75 años de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz cumple 75 años el 14 de febrero de 2018, ya que fue fundada por san Josemaría Escrivá de Balaguer el 14 de febrero de 1943.

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz

La finalidad de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz es fomentar la santidad de los sacerdotes seculares en el ejercicio de su ministerio al servicio de la Iglesia, según el espíritu y la praxis ascética del Opus Dei. Está compuesta por los sacerdotes incardinados en la Prelatura y por otros presbíteros incardinados en sus respectivas Iglesias particulares. Actualmente cuenta con unos 4.000 socios. Su presidente es el Prelado del Opus Dei.

La ayuda espiritual que proporciona la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz se dirige a mejorar la vida interior de los socios, estimular su fidelidad en el desempeño de sus deberes sacerdotales y fomentar la unión de cada uno con su propio obispo y la fraternidad con los demás presbíteros (cfr. san Josemaría, Conversaciones, n. 16).

El Perú le tiene un especial deber de agradecimiento, porque el 2 de octubre de 1957 un prelado y cinco sacerdotes de esta asociación vinieron desde diversas diócesis de España para iniciar una fecunda labor apostólica en la recién creada prelatura territorial de Yauyos y Huarochirí, a la que posteriormente se le añadiría Cañete y que fue encomendada al Opus Dei por el Papa Pío XII.

Desde entonces, centenares de sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz han trabajado en diversas diócesis de la Iglesia en el Perú, dejando sus vidas al servicio de Dios y de las almas, en lugares apartados de nuestra difícil geografía, así como en algunas ciudades de la costa.

En medio de las dificultades propias de la geografía nacional, el crecimiento de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz ha sido una de las más alentadoras actividades al servicio de la los fieles y de la Iglesia en el Perú.

El mensaje del Opus Dei y los sacerdotes

Los sacerdotes incardinados en las diversas diócesis se unen a la Sociedad –movidos por una vocación divina, como los demás fieles del Opus Dei– para encontrar apoyo y estímulo en su búsqueda de la santidad en su ministerio sacerdotal, que abarca todas las dimensiones de su existencia.

Los sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz reciben del Opus Dei ayuda espiritual y, sobre todo, un espíritu que lleva a valorar el don del sacerdocio ministerial en la Iglesia, descubriendo en todas las circunstancias de la vida una constante invitación al encuentro con Dios, según el ejemplo de Jesucristo, y a entregarse por amor al servicio de los hombres, especialmente de los más necesitados.

El 14 febrero de 1943, mientras celebraba la Santa Misa, san Josemaría tuvo una particular luz de Dios que le presentó la solución que permitiría la ordenación presbiteral de estos fieles del Opus Dei.

El 14 febrero de 1943, mientras celebraba la Santa Misa, san Josemaría tuvo una particular luz de Dios que le presentó la solución que permitiría la ordenación presbiteral de estos fieles del Opus Dei. Se trataba de erigir, dentro del fenómeno pastoral de la Obra, un cuerpo sacerdotal proveniente de su laicado y formado según su espíritu, que quedaría integrado en la misma institución, con una plena condición secular, para la atención pastoral de sus miembros y de sus apostolados. Nacía así la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

El 28 de noviembre de 1982, cuando el beato Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal de ámbito internacional, se llegó a la solución jurídica definitiva, en la que queda reflejado genuinamente el carácter secular de la Obra y su constitución orgánica, en cuanto compuesta por sacerdotes y laicos, hombres y mujeres de las más variadas profesiones y procedencias sociales.

Una ayuda en la vocación sacerdotal

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz ofrece a sus socios y a los clérigos que participan de sus actividades unos medios espirituales para sostener y apoyar la vida interior, la formación doctrinal y pastoral, y la unión fraterna entre los sacerdotes.

Precisamente ahí está la misión de la asociación: un trabajo sacerdotal lleno de comprensión, de amor, de espíritu de servicio en favor de la Iglesia y de cada diócesis en particular; una ayuda a los presbíteros diocesanos, por quienes el Señor ha querido que el Opus Dei sienta una especial solicitud.

Esta ayuda espiritual fomenta las virtudes sacerdotales, como la caridad pastoral, que es entrega y celo por las almas, la piedad, la ciencia, el interés por los apostolados diocesanos, el amor y veneración al Ordinario del lugar, la preocupación por las vocaciones y por el seminario. De modo particular, aviva la práctica de una fraternidad honda con los demás sacerdotes, que lleva a promover activamente la máxima unidad en todo el presbiterio diocesano.

San Josemaría procuró, también con su predicación, despertar en todos los cristianos la responsabilidad de cooperar para que aumenten las vocaciones sacerdotales.

San Josemaría procuró, también con su predicación, despertar en todos los cristianos la responsabilidad de cooperar para que aumenten las vocaciones sacerdotales. El empeño por suscitar vocaciones corresponde a todo el pueblo de Dios y, de manera especial, a los obispos y a los sacerdotes.

San Josemaría y su vocación sacerdotal

Dios se sirve de sucesos corrientes para atraer las almas a su amor. En ocasiones hace grandes milagros, que pasan inadvertidos a la mirada humana. Pero el mayor milagro sigue siendo el camino habitual, sencillo, de su providencia ordinaria. Por estos senderos se abrió paso la vocación de Josemaría Escrivá de Balaguer. Muchas veces lo repetiría a los socios de la Obra, también para prevenirles contra la tentación de lo espectacular, de lo fulgurante:

Acuden a mi pensamiento tantas manifestaciones del Amor de Dios en aquellos años de mi adolescencia, cuando barruntaba que el Señor quería algo de mí, algo que no sabia lo que era. Sucesos y detalles ordinarios, aparentemente inocentes, de los que Él se valía para meter en mi alma esa inquietud divina. Por eso he entendido muy bien aquel amor tan humano y tan divino de Teresa del Niño Jesús, que se conmueve cuando por las páginas de un libro asoma una estampa con la mano herida del Redentor. También a mí me han sucedido cosas de ese estilo, que me removieron y me llevaron a la comunión diaria, a la purificación, a la confesión y a la penitencia.

El 1 de julio de 1974, en Santiago de Chile, el Fundador del Opus Dei alentaba a un grupo numeroso de personas a luchar por Jesucristo y a llevar a Dios muchas almas. Y, para que supieran vencer posibles cobardías, o falsos respetos a la libertad ajena, concluía: A mí, Jesucristo no me pidió permiso para meterse en mi vida. Si a mí me dicen, en ciertos tiempos, que iba a ser cura... ¡Y aquí estoy!

Muchas veces reiteró esta idea: Nunca pensé en dedicarme a Dios. No se me había presentado el problema, porque pensaba que eso no era para mí. Pero el Señor iba preparando las cesas, me iba dando una gracia tras otra, pasando por alto mis defectos, mis errores de niño y mis errores de adolescente...

Un día de fuerte helada, en pleno invierno de Logroño, Josemaría –aún adolescente– vio las huellas de los pies descalzos de un Carmelita sobre la nieve. Estas huellas removieron su corazón, que se encendió en deseos de un amor grande. Ante el sacrificio, por amor de Dios, de aquel fraile, Josemaría se preguntaba qué hacía él por su Dios.

Sintió Josemaría estos barruntos del Amor cuando tenía quince o dieciséis años. A la vez, se daba perfectamente cuenta de que el Señor quería algo de él, pero no sabía qué era. En aquellos días de invierno, en los primeros meses de 1918, fui a charlar en varias ocasiones con el P. José Miguel, uno de los frailes que vivían al lado del Convento de las Carmelitas descalza, y atendían su iglesia.

Después, Josemaría pensó ser sacerdote. ¿Por qué me hice sacerdote?, se preguntaría años más tarde: Porque creí que así sería más fácil cumplir una voluntad de Dios, que no conocía. Desde unos ocho años antes de mi ordenación la barruntaba, pero no sabía qué era, y no lo supe hasta 1928. Por eso me hice sacerdote.

Por su parte, el propio Fundador del Opus Dei contaría:

Un buen día le dije a mi padre que quería ser sacerdote: fue la única vez que le vi llorar. Él tenía otros planes posibles, pero no se rebeló. Me dijo:

–Hijo mío, piénsalo bien. Los sacerdotes tienen que ser santos... Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré.

Y me llevó a hablar con un sacerdote amigo suyo, el abad de la colegiata de Logroño.

La colegiata de Logroño –llamada vulgarmente “La Redonda”– es hoy concatedral de la diócesis de Calahorra, Logroño y La Calzada. Entonces, el abad era don Antolín Oñate Oñate –más tarde nombrado chantre de Calahorra, en 1943–, una verdadera institución en Logroño.

También orientó a Josemaría, por encargo de su padre, don Albino Pajares, sacerdote castrense que estuvo destinado en Logroño desde febrero de 1917 hasta mayo de 1920.

Don Antolin y don Albino le animaron a que siguiera en su vocación y le ayudaron, como profesores, para completar los cursos de Filosofía, para profundizar en el latín y para el primer año de Teología, que hizo como alumno externo en el Seminario de Logroño. El Fundador del Opus Dei estuvo siempre muy agradecido a estos dos sacerdotes.