Un hombre de esperanza

Genara Castillo, profesora en la Universidad de Piura publicó en el diario “El Tiempo” de Piura el domingo 21 de junio un artículo sobre san Josemaría Escrivá de Balaguer ante la cercanía de su fiesta litúrgica el próximo 26 de junio.

Opus Dei - Un hombre de esperanza

Sobre la personalidad de San Josemaría Escrivá de Balaguer se ha escrito bastante, y dadas las actuales circunstancias podremos centrarnos en un rasgo suyo, el de ser un hombre de esperanza.

Como sabemos la virtud humana de la esperanza no es la simple pasividad de ver transcurrir el tiempo, esperando que las cosas mejoren pero sin la intervención nuestra; sino que es muy activa y cuando esa esperanza es cristiana se activa más por la gracia divina.

“Con la gracia de Dios, tú has de acometer y realizar lo imposible…porque lo posible lo puede hacer cualquiera”

De ahí que en San Josemaría su esperanza va muy unida a la fe y al amor divino, lo cual le llevó a ver los problemas, las dificultades, el dolor, el sufrimiento, en un horizonte trascendente. Sólo así puede decir: “Con la gracia de Dios, tú has de acometer y realizar lo imposible…porque lo posible lo puede hacer cualquiera”, se entiende: cualquiera que no cuente con la gracia divina.

En ese entrelazarse lo divino con lo humano, San Josemaría nos ofrece el testimonio de una vida muy esperanzada. En ese tejido ordinario del dar y recibir, tratando de hacer la voluntad divina, del coraje para darle a Dios las riendas de la propia vida, es como se despliega la ingente y fecunda actividad de San Josemaría.


Es esa esperanza la que le lleva a Roma hacia el año 1946, a recordar desde el seno de la Iglesia que a partir del bautismo se puede tratar de vivir así, como hijo de Dios en la vida ordinaria, sea uno joven, adulto, sano, enfermo, casado, soltero, etc. Y cuando le dijeron que había llegado con un siglo de anticipación no se resignó pasivamente, sino que explicó una y otra vez, hizo muchas antesalas, etc., viviendo de esperanza.

Valió la pena que hubiera sido fiel a esa misión que le pedía Dios, porque la vida cristiana es el despliegue de la vitalidad del bautismo. Desde ese núcleo se entiende su empuje, su optimismo y en especial su alegría, ya que su vivir era en su máximo despliegue, es la vida movida por el Espíritu, que está más dentro de nosotros que nosotros mismos, como decía San Agustín.

Al lado de esto cualquier programa humano por brillante que sea es poco. En cambio, cuánta riqueza tiene el tratar de poner a Cristo en la cima de todo, en el día a día, con sencillez, en el cumplimiento de los deberes; al hacerlo se incide positivamente en la historia, en la sociedad. Los cristianos pueden hacerlo porque cuentan con la fuerza divina.

Eso es lo que recordaremos este 26 de junio, el cumplimiento pleno de su esperanza en el Cielo, con agradecimiento porque nos ha abierto los caminos divinos de la tierra.