Descarga AQUÍ el texto.
Método
Contemplación activa. No leer la historia desde fuera, sino estar dentro de la escena.
Oración introductoria
Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí. Que me ves. Que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracias para hacer con fruto este rato de oración. ¡Madre mía inmaculada, San José mi padre y Señor, Ángel de mi Guarda, ¡interceded por mí!
Puedes terminar este rato de oración poniéndote de rodillas y diciéndole al Señor:
Te doy gracias, Dios Mío, por todos los propósitos que me has comunicado en este rato de oración. Te pido ayuda para ponerlos por obra. ¡Madre mía Inmaculada, san José mi padre y Señor, ángel de mi guarda, interceded por mí!
Baja las revoluciones
Al comenzar este rato de oración, te animo a que busques un silencio de verdad. Deja fuera el ruido y las prisas; basta con que pienses en esta idea: no tienes que saber nada especial ni decir frases brillantes, solo dile a Jesús que quieres que Él llene tu vida. Él sabe bien lo que tiene que hacer. Estamos en pleno Triduo Pascual, los días más importantes del año, y si notas que los oficios de Semana Santa son más largos es porque la fiesta así lo requiere: lo bueno se cocina a fuego lento.
Un gran evento con una invitación “ardiente”
Vamos juntos a la escena de la Última Cena. Es lo que podríamos llamar el "divino protocolo". Todo está preparado con un cuidado extremo; si te fijas, en esa mesa no falta ni un detalle, todo está en su lugar, como ocurre en las grandes ceremonias. A veces, en las bodas, los invitados encuentran en su sitio una dedicatoria personalizada hecha por los novios; algo pensado exclusivamente para quien va a ocupar ese lugar. En esta cena, la última, sucede lo mismo: Jesús ha cuidado cada detalle pensando en ti.
Él comienza diciendo: "Ardientemente he deseado celebrar esta Pascua con vosotros" (Lc 22, 15). Es un amor encendido, un fuego que casi debería hacer arder la pantalla o el papel al leer estas palabras. Nos quiere tanto que había planeado este encuentro desde hace mucho tiempo. Señor, en esta cena no sobra nadie; hay un sitio con mi nombre y yo también estoy invitado a sentarme en la mesa presidencial, justo a tu lado.
Entra con la imaginación en esa sala y disfruta del banquete. Es el momento de compartir con el que preside, de preguntarle por qué ha organizado todo esto y cómo es posible que haya pensado en ti. No dejes que tanto detalle te agobie; al revés, descubre que es el cariño lo que genera todo este despliegue.
El outfit, el corazón a punto
Y ante una celebración tan grande, es oportuno que revises tu outfit, no solo por fuera, sino especialmente por dentro. Mira tu vida, observa con atención tu alma y descubre si estás en condiciones de participar. Quizás te salga decir aquello de: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa...". ¿Necesitas una buena confesión? Estar elegante no es sólo una cuestión de imagen externa, tiene mucho que ver con tu intención, lo que buscas de verdad. La actitud define mejor nuestra intención. Te animo a que estos días hagas las cosas por amor a Dios.
Al final, lo que celebramos es el encuentro íntimo con un Dios que muere en la Cruz para salvarnos. A veces estas palabras nos suenan formales o frías, pero esconden una fuerza inmensa. Tu amor ardiente por mí, Señor, necesita un alma renovada y libre, y para eso me ofreces el regalo de la confesión.
El misterio: Dios no sabe esperar
Sabiendo a quién recibo, con el alma en gracia y guardando el ayuno, puedo participar plenamente de este encuentro. Hoy, Jueves Santo, Cristo decide quedarse conmigo para siempre en la Eucaristía, en el sagrario. Es tanto el amor que Dios nos tiene que no puede esperar a que lleguemos al Cielo; quiere compartirlo todo aquí y ahora.
Señor, mendigas mi amor desde el copón, con una libertad que me desconcierta porque no quieres obligarme a nada, solo invitarme. Ayúdame a tratarte con una delicadeza nueva, con esa delicadeza propia de los que están enamorados. Que al terminar este rato, tú y yo podamos arder en amor como lo hace Jesús y como lo hace nuestra Madre, Santa María.
Descarga AQUÍ el texto.






