«Creo profundamente que los años que llevo en el Opus Dei son verdad y en esa verdad soy inmensamente feliz»
Enrique es decorador –«trabajo en el mundo del arte, del diseño, de lo efímero», explica– y relata que conoció la Obra en Viña del Mar, una ciudad en la costa de Chile. Poco tiempo después, un sacerdote le dijo: – Enrique, quizás Dios te tiene guardada una posible vocación a la Obra. Pregúntale si es verdad esto. «Salí de esa reunión medio pensativo, y a medida que más lo meditas, más vas sintiendo a Dios en el corazón y también más vas diciendo: yo, no. Yo, no. Yo quiero formar una familia y tener hijos; este camino, no. Hasta que un día 25 de noviembre, en el bar del hotel O'Higgins, con una cerveza al lado, le escribí la carta al Prelado».
«La Obra es actual: en el amor a la libertad, el respeto a las personas y en pensar libremente»
«Hay que seguir lo que enseña la Iglesia Católica, lo que manda el Papa y los obispos. En lo demás, cada persona es libre de pensar, trabajar y ganarse la vida como quiera, siempre que sea de manera honrada. En medio de la familia, el trabajo, las alegrías y las penas, la Obra te ayuda a descubrir un sentido trascendente».
«Nunca he tenido ni un instante de duda sobre mi vocación. Procuro vivir cerca de Dios en una vida común y corriente, como la de cualquiera»
«En nuestra oficina, cada uno aporta y tratamos de hacer el trabajo lo mejor posible, aunque no siempre resulta. El espíritu de la Obra me ayuda a dar sentido a lo cotidiano: poner buena cara cuando estoy cansado, tener paciencia, ser humilde y amable. Esa es la vida real, día tras día. Para sostenerla hay que ‘cargar bencina’, y la fuente es Dios. Basta una oración breve en medio del trabajo, un rezo mientras camino, o una jaculatoria rápida al mirar la ciudad desde lo alto: todo se convierte en ocasión para agradecer».