordinarios. Pasa montado en un burrito, escondido entre tantas cosas pequeñas y aparentemente irrelevantes de nuestro día: nos toca a cada uno descubrirlo en medio de las prisas y del trabajo diario.
Un instante después, Jesús aparta la mirada para detenerse en otras personas que lo aclaman y en los niños que, desde los hombros de sus padres, alzan los brazos con alegría. Pero el mercader sigue allí, inmóvil, mientras aquel burrito conduce a su Rey hacia otro lado. Aquella mirada se ha grabado no solo en su memoria, sino en toda su alma: comprende que, a partir de ese momento, su vida no puede seguir siendo la misma; o, mejor aún, que no quiere que lo sea.
Con un movimiento casi espontáneo, también él se quita el manto de los hombros y corre para encontrar un espacio en el cortejo. Aquel hombre ya no es un desconocido: es el Señor, y todo homenaje que pueda ofrecerle es poco. El mercader no es judío, solamente tiene una noción vaga de quién es el Mesías esperado y no se preocupa demasiado por las cuestiones políticas, pero percibe en él una autoridad distinta, que no se impone por la fuerza ni por el poder, sino por el amor y la verdad que encarna. «Reconocerlo como rey significa aceptarlo como aquel que nos indica el camino, aquel del que nos fiamos y al que seguimos. Significa aceptar día a día su palabra como criterio válido para nuestra vida. Significa ver en él la autoridad a la que nos sometemos. Nos sometemos a él, porque su autoridad es la autoridad de la verdad»[5].
Termina la euforia, y el gentío se dispersa poco a poco. En el aire queda una atmósfera de entusiasmo y esperanza. Muchos susurran entre sí que finalmente Jerusalén será liberada de las manos de los romanos y que el Mesías restaurará la casa de David. Para el mercader, que ya había oído algunas de las historias y profecías de Israel, esto no parece tener mucha relevancia. Aquel hombre no es para él un revolucionario ni un líder carismático; es simplemente Jesús, su nuevo amigo. Siente que su corazón va a estallar de alegría, y llega a confundir el precio de sus mercancías cuando alguien se acerca a comprar. La única imagen que tiene en la cabeza es la mirada y la sonrisa del Maestro, que le interpela: «Tú, sígueme».
Paradoja
Algunos días después de la entrada de Jesús en Jerusalén, la ciudad recupera la normalidad de los años anteriores. Las calles siguen abarrotadas y las familias ya han conseguido los corderos que serán sacrificados para la Pascua, memorial del fin de la esclavitud en Egipto, cuando Dios manifestó su amor al pueblo elegido. El mercader, por su parte, ha alcanzado los objetivos de venta y bien podría recoger sus cosas para partir hacia su próximo destino. Sin embargo, sabe que, por ser viernes, puede aprovechar para hacer una liquidación y encontrar a algún desprevenido que dejó los preparativos para última hora, y vuelve a colocarse en su punto favorito de ventas. Quién sabe si no volverá a encontrar a Jesús pasando por allí, como algunos días antes. Ahora que ha conversado con muchas personas y sabe mejor quién era el gran Maestro de Nazaret, tiene la esperanza de escuchar sus enseñanzas y de preguntar las dudas que le han surgido desde aquel encuentro silencioso.
No obstante, de nuevo sucede algo inesperado. La multitud vuelve a reunirse, pero esta vez no lo hace con entusiasmo, sino con furia. No esperan a un rey, sino a un criminal infame, que avanza entre insultos, escupitajos y golpes. Todas las miradas se dirigen hacia quien saldrá por la puerta de la ciudad para ser crucificado. El mercader, que ha recorrido numerosas ciudades bajo dominio romano, sabe bien de qué se trata: una pena reservada a los crímenes más graves, como el homicidio o la rebelión contra el Imperio.
¿Quién es ese desgraciado que provoca tanto alboroto? Intenta preguntar, pero nadie le responde. Finalmente, logra parar a una joven con lágrimas en el rostro. «¿Qué está pasando? ¿Por qué lloras?». «¡Es una injusticia! Han arrestado a Jesús, el Rey de los judíos». Un escalofrío recorre la espalda del comerciante. Está convencido de que la mujer se equivoca. Sin pensarlo más, se abre paso entre los allí presentes para ver con sus propios ojos lo que ocurre. Entonces distingue a una tropa de soldados que lucha por apartar a la gente, con un hombre en el centro, encorvado por el peso de la gran cruz que arrastra. Cuando el condenado levanta el rostro, los ojos del mercader se llenan de lágrimas: es Jesús.
A duras penas reconoce el rostro del Nazareno, totalmente desfigurado por la violencia, como el siervo sufriente descrito por el profeta Isaías: «No hay en él parecer, no hay hermosura que atraiga nuestra mirada, ni belleza que nos agrade en él. Despreciado y rechazado de los hombres, varón de dolores y experimentado en el sufrimiento; como de quien se oculta el rostro, despreciado, ni le tuvimos en cuenta.» (Is 53,2-3). Lentamente, Jesús avanza con la cruz y, cuando lo consigue, levanta la mirada hacia las personas que lo rodean. «A derecha e izquierda, el Señor ve a esa multitud que anda como ovejas sin pastor. Podría llamarlos uno a uno, por sus nombres, por nuestros nombres. Ahí están los que comieron en la multiplicación de los panes y de los peces, los que fueron curados de sus dolencias, los que adoctrinó junto al lago y en la montaña y en los pórticos del Templo»[6].
El mercader permanece sin reaccionar, intentando encontrar una explicación para lo que ve, sin éxito. De repente, se repite el encuentro silencioso: sus ojos se cruzan de nuevo con los de Jesús. Esta vez no hay diálogo interior, solo un silencio hondo. No alcanza siquiera a formular un pensamiento cuando los soldados empujan al condenado para que avance con mayor rapidez. La comitiva sale por la puerta noroeste de Jerusalén y la muchedumbre se va alejando poco a poco. El mercader permanece allí, clavado en el mismo lugar.
Y, sin embargo, en lugar de la tristeza y de la desesperación, percibe una profunda paz. Sufre por el trato que recibe el Maestro, pero el recuerdo de su mirada trae a la memoria algo más fuerte que todo lo que está ocurriendo: una certeza que solo un amor inimaginable puede explicar.
Los encuentros del mercader con Jesús no han durado más que unos instantes, pero han sido suficientes para darle la convicción de que era amado incondicionalmente por Dios, y eso le infunde esperanza. «Es justamente en aquel silencio que la vida nueva empieza a fermentar –comentaba el Papa León XIV sobre la muerte de Cristo–. Como una semilla en la tierra, como la oscuridad antes del amanecer. Dios no tiene miedo del tiempo que pasa, porque es Señor también de la espera»[7].
No solo en los momentos de nuestro día reservados para la oración u otras prácticas de piedad, sino también en el ajetreo y en las dificultades cotidianas, se nos conceden esos breves encuentros con la mirada de Cristo. Allí nos sentimos comprendidos, amados, y encontramos la paz y la alegría profundas que sostienen nuestra vida. «Todo tiempo detenido puede convertirse en tiempo de gracia, si lo ofrecemos a Dios. (…) A veces buscamos respuestas rápidas, soluciones inmediatas. Pero Dios trabaja en lo profundo, en el tiempo lento de la confianza»[8].
Jesús muestra que nuestros aparentes fracasos pueden convertirse en una ocasión para unirnos más a su cruz. «No nos extrañe que seamos derrotados con relativa frecuencia, de ordinario y aun siempre en materias de poca importancia, que nos punzan como si tuvieran mucha. Si hay amor de Dios, si hay humildad, si hay perseverancia y tenacidad en nuestra milicia, esas derrotas no adquirirán demasiada importancia. Porque vendrán las victorias, que serán gloria a los ojos de Dios. No existen los fracasos, si se obra con rectitud de intención y queriendo cumplir la voluntad de Dios, contando siempre con su gracia y con nuestra nada»[9].
El mercader levanta de nuevo la vista hacia el cortejo, y ve a una mujer acompañada por un joven, ambos siguiendo los pasos del Rey de los judíos. Cada vez que puede, Jesús mira a la mujer y de allí parece sacar fuerzas para llegar hasta el final del camino. Curiosamente, nuestro protagonista no recuerda haberla visto el día de la entrada triunfal en Jerusalén; pero ahora, cuando casi todos lo han abandonado, ella está en primera fila. El mercader, que antes se sentía incapaz de presenciar tanto sufrimiento, decide imitarla. Y al encontrarse con los ojos de María, halla el valor necesario para acompañar a su Señor hasta el final.
[1]. Benedicto XVI, Homilía, 9-IV-2006.
[2]. Francisco, Homilía, 24-III-2013.
[3]. León XIV, Audiencia, 21-V-2025.
[4]. San Agustín, Exposiciones sobre los Salmos, comentario al Salmo 23.
[5]. Benedicto XVI, Homilía, 1-IV-2007.
[6]. Via crucis, III estación.
[7]. León XIV, Audiencia, 17-IX-2025.
[8]. Ibid.
[9]. Es Cristo que pasa, n. 76.
