
En el año 2002, Carmela recibió la misión de estar a cargo de Montealto, un colegio de mujeres que contaba con apenas nueve años de fundado. Su visión era clara: necesitaba profesoras jóvenes —como ella decía— para formarlas y lograr que sintieran Montealto como algo suyo.
En ese tiempo, yo concluía mi carrera de Educación cuando Mariamarta Bello me sugirió que me comunicara con Carmela para una entrevista de trabajo. La llamé y me comentó que estaba por viajar a la canonización de san Josemaría, y que al regresar podríamos conversar. Así fue como, casi a fines de ese año, tuve mi entrevista.
Montealto: un sueño grande encomendado a san José
El 1 de febrero de 2003 inicié mi camino en el colegio, en el local de Jesús María. Desde el primer instante comprendí que Carmela tenía un sueño grande: quería que Montealto —como ella siempre decía— fuera el mejor colegio de Lima, y soñaba con que existieran muchos colegios como el nuestro en todo el Perú.
Carmela solía decir que cada profesora que llegaba lo hacía gracias a san José, a quien ella encomendaba esta misión con profunda fe, pidiéndole que todas las personas que formaran parte del colegio fueran exactamente las que debían estar.

Desde el primer año, Carmela no solo ayudó al descubrimiento de la vocación docente a más de una, sino que a quienes ya éramos profesoras nos impulsó en nuestro crecimiento profesional. Siempre insistía en que debíamos continuar estudiando para seguir formándonos. Para ella, era fundamental no quedarnos estáticas, sino aspirar constantemente a ser mejores.
Gracias a ese impulso, muchas de nosotras continuamos nuestros estudios en la Escuela de Capacitación Pedagógica, llevando la Maestría en Asesoramiento Educativo y Familiar y la Maestría en Gestión y Dirección Académica. Allí también tuvimos el privilegio de tenerla como profesora, lo cual era, sin duda, un verdadero lujo, porque sus clases, eran profundamente aleccionadoras y dejaban huella en cada una de nosotras.
Trabajar bien, trabajar por amor
Nos repetía constantemente, aquel dicho de san Juan de la Cruz: “pon amor donde no hay amor y sacarás amor”
Carmela quería que nuestro trabajo fuera siempre el mejor: con las familias, con las niñas, en cada detalle. Nos repetía constantemente, aquel dicho de san Juan de la Cruz: “pon amor donde no hay amor y sacarás amor”. Nos enseñó a descubrir los talentos de cada una y a desarrollarlos al máximo, confiando en nuestras capacidades y animándonos siempre a dar más.
Años después, y gracias también al apoyo de la promotora, Montealto dio un gran salto: nos mudamos a San Isidro, a una sede más amplia, que es donde nos encontramos actualmente.
La mudanza no fue sencilla. Fuimos nosotras mismas, sus profesoras, quienes colaboramos para hacerla realidad. Cargamos carpetas, sillas, estantes, y con enorme ilusión trasladamos todo a la nueva sede. Fue un esfuerzo compartido, con mucho compromiso.
Ser parte de esa historia —y de tantas otras— me llena profundamente de emoción. Hoy veo lo que es Montealto: un colegio con más de 500 alumnas, aulas completas y muchas familias que forman parte de esta gran comunidad. Y no puedo dejar de pensar en todo lo que se construyó desde esos primeros años, con trabajo, cariño y visión.
Mucho más que una directora
Se preocupaba genuinamente por cada una: por lo que nos sucedía, por nuestras familias. Siempre que le compartíamos algo, nos decía con sencillez y fe: “lo encomiendo para que salga bien”.
Carmela no solo fue la directora del colegio; fue una guía constante en nuestras vidas. Nos impulsó a ser mejores, a aspirar siempre a más. Animó a muchas de nosotras a dar pasos importantes, como comprar nuestro primer auto o mejorar nuestras condiciones de vida. Se preocupaba genuinamente por cada una: por lo que nos sucedía, por nuestras familias. Siempre que le compartíamos algo, nos decía con sencillez y fe: “lo encomiendo para que salga bien”.
Hace algunos años, Carmela dejó Montealto, después de haber formado a una generación de profesoras fuertes, comprometidas y capaces de sacar adelante el colegio. Siempre confió en nosotras, y su huella —estoy segura— ha quedado profundamente grabada en cada una.
La providencia hizo que tuviera la oportunidad de verla un día antes de su partida. Me preguntó por el colegio y, fiel a su estilo, me recordó que no debíamos “ver el colegio por un canuto”. También me pidió que rezáramos mucho por ella, pues al día siguiente tenía una cita médica.
Carmela partió al Cielo el 31 de marzo, en plena Semana Santa. Quiero pensar que Dios quiso tenerla muy cerca en un momento tan especial
Carmela partió al Cielo el 31 de marzo, en plena Semana Santa. Quiero pensar que Dios quiso tenerla muy cerca en un momento tan especial, así como ella se encargó, durante toda su vida, de acercarnos a Él.
Te vamos a extrañar muchísimo.

