📖 Lee y comparte el Mensaje del Prelado Camino al centenario
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Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Está todo hecho y todo por hacer. También en el camino de preparación para el Centenario de la Obra que estamos recorriendo, nos ha guiado esta frase tantas veces meditada por san Josemaría. Todo hecho, porque Dios inspiró la Obra a nuestro Padre; todo por hacer, porque siempre nos abre nuevos horizontes en fidelidad al origen.
Hoy celebramos la fiesta de san José, patrono de la Iglesia universal y de la Obra. Nuestro fundador solía llamarlo «mi padre y señor» y lo recordaba como «el hombre de la sonrisa permanente y el encogimiento de hombros». ¡Cuánto podemos aprender de él! Como modelo e intercesor, nos ayuda a transitar la vida, con sus luces y sombras, penas y alegrías, y a mantener el corazón lleno de deseos de amor y de fidelidad.
De la mano de san José, vuelvo a hablaros del Centenario de la Obra. El 10 de junio de 2021 os informé de que la celebración abarcaría los quinientos días que van desde el 2 de octubre de 2028 al 14 de febrero de 2030, como expresión de unidad: mujeres y hombres, laicos y sacerdotes. También os decía que se había constituido un comité para pensar en los preparativos y organizar un proceso de recoger sugerencias, que nos ha permitido experimentar, una vez más, aquello en lo que insistía tanto don Javier: la Obra está en nuestras manos. Deseo agradecer al comité y a todos y todas el interés y la participación en estas tareas.
Como sabéis, las últimas Asambleas regionales tuvieron como tema el “Camino hacia el Centenario”. Al considerar este verdadero coro de voces de casi setenta países, doy gracias a Dios por el espíritu de unidad y fidelidad, fundamento de la permanente renovación apostólica y espiritual, que deseamos vivir para dar respuesta a las encrucijadas de cada época. Jóvenes y mayores, miembros de la Obra, cooperadores, amigos y muchas personas que formaron parte de la Obra en algún momento de su vida, os habéis detenido a considerar cómo encarnar hoy, con una fidelidad dinámica, el espíritu que san Josemaría recibió de Dios para servir a la Iglesia. Una consideración agradecida del pasado, acompañada de un examen humilde, y una mirada esperanzada del futuro es lo que querría transmitiros en este mensaje para, juntos, vivir el Centenario.
En vuestras aportaciones, han resonado con especial fuerza tres ámbitos de nuestra existencia en medio del mundo: la familia, el trabajo y la formación. Al leer vuestras reflexiones sobre la familia, se nota un deseo renovado de que cada hogar sea una verdadera «Iglesia doméstica», reflejo del hogar de Nazaret. Del mismo modo, habéis subrayado que el trabajo no es solo una tarea humana, sino un ámbito de encuentro personal con Jesucristo. Los permanentes cambios en las realidades profesionales y sociales nos interpelan para encontrar el modo de que el Evangelio impregne el sentido del trabajo y contribuya a humanizar –y, por tanto, cristianizar– las relaciones laborales y todas las formas de trabajo, transformando la labor cotidiana en un servicio generoso y lleno de sentido. La formación que recibimos es un impulso para configurarnos con Cristo y vivificar el mundo desde dentro.
En los próximos años se seguirá aprovechando ese valioso material, que condensa las ilusiones y las necesidades de todos. La situación de la Iglesia y de la sociedad es a la vez entusiasmante y delicada, y comprobamos que la gracia de Dios sigue actuando. La Obra, como parte de la Iglesia, nunca está ajena a las vicisitudes de este mundo. Más allá del proceso de adaptación de los Estatutos –que comenzó hace casi cuatro años, y sigue en estudio en la Santa Sede–, tenemos abundantes desafíos y oportunidades para servir a la Iglesia como quiere ser servida hoy.
Concretamente, recorreremos este camino con agradecimiento a Dios al ver cómo crece el número de personas que le buscan y que participan en los medios de formación, las conversiones que el Señor suscita gracias al trato de amistad y las nuevas iniciativas apostólicas. Toda esta vitalidad es ocasión de reconocer la acción de Dios, de quien proceden los frutos, y la entrega de los muchos hijos e hijas míos –hermanos vuestros– que han dado su vida por los demás.
A la vez, en esta etapa de continuidad, no faltan retos, en consonancia con los que atraviesan todos los cristianos. Por ejemplo, en la mayoría de las regiones se notan las dificultades para que los jóvenes perciban la belleza de la llamada al celibato apostólico. Por otra parte, con el paso del tiempo, deberemos abordar la dificultad del relevo de los mayores, laicos y sacerdotes. Esto hará necesario buscar en cada región nuevos modos de seguir cumpliendo nuestra misión. Esta situación requerirá –como se ha señalado de forma unánime en las Asambleas regionales– un enfoque prioritario en la labor apostólica con jóvenes y un genuino protagonismo de los supernumerarios: seguir mejorando su formación para que todos estemos en primera línea en este apostolado capilar, abiertos en abanico.
Han pasado casi cinco años desde aquel primer mensaje que os dirigí sobre el Centenario, y nos vamos acercando a la celebración. De acuerdo con la Asesoría Central y el Consejo General, os propongo prepararnos espiritualmente para ese momento meditando el ejemplo de los primeros cristianos: hombres y mujeres de toda condición y origen que dieron testimonio de la fe en Jesucristo hasta transformar la sociedad. Nuestro Padre recordaba que «si se quiere buscar alguna comparación, la manera más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección a la que estaban llamados por el hecho, sencillo y sublime, del Bautismo. No se distinguían exteriormente de los demás ciudadanos» (Conversaciones, n. 24).
Con este telón de fondo, desearía que en los próximos años considerásemos con mayor profundidad algunos aspectos centrales del espíritu del Opus Dei, que san Josemaría sintetizó en frases y expresiones que conocemos y que constituyen para nosotros un don y una tarea. El 19 de febrero pasado, en un encuentro con sacerdotes, León XIV resaltaba las palabras de Jesús a la mujer samaritana: «Si conocieras el don de Dios» (Jn 4,10). Y comentaba el Papa: «El don, como sabemos, es también una invitación a vivir una responsabilidad creativa (...). Con nuestra creatividad y nuestros carismas, estamos llamados a colaborar con la obra de Dios. En este sentido, son iluminadoras las palabras que el Apóstol Pablo dirige a Timoteo: “Te recuerdo que reavives el don de Dios que está en ti” (2Tim 1,6)».
Reavivar el don de Dios es lo que deseamos hacer especialmente en estos próximos años. Concretamente, entre el 2 de octubre de 2026 y el 2 de octubre de 2027 sugiero profundizar en la idea de ser contemplativos en medio del mundo, con la que nuestro Padre condensaba muchos elementos del espíritu del Opus Dei: la filiación divina, la Misa como centro y raíz de nuestra existencia, el valor de la vida ordinaria y la belleza de descubrir ese «algo divino» escondido en las realidades más comunes del trabajo, la familia y la vida ciudadana.
En el siguiente año, hasta el comienzo del Centenario el 2 de octubre de 2028, desearía que tuviéramos más presentes las enseñanzas de san Josemaría sobre la amistad y la confidencia, siendo cada una y cada uno para los demás «Cristo que pasa», y descubriéndolo también en los demás. En nuestra vocación, la amistad es el lugar privilegiado de evangelización, pues en los lazos de amistad compartimos el evangelio de corazón a corazón.
Finalmente, del 2 de octubre de 2028 al 14 de febrero de 2030 os invito a meditar sobre el trabajo, desde la secularidad, partiendo del pensamiento de san Josemaría: «Santificar el trabajo, santificarnos con el trabajo, santificar a los demás con el trabajo», inspirando la transformación del mundo según el corazón de Jesús. El mensaje de san Josemaría sobre el trabajo adquiere un valor particular cuando la idea misma de trabajo como lugar de santificación está cuestionada, y a la vista de los cambios tecnológicos y culturales, que influyen decisivamente sobre las personas. En este contexto, con la gracia de Dios y nuestro ejemplo, a pesar de nuestras limitaciones y defectos personales, muchos encontrarán a Cristo en sus vidas, llenándolas de sentido.
Durante los próximos años, nos prepararemos espiritualmente considerando estas tres enseñanzas centrales de san Josemaría, con el deseo de servir mejor a las personas que nos rodean, a la Iglesia y a la sociedad entera. Nuestro Padre veía a sus hijas e hijos como «sembradores de paz y de alegría». Deseamos hacer realidad ese sueño.
Continuemos rezando por estas intenciones, en sintonía con la exhortación perenne de nuestro Padre: «Desde el comienzo de nuestra Obra, no me he cansado de enseñar lo mismo: la única arma que poseemos es la oración, rezar de día y de noche. Y ahora os vuelvo a repetir lo mismo: ¡rezad!, ¡rezad!, que hace mucha falta» (Carta 28-III-1973, n. 5).
La vida de san José se centró en contemplar, amar y cuidar a Jesús y María, desde su condición de padre de familia y trabajador en Galilea. Le pedimos que nos acompañe en este camino hacia el Centenario.
Como es natural, también en este contexto, unámonos sinceramente a la oración del Santo Padre por la paz en el mundo, atravesado por tanta guerra y destrucción en numerosos países y pueblos, y procuremos ser en nuestro ambiente instrumentos de paz. Que Jesucristo, Príncipe de la Paz, se apiade de este mundo nuestro, que su gracia consuele a los que sufren y que transforme el odio de muchos corazones en sentimientos de amor y de perdón.
Con todo cariño, os bendice
vuestro Padre

Roma, 19 de marzo de 2026
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