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Cuando santa Teresa de Lisieux tenía trece años, escuchó sin querer a su padre decir algo crítico sobre ella al volver a casa de la Misa de Nochebuena. Era la pequeña de la familia y propensa a continuos arrebatos emocionales, echándose a llorar por cualquier cosa. 

Su hermana Celina le dijo que no bajara de inmediato para no llorar delante de su padre a causa del comentario, pero algo había cambiado en el interior de Teresa. Bajó y estaba tan alegre como si no hubiera oído nada. «Celina creyó que estaba soñando», dice en su autobiografía (lo cual dice mucho sobre cómo habían sido las cosas antes), «pero, felizmente, era una realidad: la pequeña Teresa había recuperado, de una vez para siempre, la fortaleza de espíritu que había perdido a los cuatro años y medio» (Historia de un alma, capítulo 5).

Fue una gracia especial, pero ella siguió creciendo y trabajando en ello toda su vida. Más adelante en su autobiografía, cuenta la historia de una monja que siempre le resultaba irritante. Sabiendo que su irritación no tenía sentido y que el amor se construye sobre algo más sólido que los sentimientos, se propuso rezar más, sonreír más y encontrar maneras de servir a esa hermana, hasta el punto de que un día esta la detuvo para preguntarle por qué la quería tanto (Historia de un alma, capítulo 9). Es una historia de fortaleza y flexibilidad, de alguien que luchó por templar sus tormentosas reacciones.

La palabra «templanza» puede evocar la imagen de una espada bien forjada. Un habilidoso espadero templa la espada sometiéndola a una llama muy intensa y observando con atención cómo cambia el color del metal. Su objetivo es lograr un filo duro y afilado a la vez que ablanda el núcleo de la hoja, para que pueda doblarse cuando sea necesario sin perder nada de su resistencia. 

La templanza nos convierte en personas que se aferran a lo que importa y sueltan lo que no importa. Es la armonía y la fortaleza que nos protege de quebrarnos en una crisis.

El aire era diferente  donde estaban mis amigos. Allí se podía oler la alegría.
Jacques Lusseyran

Ese tipo de equilibrio requiere esfuerzo. Es fácil irse a los extremos, recalentar el núcleo de la espada o no calentar suficientemente el filo, y todos tenemos nuestras debilidades personales. El ejemplo clásico de la templanza es la moderación en la comida y la bebida, y quizás es el más fácil de reconocer: un trozo de tarta es agradable, pero comerse una tarta entera de una sola vez te pone literalmente malo. Hay muchos otros extremos, como la ira (perder los nervios), las cosas materiales (acumular objetos o quedarte con algo que otra persona necesita) y los planes (ignorar los cambios de última hora o las peticiones de ayuda).

Hay otro extremo en el que la mayoría caemos: el sonido. La música es algo magnífico, pero puede convertirse en una muleta si, por ejemplo, tu reacción ante la tristeza es siempre ahondar en ese sentimiento poniendo música triste. ¿Eres capaz de sentir tus emociones sin dejarte llevar por la música? ¿Te da miedo a veces el silencio, con los pensamientos o las oraciones que afloran en él?

Bien. Probablemente todos sabemos hacia qué extremos tendemos. ¿Qué haces cuando descubres un hábito que te vuelve demasiado rígido o demasiado voluble? Usando la analogía de la espada por última vez, la «rigidez» podría venir de recalentar el núcleo mediante la ira, la inflexibilidad con los planes o el apego a las cosas, mientras que la «volatilidad» significaría no calentar suficientemente la hoja con demasiada comida, bebida o ruido.

Retemplar implica encontrar maneras de subir o bajar el calor, de volver desde el extremo. San Josemaría recomendaba tomar una cucharada más del plato que menos te gusta en la cena, y una cucharada menos del que más te gusta. Puedes establecer un retraso de tres segundos en tu aplicación de música para saber que estás eligiendo abrirla conscientemente, y no simplemente dejándote arrastrar por el hábito.

La templanza no consiste siempre en corregir algo que ha ido mal: puedes aferrarte intencionadamente con más fuerza a las cosas que más importan y soltar las que no importan. Y lo que más importa es el amor de Dios. Puedes soltar casi cualquier cosa cuando te aferras a Él.

Poco a poco, esto nos convierte en personas como las que Jacques Lusseyran describe trabajando junto a él en la Resistencia francesa: «No tenía un solo amigo que tuviera algo que perder. Habían renunciado literalmente a todo, excepto a la vida. Como resultado, no había en ellos ni rastro de frivolidad, ninguna de esas pequeñas distracciones… Doy mi palabra de honor de que el aire era diferente donde estaban mis amigos. Allí se podía oler la alegría» (And There Was Light, traducción de Elizabeth Cameron, Parabola Books, 1991, pp. 236 y 238).

En resumen: 

  • Definición: la templanza es la armonía y la fortaleza que nos ayuda a aferrarnos a lo que importa y a soltar lo que no importa, y nos impide quebrarnos en una crisis.
  • Santos jóvenes: santa Teresa tenía trece años cuando Dios le concedió una gracia especial para afrontar con paz los arrebatos emocionales. Siguió trabajando en ello toda su vida, y cuando conoció a una monja con la que no se llevaba bien, la trató con tanta amabilidad y sonrisas que la hermana creyó que era una de las preferidas de Teresa. 
  • Libros y películas: en *And There Was Light*, Jacques Lusseyran describe a unos amigos de la Resistencia francesa que habían soltado completamente todo salvo su misión, y dice que la gente podía «oler» la alegría a su alrededor. 
  • De san Josemaría: «Nos encontramos capaces de atender a las necesidades de los demás, de compartir lo que es nuestro con todos, de consagrar nuestras energías a grandes causas. La templanza hace al alma sobria, modesta, comprensiva... La templanza no implica estrechez, sino grandeza de alma» (Amigos de Dios, n. 84). Más aquí

Consejos prácticos: 

  • Sonríe, sirve y reza por las personas con las que te resulta difícil llevarte bien, porque el amor se construye sobre algo más sólido que los sentimientos. 
  • Reflexiona sobre los extremos a los que llegas en tu propia vida —en la comida y la bebida, la ira, el acaparamiento de cosas o la inflexibilidad ante los cambios de planes— y busca pequeñas maneras de soltar lo que no es esencial. 
  • Reserva tiempo para el silencio y practica escuchar la voz de Dios y tus propios pensamientos sin música de fondo de vez en cuando.