«Una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado». Con estas palabras, el papa León XIV expresaba en la Misa de inicio de su ministerio petrino un deseo que, en muchos sentidos, está marcando el horizonte de su pontificado.
Ocho meses después, le hemos visto cerrar la Puerta Santa y concluir el Jubileo de la Esperanza. En ese intervalo de tiempo, la unidad se va revelando como lo que verdaderamente es: no un concepto abstracto, sino una nota constitutiva de la Iglesia, de la sociedad y del propio ser humano; y, por tanto, aquello que mantiene abierta la puerta de la esperanza.
Este artículo resume una clase de Mons. Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei, en diálogo con estudiantes de teología y filosofía de distintos países que viven en Roma. A partir de las preguntas —situadas en su experiencia real— se despliega una reflexión concreta sobre la unidad en cuanto don recibido, tarea compartida y —utilizando una expresión de san Josemaría— como pasión dominante.
A continuación, la introducción de la clase, seguido del intercambio de preguntas y respuestas
Introducción del Prelado, mons. Fernando Ocáriz
La unidad de la Obra es, en lo fundamental, una participación de la unidad de la Iglesia. San Josemaría recordaba con frecuencia que la Obra es una pequeña parte —una “partecica”— de la Iglesia. De esto se desprende que los elementos que constituyen la unidad de la Obra son, en esencia, los mismos que sostienen la unidad eclesial.
La unidad es una de las notas fundamentales de la Iglesia, junto con la catolicidad, la santidad y la apostolicidad. Es, además, una de las más explícitamente expresadas en el Evangelio, cuando el mismo Señor, al hablar de sus discípulos, pide: «Que todos sean uno como tú, Padre, en mí y yo en ti»[1]. Esta oración nos ofrece una clave muy profunda para comprender la unidad cristiana.
![La unidad de la Obra es, en lo fundamental, una participación de la unidad de la Iglesia. [...] La Obra tiene una espiritualidad determinada y, en la medida en que todos participamos de ese espíritu, se da una unidad profunda.](http://images.opusdei.net/?url=https://s3-eu-west-1.amazonaws.com/images-opus-dei/editor/2026/1/420260122120018177329.jpg&w=600&output=jpg&il&bg=white)
En efecto, la sustancia última de la unidad de la Iglesia —y, por tanto, también de la unidad de los discípulos de Jesucristo— es una participación en la misma unidad de Dios, que, en la medida en que limitadamente podemos conocer el misterio de la Trinidad, vemos de modo particular en el Espíritu Santo, porque lo que une es el amor, y el Espíritu Santo es el amor.
Por eso, también los elementos más humanos de la unidad de la Iglesia —y de la Obra— alcanzan su verdadero valor cuando están informados por la caridad. No se trata de verlos solo como elementos organizativos, aunque lo sean también, sino de reconocer que su valor más profundo está en ser expresión del amor que une.
Desde esta perspectiva, la unidad de la Obra, como parte de la Iglesia, puede considerarse bajo tres dimensiones, siguiendo una distinción que utilizó en alguna ocasión el entonces profesor Joseph Ratzinger al hablar de la Iglesia: lo que la Iglesia es visiblemente, lo que es constitutivamente y lo que es operativamente.
En primer lugar, la Iglesia es visible. ¿Qué significa esto? Que es un pueblo, un conjunto de personas humanas, con una característica singular: es un pueblo formado por muchos pueblos. La Primera Carta de San Pedro lo expresa con una fórmula muy significativa al hablar de la Iglesia como populus adquisitionis[2], un pueblo que Dios se ha adquirido.
Desde Pentecostés, la Iglesia universal es un conjunto: es la realidad visible de un pueblo visible, que es pequeño en sus comienzos, pero llamado desde el inicio a la universalidad. Y lo que da unidad visible a este pueblo, humanamente formado por pueblos tan diversos, son principalmente tres elementos: la común profesión de fe, la vida sacramental y la existencia de una cabeza común, el Romano Pontífice. Una misma fe profesada externamente, una misma vida sacramental —con sus diferentes ritos y liturgias— y un mismo principio de gobierno universal, son los elementos visibles que hacen posible la unidad de pueblos y culturas tan distintas.
El otro aspecto comentado por Ratzinger acerca de la Iglesia es aquello que es constitutivamente. Aquí entramos en el corazón del misterio. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. San Josemaría lo recordaba con fuerza al decir que la Iglesia es «Cristo presente entre nosotros»[3].
Esta es la realidad más profunda de la Iglesia, la que da sentido y eficacia a todo lo visible. No se trata solo de que Cristo esté presente dando fuerza desde dentro, sino de que la Iglesia, como conjunto, es verdaderamente un Cuerpo. El Cuerpo Místico no es una metáfora: es una realidad espiritual, una unión verdadera de todos los miembros con Jesucristo. Eso es la Iglesia constitutivamente.
En este contexto, Joseph Ratzinger ofrecía una definición muy conocida y muy sintética: la Iglesia es el pueblo que vive del Cuerpo de Cristo —se refiere a la Eucaristía—; vive del Cuerpo de Cristo y se hace el mismo Cuerpo de Cristo en la celebración de la Eucaristía. Vive del Cuerpo de Cristo en la Eucaristía y se hace Cuerpo de Cristo en la Eucaristía.
Pasamos a ver la tercera dimensión desde la que podemos considerar la unidad de la Iglesia. Si la primera hacía referencia a que la Iglesia es, de manera visible, un pueblo formado por personas; y la segunda a que, en su realidad más profunda, es el Cuerpo de Cristo; la tercera expresa que la Iglesia, en su acción en el mundo, es el sacramento universal de salvación[4]. Es decir, la fuerza santificadora de la Iglesia se despliega en la predicación del Evangelio y en los sacramentos, especialmente al llevar a las personas a la confesión y a la Eucaristía y, en consecuencia, a despertar en ellas el afán apostólico.
La unidad de la Iglesia —y, en ella, la unidad de la Obra— es, en definitiva, un don de Dios. Es profundamente sobrenatural, aunque tenga también expresiones humanas y organizativas. Y es un don que se entrega a todos; por eso mismo, es también responsabilidad de todos cuidarla.
Preguntas
- La unidad como don personal
- Ser instrumentos de unidad en un mundo culturalmente diverso
- Sanar heridas y reconstruir la confianza
- Vivir la unidad interior en contextos sin referentes sólidos
- La colegialidad como riqueza
- Libertad de expresión y cuidado de la unidad
Si la unidad es un don que pertenece a toda la Iglesia, ¿qué hay en el espíritu del Opus Dei que hace que se viva y se cuide como una de sus pasiones dominantes?
La unidad que se vive en la Obra es, esencialmente, la misma unidad de la Iglesia, como sucede en cualquier otra realidad eclesial. Pero, lógicamente, en la Obra hay aspectos propios del espíritu que configuran su modo de ser.
El punto fundamental es la unidad de espíritu. La Obra tiene una espiritualidad determinada y, en la medida en que todos participamos de ese espíritu, se da una unidad profunda. No se trata de uniformidad, sino de un modo común de pensar y de vivir según ese espíritu, con una gran libertad en todo lo opinable. San Josemaría hablaba de un denominador común pequeño —el espíritu del Opus Dei—, con un numerador amplísimo. La unidad la da ese denominador común.
Ese espíritu «es viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo»[5]. Por tanto, no hay que pensar que en la Obra haya algo completamente distinto de lo que es común a la Iglesia. Se trata más bien de modos propios de vivir realidades que pertenecen a la esencia misma del cristianismo.
¿Cuáles son estos aspectos? Si nos detenemos en algunos puntos centrales del espíritu de la Obra, podemos empezar por el centro y la raíz de la vida espiritual: la Eucaristía. Es el centro de toda la Iglesia, pero en la Obra se vive con una conciencia muy clara de su importancia y con una exigencia vital de fidelidad diaria: participar en la Santa Misa, ser almas de Eucaristía, procurar incluso —como dice san Josemaría— que «nuestros pensamientos»[6] estén muy centrados en la Eucaristía.
Si la Eucaristía es el centro y la raíz, el fundamento del espíritu del Opus Dei es el sentido de la filiación divina. Es algo común a todos los cristianos, sin duda, pero en la Obra ocupa un lugar especialmente central como fundamento de la vida espiritual: vivir nuestras prácticas de piedad, el trabajo y la vida cotidiana desde esa conciencia de hijos de Dios.
Junto a esto está el quicio del espíritu del Opus Dei: la santificación del trabajo. Todos estamos llamados a santificarnos, y a anunciar a muchos la posibilidad de santificar su trabajo. Pero en la Obra este aspecto es algo muy propio y muy central: es el punto alrededor del cual gira el empeño de santificación y de apostolado.
Así, con todos los elementos comunes de la unidad de la Iglesia, en la Obra hay estos rasgos propios que nos hacen uno en la medida en que vivimos un mismo espíritu: Eucaristía como centro y raíz, filiación divina como fundamento y santificación del trabajo como quicio.
Padre, si la unidad es un don de Dios que pedimos para toda la Iglesia y para la Obra, ¿podemos pedirla también como un don personal, para cada uno?
Sí, claro. La unidad es un don de Dios para cada persona, precisamente al aumentar en nosotros el deseo de unidad y luego, con su gracia, recibir la fuerza para ser elementos de unidad por la caridad y el cariño.
Por tanto, la unidad es una condición de eficacia a todos los niveles. San Josemaría lo expresaba con especial claridad en una de sus cartas del año 1931:«Dios cuenta con nuestras flaquezas, con nuestra debilidad y con la debilidad de los demás. Pero cuenta también con la fortaleza de todos, si la caridad nos une»[7]. La unidad da fortaleza, si la caridad nos une. Y lo que une de verdad es el cariño.
Aquí conviene distinguir el cariño del puro sentimiento. El verdadero cariño, el verdadero amor, se manifiesta sobre todo en las obras: en la entrega, en la dedicación, en el interés por los demás. Muchas veces ese amor va acompañado de un afecto sensible; otras veces no. Pero cuando hay amor verdadero, hay unidad.
![La unidad de la Iglesia —y, en ella, la unidad de la Obra— es, en definitiva, un don de Dios […] y es un don que se entrega a todos; por eso mismo, es también responsabilidad de todos cuidarla.](http://images.opusdei.net/?url=https://s3-eu-west-1.amazonaws.com/images-opus-dei/editor/2026/1/520260122120401030239.jpg&w=600&output=jpg&il&bg=white)
En el fondo, lo personal tiene mucho que ver con la unidad. Es también fuente de afán apostólico, porque nos lleva a vivir la misión apostólica de los demás como propia. Eso anima y da impulso, incluso cuando la propia actividad es más limitada o tiene menos campo de acción. Lo que hacen los demás es también nuestro, y esa conciencia genera fuerza y fecundidad.
La Obra se acerca a su primer centenario y su mensaje ha llegado a personas de distintas generaciones, culturas y lugares del mundo. ¿Cómo podemos ser hoy instrumentos de unidad, asumiendo esa responsabilidad en medio de los cambios culturales y de las circunstancias de nuestro tiempo?
Por una parte, podemos meditar con frecuencia sobre la unidad y pedirla de verdad al Señor, para que nos dé luces concretas para saber cómo vivirla allí donde cada uno esté.
Luego, hay muchos elementos que ayudan, pero uno muy importante es comprender que la unidad de la Obra es la unidad propia de una familia. No se puede hablar ni entender la unidad de la Obra sin pensar en la unidad de la familia. Es algo muy propio y muy esencial de su espíritu.
Una unidad que se manifiesta siempre como una unión directa con nuestro santo fundador. San Josemaría sigue siendo nuestro Padre desde el cielo, a través de sus escritos, con su espíritu, con lo que nos ha dejado como herencia y con lo que conocemos de su vida. Parte de la responsabilidad personal en el cuidado de la unidad consiste también en ayudar, allí donde estemos, a que la figura de nuestro Padre esté viva: recurriendo a su intercesión en las distintas necesidades, manteniendo presente su recuerdo y tratando de actuar según su mente. Es aquello que el Papa San Pablo VI dijo al Beato Álvaro del Portillo: «cuando tenga que hacer algo, piense cómo lo haría el fundador». Don Álvaro lo agradeció mucho, le dio mucha alegría, porque él ya lo había hecho así desde el primer momento. La unión con san Josemaría es parte importantísima de la unidad de la Obra.
Junto a todo esto, está también la filiación al Padre, sea quien sea en cada momento: una filiación que da unidad real a toda la Obra, a las dos secciones, siempre apoyada en lo más fundamental, que es la unidad de espíritu.
Padre, a veces los malentendidos o las heridas del pasado pueden convertirse en obstáculos para vivir la unidad. ¿Cómo podemos reconstruir la confianza cuando ha habido dolor o resentimiento?
En estos casos, lo primero es ayudar a las personas a que piensen en la actitud del Señor: Dios quiere infinitamente a cada persona, mucho más de lo que nosotros podemos querer. Volver a esta verdad tan profunda cambia la manera de situarse frente a los demás y nos ayuda, especialmente cuando hay restos de resentimiento o un motivo de disgusto del pasado o del presente, a pensar que a esa persona Dios la quiere infinitamente.
San Pablo lo expresa con fuerza en la Carta a los Efesios, en un texto que conocemos bien: «Os ruego yo, el prisionero por el Señor, que viváis solícitos por conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz, siendo un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como habéis sido llamados a una sola esperanza, la de vuestra vocación»[8]. Aquí aparecen ya aspectos muy concretos: la unidad con el vínculo de la paz.
Dar paz. San Josemaría muchas veces nos animaba a ser sembradores de paz y de alegría. Ya desde muy joven, en sus apuntes íntimos, escribía con asombro: Creo que el Señor ha puesto en mi alma otra característica: la paz, tener la paz y dar la paz.
¿Y qué paz es esta? Jesucristo mismo. Ipse est pax nostra, «Él es nuestra paz»[9]. Por eso, toda la labor de cuidar la unidad es, necesariamente, una labor de unir a Jesucristo. Como dice San Pablo: «Con el vínculo de la paz, siendo un solo cuerpo y un solo Espíritu»[10]. Es el Espíritu Santo —con el don de la caridad— lo que une. La fe une, sin duda, pero más radicalmente, lo que une es el amor, y el Espíritu Santo es el amor infinito de Dios.
Vivimos en un contexto marcado por la desunión y el individualismo, en la sociedad, en la política, en las instituciones e, incluso, en la familia. ¿Cómo vivir la unidad de un modo auténtico, que no sea solo algo externo, sino que nazca de dentro de cada uno, cuando faltan referentes?
San Josemaría hablaba de ser instrumentos de unidad: personas que crean, defiendan y cuiden la unidad. Para vivir esto, el principal referente es siempre Jesucristo.
¿En qué sentido puede ser dominante en nuestra vida la pasión, el deseo, la tendencia a cuidar la unidad? Cuando llega a impregnar los pensamientos y los sentimientos y, por tanto, mueve espontáneamente la manera de vivir. Es entonces cuando lo de los demás pasa a ser también nuestro: su vida interior, su trabajo, su salud, su enfermedad, siempre del modo adecuado en cada caso. Nos interesa rezar por ellos, facilitar su camino, alegrarnos con sus éxitos. Todo lo de los demás es nuestro. Eso es unidad.
La unidad también lleva a sufrir con quien sufre, y se manifiesta de un modo muy concreto en la actitud ante los defectos o las limitaciones de los demás.
Además, cuando domina el deseo de la unidad, surge de manera natural una atención especial a promover lo que une y a evitar —e incluso rechazar, según los casos— aquello que puede convertirse, aunque sea de forma ligera, en un principio de desunión.
Padre, a veces trabajar y decidir juntos puede parecer más lento que hacerlo de manera individual. En la Obra la colegialidad es un modo habitual de trabajar. ¿Cómo podemos comprenderla y vivirla como una riqueza y no como un obstáculo?
Dentro de la organización de la Obra, la colegialidad es un aspecto muy importante de la unidad: se debe vivir a todos los niveles, tanto en el gobierno como en las labores apostólicas. Es una gran medida de prudencia, porque evita que alguien mande solo sin contar con el parecer de otros. San Josemaría la estableció —con luz de Dios— desde el principio y la quiso así en toda la Obra.
Lo ha recordado con mucha fuerza en una ocasión en una de sus cartas. «Os he repetido —es un texto que conocéis ya— en innumerables circunstancias, y lo repetiré mucho más a lo largo de mi vida, que exijo en la Obra, en todos los niveles, un gobierno colegial para que no se caiga en la tiranía»[11].
Existe el riesgo de caer en estilos de trabajo unilaterales simplemente por la prisa: pensar que es urgente y que no hace falta esperar a los demás y contar con su opinión. San Josemaría solía decir que las cosas urgentes pueden esperar, y las muy urgentes deben esperar. No para perder tiempo, sino para estudiarlas como está previsto. Este modo de proceder es una garantía de eficacia y también de tranquilidad.
Decidir solo puede incluso generar inquietud, sobre todo cuando los asuntos son complejos. En cambio, contar con las aportaciones de otras personas ayuda a ver mejor. Esto vale también cuando alguien tiene más experiencia o sabe más sobre un tema concreto. La experiencia demuestra que una persona que sabe menos puede aportar una luz, una solución o un matiz que a otra se le había escapado.
Por eso, aunque la colegialidad exija más tiempo, vale la pena. Es un precio que merece ser pagado, porque lo que se consigue tiene un valor muy grande. No es solo un sistema para hacer las cosas, sino sobre todo un espíritu: la convicción de que todos necesitamos las luces de los demás. Y esto se debe vivir a todos los niveles.
Hay una inquietud que me surge a menudo: a veces podemos no sentirnos seguros de decir lo que pensamos por miedo a no estar de acuerdo o a generar división. ¿Cómo encontrar el equilibrio entre la libertad de expresar el propio parecer y el cuidado de la unidad, sabiendo que no siempre estaremos de acuerdo en todo?
Otro aspecto de esta pasión dominante por la unidad lleva necesariamente a valorar la diversidad. Puede parecer contradictorio, pero no lo es. La unidad no consiste en pensar todos igual, sino en querer a los demás como son y encontrar allí puntos de unión. En ese sentido, la comprensión va unida a lo que ya se ha dicho antes: todo lo de los demás es también nuestro. Y eso ayuda a evitar el espíritu crítico.
Para vivir así, lo primero es proponérselo conscientemente: entender que una parte importante de la unidad es aceptar las opiniones de los demás. Pero eso va unido también a no tener miedo de decir lo que uno piensa. Siempre con prudencia, claro. No se trata de decir cualquier cosa, en cualquier momento o de cualquier manera. Pero en los espacios adecuados —por ejemplo, en una reunión o en una conversación— es bueno expresar el propio parecer, incluso cuando uno piensa que será la minoría. No se trata de imponer las propias ideas, sino de decir con sencillez lo que en conciencia se piensa. Eso, lejos de romper la unidad, construye puentes hacia ella.
![Otro aspecto de esta pasión dominante por la unidad lleva necesariamente a valorar la diversidad[…]. La unidad no consiste en pensar todos igual, sino en querer a los demás como son y encontrar allí puntos de unión.](http://images.opusdei.net/?url=https://s3-eu-west-1.amazonaws.com/images-opus-dei/editor/2026/1/620260122120544717359.jpg&w=600&output=jpg&il&bg=white)
Recuerdo que hace años, cuando fui nombrado consultor en la Congregación para la Doctrina de la Fe, visité al filósofo Cornelio Fabro —lo veía con cierta frecuencia—, que también había sido muchos años consultor. Me dijo con énfasis: Un solo consejo le doy con mi experiencia:en las reuniones diga siempre lo que piensa, aunque vea que todos los demás piensan lo contrario. Siempre haga eso. Pues, os dejo el mismo consejo.
Además, cuidar la unidad pasa, de un modo muy directo y visible, por cuidar la fraternidad cristiana. Esto implica el empeño constante por unir, evitar hacer grupos dentro de la Obra, tratar a todos por igual y fomentar el interés sincero por la vida de los demás. A san Josemaría le ilusionaba mucho esta actitud de personas que unen.
No debemos extrañarnos de las diversidades de caracteres, de aficiones, ni de las dificultades de conexión humana que surjan por esa diferencia de caracteres. Decía san Josemaría en una de sus cartas: «Habéis de practicar también constantemente una fraternidad que esté por encima de toda simpatía o antipatía natural, amándoos unos a otros como verdaderos hermanos, con el trato y la comprensión propios de quienes forman una familia bien unida»[12]. Son palabras bonitas y exigentes a la vez, y está en nuestras manos vivirlas y transmitirlas.
Quisiera recordar, para terminar, un texto que conocemos bien, pero que siempre da mucho para meditar. Es de una carta de san Josemaría, escrita en 1957: «En el sagrario del oratorio del Consejo General he hecho poner estas palabras: Consummati in unum. Todos con Jesucristo somos una sola cosa. Que, metidos en la fragua de Dios, conservemos siempre esta maravillosa unidad de cerebro, de voluntad, de corazón. Y que nuestra Madre, por la que nos llegan a los hombres todas las gracias, canal espléndido y fecundo, nos dé con la unidad la claridad, la caridad y la fortaleza».
Este no es solo un final de discurso piadoso. Es una conclusión piadosa, sí, pero profundamente lógica. Nos lleva de modo natural a rezar por la unidad. De hecho, rezamos por ella todos los días. Y conviene hacerlo con un alma agradecida y optimista, porque rezamos por algo que ya existe: para que se mantenga, para que sepamos cuidarla y para dar gracias a Dios por la unidad de la Obra, que es un don muy grande.
Quizá estamos tan acostumbrados a la unidad que corremos el riesgo de no apreciarla suficientemente. Por eso merece la pena pedir la gracia de valorarla más, de agradecerla más y de cuidarla mejor: no como una idea abstracta, sino en gestos, decisiones y actitudes reales, donde la unidad se convierte en una verdadera pasión.
[1] Jn 17,21.
[2] 1 Pe 2,9.
[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 131.
[4] Sobre esta triple dimensión de la Iglesia, cfr. Lumen Gentium.
[5] San Josemaría, Cartas (II), Carta 6, n. 31.
[6] San Josemaría, Forja, nn. 268 y 835; Es Cristo que pasa, sobre la Eucaristía.
[7] San Josemaría, Cartas (I), Carta 2, n. 56.
[8] Ef 4,1-4.
[9] Ef 2,14.
[10] Ef 4,3-4.
[11] San Josemaría, Carta 24-XII-1951, n. 5.
[12] San Josemaría, Cartas (I), carta n. 2.

