Fe, periferias y desarrollo en los Andes: la historia no contada del Opus Dei en Yauyos

Entrevista al historiador Santiago Martínez Sánchez sobre su investigación acerca de la Prelatura de Yauyos, encomendada al Opus Dei a mediados del siglo XX luego del Concilio Vaticano II.

En el imaginario colectivo y en numerosos análisis sociológicos, suele asociarse al Opus Dei con una pastoral predominantemente urbana, enfocada en sectores educados y de clases medias o altas. Sin embargo, la realidad histórica de enclaves como la prelatura de Yauyos, en los Andes peruanos, desafía frontalmente este estereotipo.

Para profundizar en este capítulo fundamental de la historia religiosa y social del siglo XX, conversamos con el historiador Santiago Martínez Sánchez, investigador de la Universidad de Navarra (UNAV) y autor de obras clave como Párrocos, obispos y Opus Dei (2025). A lo largo de esta entrevista, Martínez Sánchez analiza cómo la Obra pasó de las grandes capitales a las periferias geográficas y existenciales más duras del Perú, combinando la atención sacramental rigurosa con la promoción humana, la educación técnica y la creación de un clero autóctono en condiciones de extrema pobreza.

En el imaginario colectivo y en no pocos análisis sociológicos se ha repetido con insistencia que el Opus Dei respondía a una pastoral orientada predominantemente hacia los sectores urbanos o educados. Sin embargo, la historia de Yauyos demuestra una inserción radical en zonas campesinas de extrema pobreza, sin vías de comunicación y a gran altitud. Desde el punto de vista histórico y trascendente, ¿cómo se explica esta supuesta aparente contradicción entre la atención a las capitales y el salto a las periferias geográficas y existenciales más duras del Perú?

Al Opus Dei le interesan tanto los estratos urbanos (supuestamente educados y ricos) como los rurales (supuestamente pobres). Es verdad que la Obra aparece en el tiempo y en el espacio en ambientes urbanos: surge en Madrid en 1928, se despliega en los años cuarenta por otras ciudades españolas y, después de la segunda guerra mundial, por las capitales de los países de diversos continentes a los que llega. Esto explica que esos análisis tengan parte de razón.

Sin embargo, se olvida algo que está empezando a estudiarse y que cambia necesariamente ese discurso tan rotundo sobre su naturaleza exclusivamente urbana y supuestamente elitista. Porque desde esas ciudades el Opus Dei se expande por zonas rurales con una intensidad diversa, más o menos fuerte según los países.

El ejemplo de España es claro: entre 1928 y 1950 la Obra mantuvo una presencia solo urbana que, desde los años 50, se extiende por el mundo rural español. He analizado esto con mucho detalle en mi libro Párrocos, obispos y Opus Dei, publicado en 2025. En el Perú ocurrió exactamente lo mismo, salvo que la diferencia cronológica fue mucho menor: a Lima los primeros miembros del Opus Dei llegan en 1953 y a la sierra de Yauyos en 1957.

Durante las décadas de ebullición teológica postconciliar en América Latina, el concepto de la «opción por los pobres» quedó frecuentemente asociado a narrativas de matriz sociopolítica o de lucha de clases. A la luz de los archivos y de la acción pastoral desarrollada en Yauyos, ¿de qué manera los primeros sacerdotes del Opus Dei articularon una respuesta que encarnaba esa misma predilección evangélica, pero desde un paradigma radicalmente distinto, basado en la elevación humana a través del trabajo y la gracia?

El Opus Dei recibió en 1957 el encargo de Pío XII de evangelizar esas gentes de Yauyos y Huarochirí, en los Andes centrales, que era una zona increíblemente pobre. El fundador y sus consejeros conocían plenamente su pobreza, dureza y dificultades. No fue un error o una casualidad ir a aquel mundo andino abandonado. El Opus Dei deseó colaborar ante la urgente necesidad pastoral que presentaba la Iglesia en el Perú, motivada (sobre todo) por la falta de clero, y lo hizo sabiendo lo que había.

Los sacerdotes españoles que llegaron a Yauyos a partir de 1957 compartieron el amor por los pobres que la teología de la liberación de impronta marxista siempre afirmó tener. En su caso, esa predilección se mostró por vivir tan pobremente como ellos, estar en medio de esas comunidades carentes de un mínimo bienestar, llevarles los sacramentos y alivio espiritual, procurar identificarse o comprender su mentalidad y emprender iniciativas de todo orden para desarrollar materialmente aquellas comunidades andinas, sin caer en un activismo cerrado ni excluyente de lo principal, que fue robustecer su fe. Como usted dice, intentaron conciliar gracia y trabajo, sí. Y para mí es un misterio cómo esto lo ignora alegremente tanto sesudo análisis sobre ese –por lo visto– tremendo “elitismo del Opus”.

En un reciente congreso en la PUCP abordó la figura de los dos primeros obispos de Yauyos, Ignacio de Orbegozo y Luis Sánchez-Moreno, destacando perfiles de personalidad muy contrastados —el médico audaz y afectivo frente al jurista metódico y sistemático—. ¿Hasta qué punto esa diversidad de caracteres enriqueció un mismo proyecto eclesial y qué papel jugó esa intensa cercanía con su presbiterio en circunstancias geográficas y humanas tan extremas?

Sí, a mi juicio, ese doble carácter arrollador y organizador fue una suerte –si cabe hablar así– para aquella joven prelatura de Yauyos. Claro está que el primero también organizó y el segundo también fue cercano al clero. Desde luego, el fuerte carisma de Orbegozo y la gran capacidad organizadora de Sánchez-Moreno se complementaron y dieron a su prelatura mayor solidez.

Para Ignacio de Orbegozo fue prioritario cuidar a sus curas desde el principio. Pese a las distancias o la carga pastoral, no les eximía de hacer cada mes un retiro todos juntos. Quiso que no viviesen solos, sino de dos en dos, aunque al principio solo tenía cinco sacerdotes y la tentación de dispersarles era grande. Se reunían obispo y sacerdotes, rezaban, comían y disfrutaban juntos: con ellos jugaba al futbito, cazaba perdices, pescaba truchas, cocinaba y lavaba los platos para ellos. Este estilo lo intentó mantener Luis Sánchez-Moreno, aunque sin rozarse tanto con su presbiterio.

Un clero atendido, cuidado y escuchado por sus obispos es fundamental para la perseverancia de todo sacerdote y, sin duda, lo fue para cuantos vivían en Yauyos en condiciones tan duras. Por lo demás, esa atención prioritaria al clero forma parte de algo más genérico que ambos obispos aprendieron en el Opus Dei, como es el cuidado a cada persona: cuidado sin el cual aquel clero se habría desarmado rápidamente, como ocurrió en otros lugares, pero no ahí.

En Yauyos no se concibió la labor espiritual aislada de la material: construcciones de carreteras, represas, escuelas, junto con iniciativas como Valle Grande o Condoray. Como historiador especializado en el hecho religioso del siglo XX, ¿cómo valora esta simbiosis entre la sacramentalidad y el desarrollo comunitario riguroso frente al riesgo del puro asistencialismo o la secularización de la misión de la Iglesia?

El dualismo que ha enfrentado en la historia de la Iglesia el cuerpo al espíritu, la razón a la voluntad, la gracia al pecado ha conducido habitualmente a callejones sin salida. También en el siglo xx y en el mundo de hoy vemos esta elección unilateral entre materia y espíritu, entre bienestar espiritual y bienestar material.

Sin embargo, las enseñanzas de Jesucristo proclaman a la vez el amor a Dios y al prójimo y parece coherente con ellas esa simbiosis de que usted habla. Con todo, la conversión de la Iglesia en una ONG o excluir de la identidad cristiana el alivio de las necesidades del prójimo son aporías constantes en esta bimilenaria historia. Por eso valoro muy positivamente ese maridaje de espiritualidad y carnalidad, como algo inserto en una tradición bien antigua y fecunda.

Es conocida la preocupación del fundador del Opus Dei por las profundas diferencias sociales en el Perú, apostando con firmeza por la creación de un seminario propio para fomentar un clero nativo y autóctono. Visto con la perspectiva del tiempo, ¿cuán determinante fue esta directriz romana para garantizar el afianzamiento, la pervivencia y la madurez de la Iglesia local en los Andes peruanos?

Ese consejo de Escrivá de Balaguer fue importantísimo y muy sensato. Por lo demás, ese consejo se inserta en la tradición de la Iglesia de constituir seminarios –semilleros– de vocaciones sacerdotales, cuya acción sacramental hace presente a Cristo en el mundo. Y, así, el seminario que arrancó en la prelatura de Yauyos en 1963 dio las primeras ordenaciones de presbíteros en 1978 y, desde entonces, son muchas decenas los que han recibido la ordenación sacerdotal.

Hoy en día, la Iglesia universal sigue enfrentando el reto de la evangelización en contextos de profunda escasez de recursos y transformaciones culturales aceleradas. ¿Qué claves de la experiencia histórica de Yauyos —leída desde nuestro presente— considera que siguen vigentes y pueden servir de inspiración para los pastores y los laicos que hoy afrontan la misión en las fronteras de la geografía y de la fe?

Si lo de la “profunda escasez de recursos” se refiere a recursos “humanos”, en particular a sacerdotes, diría que estos faltan en Europa y América y abundan en las iglesias locales de África y Asia. Aunque en términos globales la Iglesia sigue creciendo, en Occidente envejece y en la América de habla hispana y portuguesa aún permanece increíblemente un poderoso sustrato de religiosidad popular. Sin ninguna duda, los retos a que alude son fortísimos globalmente hablando, pero hay también elementos esperanzadores incluso en contextos muy secularizados, como la gran sed de sentido que sienten tantos hoy día, que ni el sexo, ni el poder, ni las riquezas pueden colmar.

La experiencia de Yauyos aporta dos enseñanzas importantes a mi juicio. La primera es que es fundamental la unidad de los pastores en un territorio y, por eso, es imprescindible que el obispo cuide a sus colaboradores, a su presbiterio, no con palabras sino con gestos que revelen que su cercanía es auténtica. La segunda es que la identidad y la misión del cristiano abraza tanto el encuentro con lo sobrenatural como la promoción humana –en particular de los más necesitados–, siendo por eso la ruptura de esa doble realidad algo opuesto al mensaje de Jesús.

Nota originalmente publicada en Exaudi, agencia de noticias el martes 15 de septiembre de 2026