Siervo bueno y fiel

Con motivo del décimo aniversario del fallecimiento de Monseñor Álvaro del Portillo, se publicó un artículo en el diario La Industria, de Chiclayo, con el testimonio de una persona que conoció al primer sucesor de San Josemaría Escrivá.

El 23 de marzo se cumplieron 10 años del tránsito al Cielo de Monseñor Álvaro del Portillo, primer sucesor de San Josemaría Escrivá, como Obispo Prelado del Opus Dei. Llevo días dándole vueltas a la idea de poner por escrito algunos recuerdos, con el deseo de manifestar mi cariño y agradecimiento a don Álvaro.

Lo vi por primera vez el 17 de noviembre de 1969 en Pamplona (España). San Josemaría había llegado a esa ciudad para hacer una visita a la Universidad de Navarra en la que yo estudiaba, y nos avisaron que pasaría por la ermita de la Virgen del Amor Hermoso que preside la universidad, para agradecer a nuestra Madre la reciente erección de la Facultad de Teología.

La explanada de la ermita resultó muy pequeña para el número de personas que coincidimos esperando su llegada. A las seis de la tarde descendió del auto San Josemaría acompañado de don Álvaro. Todos, como era lógico, rodearon y custodiaron a Mons. Escrivá. A mí me sorprendió sobremanera lo discreto que pasó don Álvaro, apretujado y empujado como todos los demás, sin hacerse notar.

He repasado los recuerdos de las veces que tuve la suerte de estar con Monseñor del Portillo, y veo claramente, como música de fondo, que ese pasar inadvertido fue una constante en su vida. En la homilía que pronunció Monseñor Javier Echevarría, actual Obispo Prelado del Opus Dei, en la Basílica de San Eugenio, en Roma, a dos días de su fallecimiento, decía: “A pesar de sus grandísimas cualidades intelectuales y morales, nunca quiso brillar con luz propia, sino que procuró reflejar constantemente la luz del espíritu que Dios ha querido para el Opus Dei”. No puedo dejar de levantar el corazón a Dios en agradecimiento cuando veo cómo se hacen realidad las palabras de la Sagrada Escritura “Dios ha honrado al padre en los hijos” (Eclesiástico, III, 3).

San Josemaría decía que él había tenido que hacer muchas antesalas para que sus hijos no tuvieran que hacerlas. Con qué fidelidad supo don Álvaro aprovechar esas antesalas, haciendo fructificar con creces todo lo que él había sembrado durante casi cincuenta años.

Siervo bueno y fiel. Qué fácil resulta a veces rebajar el verdadero significado de la palabra bondad, incluso se confunde con simpleza. Monseñor Echevarría explicaba “su bondad no fue nunca debilidad o sensiblería y sí fue siempre delicadeza y comprensión. Su fidelidad a la misión recibida nunca fue desconsiderada con nadie. Y esto era así porque tanto su bondad con los demás como su fidelidad tenían sus raíces en la íntima unión con Dios”.

Quiero relatar un detalle más que manifiesta, de alguna manera, el esfuerzo renovado que ponía Monseñor del Portillo en estar cada vez más cerca de Dios. El 11 de marzo de 1993 una persona le preguntó cuáles habían sido sus mayores alegrías en los últimos dieciocho años. Sin pensarlo un momento contestó: “que el Señor me perdone cada semana en la confesión y poder recibirle cada día en la Eucaristía”. Qué claro tenía que “una sola cosa es necesaria”.

Estoy segura de que la erección del Opus Dei en Prelatura Personal, el desarrollo de la Obra en tantos nuevos países, su ordenación episcopal, la beatificación del Fundador, habrían sido para él motivos de inmensa dicha, pero por encima de todo estaba su gran amor a Dios.

El 5 de marzo de este año ha comenzado en Roma su Causa de Canonización. En una entrevista hecha a Monseñor Echevarría, ese día, al término de la ceremonia decía: “Para mí es un motivo de gran alegría esta fecha también porque me parece que, sin anticipar el juicio de la Iglesia, es la conclusión de la vida de este hombre que ha estado siempre al servicio de Dios. No buscaba más que una correspondencia total a la gracia y no se me escapa nunca de la memoria esa jaculatoria que repetía como programa de su vida: Gracias Señor, perdón, ayúdame más”.

Gracias, don Álvaro, porque nos has enseñado con obras y de verdad, cómo hacer vida la fórmula de canonización que utiliza el Señor en el Evangelio: “Bien, siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho, entra en el gozo de tu Señor”.