El Centenario del Opus Dei es un tiempo de preparación espiritual que nos invita a renovar la mirada sobre nuestra propia vocación personal y a recordar que todos los cristianos estamos llamados a la santidad en medio de nuestra vida cotidiana.
“Camino al Centenario: ¿Cómo encontrarme con Dios en medio del mundo?”.
Con este espíritu, el 30 de septiembre, un grupo de supernumerarias, cooperadoras y amigas del centro Nogales de Lima, nos reunimos para vivir una convivencia a la cual denominamos: “Camino al Centenario: ¿Cómo encontrarme con Dios en medio del mundo?”.
Queríamos ponernos en “Modo Centenario”: agradecer a Dios por san Josemaría y por todo lo recibido y, desde esa gratitud, mirar hacia adelante con ilusión y responsabilidad. Nos acompañaba una frase del fundador del Opus Dei que expresaba muy bien lo que queríamos vivir: «Todo está hecho y todo está por hacer».
100 años de gratitud
Al llegar al centro Nogales, nos esperaba un gran panel: “100 años de gratitud”. Cada una podía detenerse unos minutos y escribir en un post un breve agradecimiento a Dios por la manera en que la Obra ha tocado nuestra vida. Poco a poco se fue llenando de mensajes de agradecimiento por la vocación, la formación recibida, el acompañamiento espiritual, las amistades encontradas y el haber aprendido a descubrir a Dios en medio de la vida ordinaria.
Charo resumió su agradecimiento con pocas palabras: “Gracias al Opus Dei. Camino al cielo”. Jessie, por su parte, escribió una frase que después cobraría todavía más sentido durante la convivencia: “En la Obra aprendí que no necesito una vida diferente para vivir de manera extraordinaria mi camino a la santificación”.
Contemplar aquel panel nos ayudó a descubrir algo importante: antes de preguntarnos qué queremos hacer hacia el Centenario, necesitábamos detenernos y agradecer todo lo que Dios ya ha hecho en nuestras vidas
Contemplar aquel panel nos ayudó a descubrir algo importante: antes de preguntarnos qué queremos hacer hacia el Centenario, necesitábamos detenernos y agradecer todo lo que Dios ya ha hecho en nuestras vidas utilizando como cauce la vocación a la Obra en el caso de las supernumerarias, o la amistad, para quienes son cooperadoras.
Recibimos una historia, un espíritu y un modo de buscar a Dios en medio del mundo que muchas personas han vivido y transmitido antes que nosotras. Ahora nos corresponde continuar esa historia con agradecimiento, esperanza y responsabilidad.
Encontrar a Dios donde ya estamos
El Padre Fernando Ocáriz nos ha propuesto para este primer año del Camino al Centenario profundizar en lo que significa ser “contemplativos en medio del mundo”.
Para ayudarnos, tomamos como punto de partida el texto de la web del Opus Dei “Cinco pasos para santificar la vida cotidiana”. Pero la verdadera riqueza apareció cuando esas ideas comenzaron a encontrarse con las circunstancias concretas de cada una.
Fuimos descubriendo juntas que no necesitamos esperar circunstancias ideales para encontrar a Dios: nuestra realidad presente es precisamente el lugar donde podemos encontrarlo y santificarnos.
En los grupos hablamos de la familia, el trabajo, los hijos, las amistades, nuestras responsabilidades y esas pequeñas tareas de cada día. Fuimos descubriendo juntas que no necesitamos esperar circunstancias ideales para encontrar a Dios: nuestra realidad presente es precisamente el lugar donde podemos encontrarlo y santificarnos.

Preparar los alimentos para nuestra familia, cuidar a los hijos, realizar bien el propio trabajo, escuchar a alguien que lo necesita o afrontar con amor una tarea cotidiana pueden convertirse en ocasiones de encuentro con Dios. Y cuando las cosas no salen bien, siempre podemos comenzar y recomenzar cada día.
También hablamos de unir la fe con la vida diaria. Uno de los grupos reflexionó sobre cómo “materializar la vida espiritual”: vivir la unidad de vida; es decir, procurar que nuestra relación con Dios no vaya por un lado y nuestra vida por otro, unificando nuestros deseos, en una dirección armoniosa en las distintas dimensiones, como por ejemplo: en la familia, el trabajo, las relaciones y todas nuestras actividades.
Durante la convivencia, el trabajo en grupos fue especialmente enriquecedor. Cada una tenía circunstancias distintas y, al conversar, descubrimos cómo las experiencias de unas aportaban luz a las demás y cómo incluso una dificultad cotidiana podía convertirse en una oportunidad concreta para santificarse. Comprobamos que, cuando compartimos lo que Dios nos va haciendo descubrir, la experiencia de cada una puede convertirse también en riqueza para las demás.

Una idea resumió especialmente bien lo que íbamos descubriendo: ese “algo divino” que se esconde en los detalles de la vida corriente y que nos permite encontrar allí a Jesús.
Y ese encuentro con Dios nos lleva también hacia los demás. El apostolado de amistad y confidencia surge así de manera natural: de compartir con quienes tenemos cerca ese amor de Dios que primero hemos procurado descubrir en nuestra propia vida.
Otra frase nos impactó especialmente: “Todo lo que se hace por amor adquiere hermosura y se engrandece”. Al compartir nuestras experiencias surgió una conclusión sencilla, pero profunda: para aprender a hacerlo todo por amor, necesitamos aprender cada día a amar más a Dios. Quizá no necesitamos cambiar lo que hacemos, sino aprender a hacerlo con un amor nuevo.
La alegría y la amistad estuvieron muy presentes durante toda la convivencia. Entre conversaciones y risas, una dinámica de preguntas por equipos nos permitió aprender también jugando. Compartimos y brindamos por el 2 de octubre, por el camino que comenzaba y por las cumpleañeras.
encontrar a Dios en medio del mundo significa descubrirlo en las personas que tenemos al lado, en la amistad, en una conversación y en la alegría compartida
Ese ambiente familiar y festivo también formó parte de la experiencia. Porque encontrar a Dios en medio del mundo significa descubrirlo en las personas que tenemos al lado, en la amistad, en una conversación y en la alegría compartida.
El panel “100 años de gratitud”, prácticamente vacío al comenzar, estaba lleno de mensajes al finalizar. Quizá esa imagen resume mejor que ninguna otra lo que vivimos.
Nos acercamos al Centenario agradecidas por una historia que hemos recibido, pero sin quedarnos mirando hacia atrás. Como hicieron san Josemaría y las primeras generaciones de la Obra, ahora nos corresponde a nosotras hacer vida ese espíritu y transmitirlo a los demás desde nuestras propias circunstancias.

Por eso, al terminar la convivencia, somos más conscientes de que «Todo está hecho y todo está por hacer».Tenemos muchísimo que agradecer y, al mismo tiempo, un camino por delante: descubrir a Dios cada día en nuestra vida ordinaria y ayudar a quienes tenemos cerca a encontrarlo también.

