Abraham Zavala: el médico que atendió a san Josemaría en el Perú

Abraham Zavala falleció en Lima el 29 de julio de 2020. Pocas semanas antes, el 14 de julio, su esposa Cecilia había partido a la casa del Padre. La vida de ambos ha estado entretejida de las tareas propias de un matrimonio cristiano, así como a la vivencia del espíritu de servicio en la profesión médica y en la vida ordinaria. Ambos, fieles del Opus Dei, han procurado con una sonrisa, “transformar la prosa de esta vida en endecasílabos, en poesía heroica”, como decía san Josemaría.

Abraham Zavala Stanbury nació en Arequipa el cinco de octubre de 1932. Desde niño quiso ser médico y dedicar su vida a la medicina. Apenas concluyó los estudios secundarios, estudió en la Facultad de Medicina San Fernando, de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima. Se especializó en Neumología. Durante todo su ejercicio profesional fue un médico amable y acogedor, que atendía a cada uno de sus pacientes con mucho interés, procurando devolverle la salud de la manera más segura y actuando siempre con espíritu esperanzador.

Abraham y Cecilia con tres de sus cuatro hijos.

Se casó con Cecilia Batlle, con quien tuvo cuatro hijos: Abraham, Cecilia, Javier y Rafael, en un hogar acogedor, donde se cultivó el cariño humano y la caridad sobrenatural, con alegría y naturalidad, siendo un ejemplo para sus parientes y amigos. Fue hijo amoroso y preocupado siempre por sus padres; esposo bueno y comprometido; hermano que siempre adivinó las necesidades de los suyos; educador incansable de sus tres hijos y una hija; médico que atendió gratis a los pacientes -sin recursos- con una sonrisa; amigo que iluminó con buena doctrina a muchas personas; profesor que enseñó mucho más que a ser médico, a ser buenas personas y cristianos practicantes.

La vocación al Opus Dei: “como un guante a la medida”

A los 42 años solicitó la admisión al Opus Dei como supernumerario, reafirmando su vocación cristiana y descubriendo la llamada divina a santificar el trabajo profesional, ayudando a muchos enfermos a descubrir que es posible la santificación en la enfermedad y en el dolor.

A consecuencia de esa experiencia profesional y humana, Abraham escribió hace varias décadas dos folletos, uno se llamaba “Carta a los enfermos” y el otro “Una puerta que se abre al amor”, (acerca de la muerte) cuyo título, se lo debe a san Josemaría y los cuales, los ponemos a disposición de los lectores. En estos momentos de pandemia pueden ayudar a confortar a muchos enfermos. (Ambos folletos se pueden descargar al final del artículo)

Portada de folleto "Carta a los enfermos"

Él mismo ha contado así su vocación: “Un día mi esposa invitó a almorzar a la casa a un primo suyo, monseñor Luis Sánchez Moreno, miembro numerario del Opus Dei. Él nos habló de la Obra y nos invitó a una reunión. Después de asistir, supe que eso era para mí. Era como un guante que a un cirujano le cae perfectamente y a la medida, lo que sentí cuando conocí el Opus Dei. Desde el principio estuve seguro de pertenecer a él y no me equivoqué; no sólo he aprendido valiosas enseñanzas para la vida, sino que tuve la dicha divina de haber podido tratar a un santo, al fundador del Opus Dei”. Asistió a los medios de formación incluso cuando los años le hacían más difícil movilizarse, para vivir su vocación lo mejor posible hasta el último momento.

Recuerdos junto a san Josemaría en el Perú

Cuando san Josemaría vino al Perú, enfermó de una bronquitis muy severa, por lo que se llamó a Abraham para que le atendiera. Él mismo lo cuenta: “Yo recién tenía casi un año como miembro del Opus Dei y había cosas que todavía no conocía, pero al verlo, escucharlo y sentirlo, redescubrí el camino de la santificación de todos los momentos. Sólo lo conocía por libros y apenas lo vi, tuve la impresión que casi toda persona siente y percibe: estar frente a un Santo. Luego cuando enfermó, me llamaron y empecé a atenderlo, recuerdo que cuando fui a verlo lo encontré ya en su camita. Empezó con una simple afección gripal, parece que fue en el avión que lo trasladó de Argentina a Chile y después de Chile al Perú empeoró un poco. Cuando lo vi, estaba con una bronquitis muy severa. A los dos días hizo una bronconeumonía y nos tuvo en vilo varios días. Yo tenía que verlo mañana y tarde. Los que más me dolió, y a él también, fue cuando le tuve que prescribir reposo absoluto, pues significaba que no podía celebrar misa, ni siquiera en el día de la Virgen del Carmen, a la que él amaba tanto. Pero su malestar no le impedía transmitir el mensaje de Dios; recuerdo que, como la nebulización que yo le hacía demoraba un poco, él pedía que le leyeran todas las cartas que le escribían sus hijos del Perú. Sobrellevó la enfermedad como una persona santa, no protestaba por nada y siempre fue obediente a mis indicaciones. Él con paciencia, con una paz y santidad las recibía y aceptaba. Se intuía en él una luz divina porque tenía mucha fuerza espiritual que se percibía en todas sus palabras y en sus acciones.

“La muerte era una puerta al amor, al descanso, a la paz y a la felicidad, y que en la vida debemos prepararnos con ilusión para ese momento”

En una oportunidad que tuve le pregunté a Josemaría: ¿Cómo hacer para considerar a la muerte como a una buena amiga?, pues él dice en su libro Camino que no tengamos miedo a nuestra hermana la muerte. Me respondió que “La muerte era una puerta al amor, al descanso, a la paz y a la felicidad, y que en la vida debemos prepararnos con ilusión para ese momento. Ésta fue una de las mejores enseñanzas que me dejó”.

Abraham iba todos los días a ver a san Josemaría, en la mañana y en la tarde, para asegurarse cómo iba el tratamiento. Se preocupó mucho cuando vio el resultado de los distintos análisis que ordenó hacerle, pero tanto don Álvaro del Portillo como don Javier Echevarría, y Alejandro Cantero -el médico que acompañaba a nuestro Padre en el viaje a Perú-, le tranquilizaron, diciéndole que se ocupe de la bronquitis, que lo demás ya estaba en manos de Dios.

A propósito de ese diagnóstico, reproducimos un extracto de video de una entrevista que concedió Abraham en el año 2000, donde relata el cuadro médico que tuvo san Josemaría durante su estancia en Lima.

La vocación profesional: el ámbito de la santificación personal

Cuando Abraham escribió sus recuerdos de san Josemaría, entre otras cosas, dejó sentado: “Josemaría nos trataba como el padre más cariñoso que existe, con suavidad y con alegría, porque él nunca dejó de estar alegre, ni siquiera cuando enfermó. Cada gesto y palabra suya era una enseñanza, todas sus manifestaciones eran una lección de vida, de cómo se debe ser un buen paciente, un padre o un amigo. Lo que más se me quedó grabado es saber que hemos venido para santificarnos y que lo que viene después es mucho mejor. San Josemaría era muy agradecido. Recuerdo que después de algún tiempo me envió un cuadro que él mismo había mandado pintar, en agradecimiento por la atención que le brindé. Siguiendo sus enseñanzas, intento atender a mis pacientes y a los familiares de mis pacientes con cariño y bastante amor, como me gustaría que me traten cuando enferme. Intento ser padre de familia como Dios quisiera que sea, como san José, el padre de la familia de Nazaret, cumpliendo además mi labor de hijo, de esposo, de amigo, de profesional, lo mejor que pueda”.

En una foto familiar, el doctor Zavala con sus hijos y nietos.

Una personalidad serena: palabras de su hijo

Cuando Abraham cumplió 83 años, su hijo Rafael escribió: “Mi padre siempre representó para mí el modelo de la prudencia, la sabiduría para tomar decisiones, el esfuerzo para dar todo lo que llevamos dentro para ganar, el trabajo bien hecho cueste lo que cueste, y la perseverancia para terminar lo que se empieza en el tiempo acordado. Su sello diferencial es su increíble capacidad de darse a los demás un día sí y otro también. Una capacidad envidiable de enfrentarse a la adversidad, que no faltó ni falta en su vida, de vivir con ella, y cuando la vida más lo tienta, más sale a flote su capacidad de fabricar una respuesta y estar a la altura de las circunstancias. Se dobla, pero no se parte, vuelve a su estado natural. Una personalidad serena, que solo viaja al pasado para aprender de él, y al futuro para medir los riesgos, pero no se queda en tiempos irreales y siempre vuelve al presente, sabe que su futuro depende de lo que haga hoy. No le regalaron nada, todo se lo ganó a fuerza de dos palabras: trabajo duro. En medio de una sociedad que premia los atajos, premia a los “vivos”, él siempre me recuerda que nada hay realmente gratis en la vida, que todo lo que vale, exige sacrificio y que el que la sigue la consigue. Con los años, aprendió a combinar el sentido del deber laboral, con lo que yo llamo “estar en la foto” de la familia, es decir, pasar más tiempo con nosotros, conocer más de cerca nuestras alegrías, miedos, retos, “estar allí”. (El artículo completo de su hijo Rafael se puede leer en este enlace: https://ideasvida.wordpress.com/2015/10/12/un-ejemplo-a-seguir/ )

Su esposa Cecilia, también supernumeraria por muchos años, falleció en el mes de julio. Abraham, le ha seguido los pasos, pocas semanas después. Ya se habrán encontrado de nuevo en el cielo. Como san Josemaría decía respecto a la muerte: “El Señor no es un cazador que está esperando que se descuide la presa para asestar el tiro, sino que es un jardinero que recoge la flor en su mejor momento”.

Folleto CARTA A LOS ENFERMOS20200730-181607.pdf

Folleto UNA PUERTA QUE SE ABRE AL AMOR20200730-181745.pdf