Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, ángel de mi guarda, interceded por mí.
El Evangelio del primer Domingo de Cuaresma nos recuerda el relato de los cuarenta días de Jesús en el desierto: cuarenta días de ayuno y penitencia. Marcos es muy breve; nos dice simplemente que estuvo en el desierto y fue tentado por Satanás. Sin embargo, Mateo y Lucas nos cuentan con detalle cada una de las tres tentaciones.
En una de ellas, el diablo llevó a Jesús a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: «Todas estas cosas te daré si, postrándote, me adoras». Entonces le respondió Jesús: «Apártate, Satanás, pues escrito está: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto”».
El diablo hace su oferta y ofrece el poder de dirigir el mundo o una parte del mundo, riquezas, placeres, influencia, dominio. Y es fácil pensar que detrás de todo eso está el pasarlo bien, que no me falte de nada, no tener ataduras, poder vivir como quiera; en fin, felicidad y libertad. Pero el diablo miente, es el padre de la mentira, y pone una condición: que postrándote, arrodillándote ante mí, me adores.
Es decir, que me arrodille ante el deseo de poder, ante el afán de riquezas y placeres. Y que me arrodille significa que entregue mi corazón para llenarlo de cosas, para llenarlo de vanidad, autocomplacencia, soberbia. Y esta es la gran mentira, porque al ocupar mi corazón todas estas cosas me roban la felicidad y la libertad. Me hacen esclavo.
Entonces Jesús, ante la tentación, responde con la Escritura: «Escrito está: al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto». Viendo la oferta del demonio y la respuesta de Jesús, parece que todo es tan fácil o tan difícil como decidir ante quién me arrodillo.
Se ha dicho que el hombre siempre se arrodilla, y si no se arrodilla ante Dios, se arrodilla ante los ídolos. Cuando los ídolos no son figuras de piedra o madera, los ídolos son poder, riquezas, pereza, soberbia, sensualidad, egoísmo, etc.
Tú, Jesús, nos lo dices bien claro en el Sermón de la Montaña: «Nadie puede servir a dos señores, porque tendrá aversión a uno y amará al otro, o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas».
No podemos arrodillarnos ante Dios y ante las riquezas. Tengo que elegir llenar mi corazón de Dios o llenarlo de cosas, de trastos. No se puede servir a dos señores.
¿Y por qué vale la pena arrodillarse ante Dios? ¿Por qué vale la pena elegir a Dios? En una ocasión, Señor, nos has dicho que la Verdad nos hará libres. Bien, ¿y qué Verdad es esta? ¿Qué Verdad es esta que nos lleva por el camino de la libertad?
Se lo preguntaban a san Josemaría y respondía: «Os lo diré con la alegría y con la certeza que provienen de la relación entre Dios y sus criaturas: saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Santísima, que somos hijos de un gran Padre. Yo pido a mi Señor —terminaba— que nos decidamos a darnos cuenta de eso, a saborearlo día a día. Así obramos como personas libres».
Eso que tenemos que saborear día a día es esa Verdad: la Verdad de sabernos amados por Dios con un amor de predilección. Saber que somos sus hijos, que hemos sido creados por amor y para amar, que nos espera la vida eterna. Y esto me permite vivir lleno de sentido, vivir feliz y libre, saberme amado incondicionalmente.
Arrodillarme ante los ídolos me humilla, me hace esclavo, me deshumaniza. Y arrodillarme ante Dios, que es amor, me hace profundamente libre. No me humilla; más bien lo contrario: me eleva, me llena de Vida con mayúscula, me salva.
Cuaresma: tiempo de penitencia. ¿Cuaresma, tiempo triste? No. Es un tiempo maravilloso, es un regalo, un tiempo que mi alma necesita para ir arrancando todo lo que me aparta del amor, todo lo que me impide volar hacia Dios, todo lo que me impide llenarme de Dios.
Y por eso necesito la penitencia, la purificación del corazón, para que entre la luz de Dios en todos los rincones de mi vida, de mis pensamientos, de mi alma; para que mi corazón sea un corazón enamorado que se arrodilla ante su Creador.
Jesús, ayúdame a arrancar de mi vida todo lo que son pesos muertos, que me impiden avanzar. Y tú y yo sabemos cuáles son esos pesos muertos, ídolos que me confunden. Cuaresma es un tiempo especial para esto, para esta purificación, para rectificar, para dirigir a Dios todo lo que soy.
Y esto es la labor de toda la vida. La vida es lucha por amor y para amar. Entonces, ¿qué puedo hacer para ir purificando mi corazón?
Hace años contaban una historia que no sé si es real, pero no importa, es muy gráfica y sirve. En una ocasión un hombre tomó un taxi y, como tantas veces, surgió una conversación sobre el tiempo, el tráfico, el fútbol. No se sabe cómo, pero acabaron hablando de la fe y de la vida cristiana. Ya metidos en harina, el cliente, que era buen cristiano, sacó el tema del sacramento de la penitencia y la maravilla que es limpiar el alma, saberse perdonado por Dios.
Llevado por el entusiasmo, acabó diciendo al conductor que él procuraba confesarse cada semana. En ese momento, el taxista, mirando al pasajero por el retrovisor y levantando las cejas con cara de asombro y una sonrisilla, dijo: «¿Tan pecador es usted?».
El cliente, después de alguna aclaración, preguntó: «¿Usted cada cuánto se ducha?». A lo que el taxista contestó: «Pues todos los días por la mañana, al levantarme». Ahora era el pasajero el que levantaba las cejas y, con otra sonrisilla, decía: «¿Todos los días se ducha? ¡Pero qué sucio es usted!».
Y hasta aquí la historia.
Cuando uno se confiesa con frecuencia, aparte de que sea más o menos pecador, lo que busca es, por amor a Dios, tener el alma limpia, limpiar el corazón, quitar todo lo que estorba para volar, que no haya obstáculos entre el alma y Dios.
Cuando hablamos del tiempo de Cuaresma como tiempo de purificación del alma, lo primero, lo más importante en este proceso, es la acción de la gracia, lo que hace Dios. Tanto en la Iglesia como en cada alma, lo más importante no es lo que hacemos nosotros los hombres, sino lo que hace Dios.
Aquí tienes una buena receta: confesión frecuente, que es arrodillarse ante Dios, que perdona siempre y nos libera de los ídolos y esclavitudes.
No lo olvides: lo más importante en tu vida cristiana es que eres amado por Dios. Pregúntale a la Virgen cuánto te quiere Dios.
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, ángel de mi guarda, interceded por mí.





