Llegamos al centro cultural Wayrana en la Ciudad Blanca con mucha alegría, ilusión, un mismo corazón y un deseo compartido: formarnos y crecer en nuestra vida interior, estrechar lazos de familia y tomar fuerzas para santificar la vida cotidiana en medio del mundo.
Las participantes llegaron desde distintos puntos: Marcela, Carla y Marisol desde el norte chileno (Iquique y Arica); Edith y Eliana desde el sur peruano (Tacna y Cusco); Jessie y Erika desde la capital, Lima; además de contar con numerosas participantes de la ciudad anfitriona, Arequipa.

Una sola familia, el mismo espíritu
Fueron cuatro días de oración, formación, tertulias, descanso y de saborear la deliciosa comida peruana, donde las fronteras geográficas desaparecieron por completo. Como recordaba Marisol al terminar la convivencia: «En casa nunca ninguna es extranjera; tenemos el mismo espíritu y los mismos recuerdos de familia; luchamos por lo mismo y cantamos a los mismos amores; nos respetamos y nos enriquecemos con las diferencias. Arequipa no fue la excepción, sino que agrandó más el corazón».
Las anfitrionas arequipeñas y la dirección del centro —Marga, Elisa e Isabel a la cabeza, junto con todo el equipo de la Administración— cuidaron hasta el último detalle para que todas nos sintiéramos como en nuestra propia casa.

Luces de formación para la vida diaria
Las meditaciones en el oratorio y la Santa Misa fueron el alimento diario para “alzar la mirada” con humildad y retornar a nuestras ciudades renovadas en nuestra vida espiritual. Desde el primer día, la formación nos invitó a hacer vida la conocida enseñanza de san Josemaría: «Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo», recordando que Dios no nos llama solo a hacer apostolado, sino a ser apóstoles y ser el Opus Dei en medio de nuestras familias y ocupaciones.
A lo largo de la semana, renovamos el sentido profundo de la Misa como centro y raíz de la vida cristiana, aprendiendo a poner en la patena —como le gustaba decir a san Josemaría— nuestras alegrías, el cansancio, el trabajo y hasta las dificultades. Asimismo, profundizamos en la vocación a la santidad en medio del mundo como almas contemplativas: aprendiendo a acoger con desprendimiento los planes de Dios —como el cuidado amoroso de un familiar enfermo o anciano— y recordando las palabras de San Agustín: «Ama y haz lo que quieras», así como aquel testimonio de san Josemaría que nos dejó huella: «No he necesitado aprender a perdonar, porque el Señor me ha enseñado a querer».
En la última mañana, coincidiendo con la festividad de Nuestra Señora de la Merced, la meditación giró en torno a la confianza filial en la Virgen, una Madre que está siempre muy pendiente de lo que necesitamos.
Recordando la jaculatoria que tanto gustaba repetir a san Josemaría —Sancta Maria, filios tuos adiuva (Santa María, ayuda a tus hijos e hijas)—, fuimos invitadas a considerar que si nos resbalamos o caemos, Ella nos acoge, nos levanta con ternura y nos lleva a su Hijo, mirando no nuestras faltas, sino un corazón arrepentido. La consigna para el regreso quedó grabada en todas: «Si quieres ser fiel, sé muy mariano», con el propósito concreto de acudir a nuestra Madre ante cualquier dificultad ordinaria.
Como hermoso broche de oro, el jueves pudimos contemplar la imagen de la Virgen de la Merced regresar de la tradicional procesión por las calles de Arequipa y encomendarnos filialmente a su protección maternal.

Alegría de familia y aire fresco en la Ciudad Blanca
No todo fue estudio y oración; el descanso y la convivencia familiar tuvieron un lugar protagonista. Las tertulias fueron entrañables y muy divertidas: cantamos canciones de casa acompañadas por la guitarra de Verónica, bailamos al ritmo de la música tocada por Tani y escuchamos las cautivadoras e increíbles historias con las que Marga siempre nos deleita. Además, fue un espacio precioso para intercambiar vivencias y experiencias apostólicas de cada una de nuestras ciudades.

Al terminar las actividades de una de las tardes, salimos juntas a caminar por la emblemática Plaza de Armas de Arequipa, disfrutando del paisaje urbano, el clima acogedor y el tradicional queso helado arequipeño.
Esta convivencia ha sido también un impulso para renovar el afán apostólico con la mirada puesta en el centenario de la fundación del Opus Dei. «Como decía san Josemaría: "Lo que se necesita para ser feliz no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado"
Esta convivencia ha sido también un impulso para renovar el afán apostólico con la mirada puesta en el centenario de la fundación del Opus Dei. «Como decía san Josemaría: "Lo que se necesita para ser feliz no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado". Estos días han sido justamente eso: corazones entregados, alegres y con muchas ganas de hacer felices a las demás. ¡Qué regalo haber vivido esta convivencia como Región Pacífico Sur, rumbo al Centenario!», compartió Verónica de Arequipa.

Voces y vivencias en primera persona
Al concluir las jornadas, los mensajes de agradecimiento y las reflexiones expresadas por las participantes reflejan el fruto abundante dejado en las almas:
«Cor unum et anima una» — Marcela (Iquique): «Solo decir que "Cor unum et anima una" –“un solo corazón y una sola alma”– se sintió muy real esta semana. Convivir con mujeres maravillosas con las que comparto la misma vocación es saborear lo que san Josemaría vio aquel 2 de Octubre de 1928... ¡Qué bien y lindo nos queremos en Casa!».
Gratitud y calidez — Jessie (Lima): «Muchas gracias a las organizadoras por esta maravillosa convivencia y a todas las participantes. La atención, los detalles y calidez me hicieron sentir como en casa. Sin duda, una experiencia inolvidable que espero repetir».
Unidad y riqueza compartida — Luzma (Arequipa): «Fue lindo y enriquecedor compartir con hermanas de Chile y Perú, todas son maravillosas. Muy agradecida con la Obra por todo lo aprendido y recibido cada día de nuestra convivencia. Nos enseñan a ser mejores cada vez. Contenta de compartir con hermanas de otros países disfrutando de sus ocurrencias y de sus iniciativas. Tenemos un mismo espíritu que nos une a Dios, a la Virgen y a san Josemaría».
Renovación en cuerpo y alma — Eliana (Cusco): «Regreso a casa renovada en cuerpo y alma. Agradecida infinitamente por cómo nos enseñan y nos cuidan con tanto cariño, cuidando cada detalle. Feliz de conocerlas y compartir la convivencia con ustedes. Las llevo siempre en el corazón. ¡Hasta pronto!».
Un inicio bendecido — Carla (arequipeña residente en Iquique): «Agradezco a Dios la oportunidad de vivir esta convivencia en mi querida Arequipa y muy agradecida con todas por los días enriquecedores que pasamos, compartiendo vivencias, experiencias y aprendiendo. ¡San Josemaría sonríe en el cielo por este inicio de la Región Pacífico Sur!».
Volver a casa y al trabajo con alegría
El jueves 24 en la mañana, el repique alegre de las campanas de la iglesia de la Merced resonaba con fuerza en el centro de Arequipa, acompañado por el estallido festivo de los fuegos artificiales que anunciaban su fiesta. Ese marco tan lleno de fe y tradición popular no podía ser más perfecto para acoger el cierre de unos días inolvidables.
En la tarde, nos despedimos todas con fuertes abrazos, sonrisas y la ilusión de seguir muy unidas al Prelado, a quien familiarmente le decimos Padre. Marga, responsable de la convivencia, transmitía ese mismo cariño al despedirnos el último día: «El regalo ha sido para Wayrana y para las arequipeñas. Estamos felices de haberlas conocido. ¡Vuelvan pronto! Las queremos más de lo que imaginan».
Volvemos a nuestras casas y a nuestras ocupaciones, renovadas y con la certeza de que esta integración de Perú y Chile marca el inicio de una nueva etapa apostólica llena de esperanza, dinamismo y profunda fraternidad
Volvemos a nuestras casas y a nuestras ocupaciones, renovadas y con la certeza de que esta integración de Perú y Chile marca el inicio de una nueva etapa apostólica llena de esperanza, dinamismo y profunda fraternidad en nuestra Región Pacífico Sur. ¡Dios dé muchos frutos a esta nueva región!

