Alberto Peña: un corazón enamorado

El último miércoles 8 de setiembre del 2021, repentinamente, falleció el médico pediatra Alberto Peña Hernández, dejando una estela de buenas acciones, ejemplo de coherencia de vida y muchos recuerdos entrañables en quienes tuvieron la fortuna de conocerlo.

Opus Dei - Alberto Peña: un corazón enamorado

San Josemaría nos decía: “Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado”. Don Alberto, supernumerario del Opus Dei, a lo largo de su vida tuvo un corazón enamorado de Dios, de la Virgen, de su familia, de sus amigos, de su profesión médica, de sus pacientes, tal como lo atestiguan numerosos testimonios tras su partida.

Desde 1994, cuando llegó a laborar a la Universidad de Piura, Ramón Alberto Peña Hernández, médico pediatra del Policlínico de la UDEP, llenó cada ambiente con su optimismo, ejemplo, empatía y de “buenos días de Dios”, con los que alegremente saludaba.

Afable, siempre saludaba con entusiasmo a sus amigos con un: ¡Tardes de Dios!, ¡Amigo!, ¡Amiga! o ¡Ánimo! Se sentía la franqueza de cada frase, en su amplia sonrisa, en sus ojos y en el tono de su voz. “Trabajar con él ha sido una hermosa experiencia. Siempre hacía todo lo posible por impulsar un buen clima laboral. Era un trabajador incansable y siempre estaba a disposición para ayudar en lo que fuea necesario”, comenta el director del Policlínico, Gerardo Castillo.

Fue también profesor en la Facultad de Ciencias de la Educación donde dictaba cursos de Pediatría y de Nutrición. Además, enseñó Estimulación temprana y Neuropsicología, en la Maestría de Psicopedagogía: “Era un docente a carta cabal, excelente persona y mejor profesional. Destacó por su amabilidad hacia quienes lo rodeaba y por su espíritu optimista. Una persona siempre preocupada por los demás, muy atento y servicial”, señala el decano, Camilo García.

Tenía una profunda fe, por eso no era inusual cruzarse con él en el oratorio o en alguna misa. Todo aquel que lo conocía sabía también del profundo amor a su familia, a su esposa Doris y a sus seis hijos; y, a las familias. “Hombre enamorado de su esposa Doris, cultivó una profunda fe en Dios, que transmitió amorosamente a sus hijos. Las puertas de su hogar estaban siempre abiertas para sus amigos, y también para quienes, a cualquier hora del día, necesitaban de sus servicios profesionales, atendiendo con más cariño a las personas de pocos recursos”, comenta César Chinguel, de la Facultad de Ingeniería y el Instituto de Ciencias para la Familia.

El médico, el amigo…
¡Cuántos niños atendió!, en especial de Los Algarrobos. Para todos tuvo siempre una sonrisa, un trato tierno y entrañable. Por ello, no era raro que algunos niños al verlo corrieran a abrazar al “doctor Peñita”, a su “doctor Peña”, quien, cual niño, los acogía con gran alegría.

“Su espíritu social de ayuda a los demás se vio reflejado en la atención que durante muchos años brindó en el consultorio de Los Algarrobos, en el Centro de Rehabilitación Nutricional (Cerena). Su vocación de médico la vivió plenamente sabiendo que era una vocación de servicio; por eso estuvo disponible para sus pacientes a los que trataba con mucho cariño”, recuerda Luz Estela Vera, jefa del Laboratorio Clínico de la UDEP

“Sus pequeños pacientes lo querían y lo buscaban. Se sentían confiados con él.”, dice Martha Chira, del mismo laboratorio. “Tenía especial predilección por sus pacientitos de escasos recursos que atendía en su consultorio en el Policlínico, en Los Algarrobos. Uno de sus tantos actos de generosidad fue llegar a pagar los análisis clínicos de los niñitos cuyos papás no tenían cómo hacerlo”, refiere Rosario Córdova, administrativa del Policlínico UDEP.

“Tengo los mejores recuerdos de él. Era muy carismático, bonachón y le gustaba la tecnología. No recuerdo haberlo visto molesto. Cuando pasábamos a consulta con nuestros hijos, preocupados por algún malestar que tenían, solía terminar con su frase «ánimo». Siempre preocupado por sus pacientes, entraba al laboratorio a preguntarnos como estaban saliendo los resultados de los análisis que les había indicado”, comenta Jessica Aldana.

Y es que, así era el doctor Peña, tan extraordinario que muchos amigos y conocidos encuentran con facilidad las palabras para recordarlo y describirlo. Tan buen profesional que vivía con entusiasmo cada proyecto de ayuda, como con el Centro Materno Infantil (CMI), que luego sería el Policlínico. “El CMI fue una gran ilusión compartida y vivida con intensidad durante todo el tiempo que estuvo vigente la propuesta. Estaba pendiente de cada detalle de su especialidad, en la compra de los equipos y de instrumentos. Cuando se reorientó la propuesta a policlínico, siempre estuvo al pie del cañón, aportando ideas, impulsando iniciativas. Era muy optimista y decía que las cosas siempre ocurren por algo y que ese algo siempre era bueno”, refiere el doctor Castillo.

“Son muchas las virtudes que Alberto vivió heroicamente; pero, si hay que elegir algunas, diría que fue un esposo y padre ejemplar, y amigo de sus amigos. Alberto se nos fue al cielo y ya feliz goza del Amor de sus amores. Se nos fue precisamente el día de la Natividad de la Virgen. Desde el cielo seguirá ayudando mejor a su familia y amigos”, expresa César.

Aunque al conocer la noticia de su fallecimiento nos invadió un sentimiento de tristeza, es más grande la certeza y la alegría de saber que una persona tan extraordinaria, generosa y de inquebrantable fe como él, tendrá una gran bienvenida en el Cielo. La sonrisa de su rostro, la sinceridad de sus palabras y de sus ojos, y los dulces gestos, caramelos y chupetines o juguetes con los que calmó tantas veces los llantos de sus pequeños pacientes son solo una muestra de lo que fue, de lo que hizo y de lo que será en adelante.

¡Descanse en paz, doctor Alberto Peña!

Texto orginalmente publicado en www.udep.edu.pe por Elena Belletich