Fallece Mons. Luis Sánchez-Moreno, arzobispo emérito de Arequipa

El 28 de septiembre falleció Mons. Luis Sánchez-Moreno, arzobispo emérito de Arequipa y primer miembro peruano del Opus Dei. A continuación reproducimos parte de una entrevista publicada el 25 de enero de 2004 en la revista arequipeña Fe y Familia.

Cuando recuerde su servicio como Pastor de Arequipa, ¿cuál será el momento que más satisfacción le va a causar?

Es muy difícil contestar esa pregunta porque son muchas cosas. La satisfacción verdadera está en hacer lo que Dios quiere. Eso es lo que definitiva, total y hondamente nos hace felices. Por eso decir aquello en que yo podía estar más seguro que estaba haciendo lo que Dios quería no es tan fácil. Pero yo traje a Arequipa una preocupación, casi diría obsesionante desde mis primeros años como Obispo en Chiclayo, que es la formación de los futuros sacerdotes.

Explíquenos esa preocupación tan satisfactoria.

Yo venía con esa preocupación que la viví en Chiclayo y también en Cañete. Era mi deseo conseguir sacerdotes –como decía San Josemaría Escrivá– doctos y alegres, profundamente humanos y profundamente sobrenaturales. Por otro lado, también de mis experiencias en el Concilio, había un deseo grande de estar con los sacerdotes y de cuidar de ellos. Se entiende fundamentalmente de los sacerdotes seculares, de los religiosos también, considerando que ellos tienen sus propias disposiciones, sus propios superiores para esta tarea. Este tema ha sido una de las líneas de acción en mi tiempo de trabajo aquí en Arequipa.

¿Y cuáles han sido las demás líneas maestras que han guiado su servicio pastoral a Arequipa durante estos años?

Yo me atrevería a decir que hubo una línea maestra: que me pusiera en las manos del Espíritu Santo. Él era quien tenía que inspirarme. Y yo con cierto derecho porque el Obispo tiene que ser orientado por la acción de Dios. Esa ha sido mi primera actitud fundamental. Y así poco a poco se fueron trazando las demás líneas fundamentales partiendo de lo que dije anteriormente: las vocaciones sacerdotales, la formación de los sacerdotes y el acompañamiento de los sacerdotes.

Además de esas preocupaciones permanentes, ¿qué otras quiso atender primero?

Ha habido otras muchas cosas en las que me ayudó Mons. Mario Busquets, el actual Obispo de Camaná (él colaboró bastante conmigo en Cañete), con su gran capacidad de iniciativas. Una de ellas, por ejemplo, que estaba muy a la mano, era lo del culto, la liturgia.

¿Por qué le parecía importante?

Es una exigencia fundamental dentro de la Iglesia y es un punto de arranque, y de vivencia, para hacer las cosas pastoralmente bien. De allí también nació la preocupación, en primer lugar, por que las misas que yo celebraba –y después, poco a poco, las misas de todos los sacerdotes–, estuvieran muy metidas dentro del espíritu de la liturgia con el cuidado exquisito que la liturgia pide.

Mons. Sánchez-Moreno y Mons. Javier del Río, actual Arzobispo de Arequipa, con la Virgen de Chapi

¿Cuál cree usted que podría ser el momento más significativo de su trabajo como Arzobispo?

Decirlo así tan directamente, sin poderlo pensar, sería muy comprometido. Pero evidentemente uno de esos momentos es el de la Virgen de Chapi. Ya lo sabe mi pueblo. Gracias a Dios he tenido siempre devoción a la Virgen, una devoción que me inculcaron en el Colegio La Salle desde pequeño y que después la pude ir viviendo y agrandando en diferentes circunstancias.

La Virgen de Chapi es realmente una bendición muy grande para Arequipa, ha sido una esperanza para todo lo que teníamos que hacer humana y sobrenaturalmente. Todas las advocaciones son buenas y encantadoras, pero en nuestras circunstancias históricas y en nuestra realidad geográfica es la Virgen de Chapi la que se nos manifiesta mucho más al hilo de nuestras realidades. Por eso lo de la Virgen de Chapi sí fue una cosa para mí decisiva y gratísima.

Pero también ha habido otros momentos.

¿Cuáles?

Uno de ellos ha sido el Jubileo, bajo esa orientación del Papa, que ha consistido un enriquecimiento muy grande, un sacudón muy fuerte a la Iglesia. Y otro ha sido también nunca dejar de seguir al Santo Padre, porque realmente él ha derramado sabiduría, santidad, y un empeño lleno de juventud, que nos ha alentado a hacer la pastoral que teníamos que hacer. Yo creo que estos tres puntos podrían ser las cosas más interesantes que veo ahora.

La Virgen de Chapi marcó especialmente su estilo de trabajo.

La Virgen me permitió también encontrar un nuevo estilo de la visita pastoral que debe hacer el Obispo a sus parroquias. Un estilo más humano, mucho más próximo, mucho más cordial. Por un lado las visitas a los jóvenes y por otro con la imagen de la Virgen que me posibilitaba estar un rato con cada uno de los párrocos, ver su casa parroquial, saber qué es lo que necesitaban.

Un momento muy difícil para la Iglesia en Arequipa, que usted tuvo que afrontar, fue el terremoto del 2001... La Catedral se convirtió en un símbolo muy elocuente.

En un año teníamos reconstruida la Catedral. Eso lo empujó la virgen evidentemente, porque ella consiguió la denodada colaboración del alcalde provincial de ese entonces, una persona que yo estimo mucho y que es respetuosa de lo que es Arequipa, de la tradición arequipeña y que deseaba recomponer las iglesias como cualquier buen arequipeño.

El Dr. Juan Manuel Guillén me llamó poco después del terremoto para conversar en el Municipio sobre la Catedral. Cuando llegúe a la Plaza de Armas y vi a la gente llorando delante de la Catedral destrozada, a mí también me entró un sentimiento muy fuerte dentro, pero pronto se abrieron puertas de esperanza.

Y así se concluyó su reconstrucción. Yo he visto allí las horas de trabajo y el esfuerzo de mucha gente. Estos arequipeños míos, ¡cómo han trabajado! Con qué denuedo, entre las piedras, entre el polvo, de noche, de día. La Virgen estaba detrás.

Para nosotros fue un aliento muy grande la manera cómo se fue reconstruyendo todo. Las familias religiosas colaboraron mucho evidentemente, unos y otros, pues, fueron trabajando con lo suyo.

Mons. Sánchez-Moreno al recibir la medalla del Congreso de la República

Pero no sólo los templos recibieron la ayuda de la Iglesia.

Con el terremoto me sacudió mucho ver a mi gente con sus casas destrozadas. Tuve la oportunidad de estar por uno y por otro lado. Hemos podido hacer todas estas cosas con esa discreción que nos pide el Señor. Como no tenemos ninguna preocupación de resonancias políticas pudimos dedicarnos a los más profundo. Pude visitar los diferentes lugares y me partía el alma ver cómo estaba nuestra gentecita.

Ese sentimiento me ha acompañado y por eso he hablado mucho y con fuerza de nuestra preocupación por los pobres, por la gente que está necesitada. Necesitamos más generosidad, más apertura hacia los otros, hacia el hambre y la necesidad de tanta gente que nos rodea. Por eso al terminar mi ejercicio llevo el deseo de seguir pidiendo al Señor que se rompa más y más el egoísmo que nos puede asfixiar.

¿Cómo le gustaría que todos lo recordemos?

Es una pregunta comprometedora y compleja. Lo que yo desearía es que mi gente vaya tras la santidad. Parece una cosa exagerada, pero es esto lo que el Concilio ha abierto al mundo. Yo he estado en el Concilio y un punto central en él fue la llamada universal a la santidad. Dios llama a todos, al cargador de muelle, al político, al millonario, al policía, a todos nos llama a la santidad con todas sus letras.

La llamada a la santidad es universal y es una llamada importantísima porque llegará el momento, cuando Dios quiera, en que entraremos en la eternidad y si hemos procurado buscar esta santidad seremos felices y gozaremos infinitamente por toda la eternidad. Vale la pena, más que tener posesiones, o dinero, o poder, o fuerza por unos cuantos añitos aquí en la tierra. Vale la pena una cosa más permanente, más profunda que nos implica radicalmente.

  • Por Manuel Ugarte Cornejo