Si se trata de agrandar los músculos, todo el mundo entiende la importancia del gimnasio, las proteínas o la lechuga. Sin embargo, en el ámbito más interior de la persona, el del corazón, allí donde el adolescente sueña y proyecta su futuro, el desarrollo es menos visible. En este sentido, defenderse de la basura digital puede ser el primer paso para resguardar la auténtica libertad interior. ¿Cómo reflexionar sobre esto? Les traigo un caso, el de Mario, que está inspirado en hechos reales.
¿Un caso? ¿Cómo? ¿No es, entonces, un artículo “normal”? Exacto. Este artículo no es un texto para leer sin más: el desafío es reflexionar. Puede ayudar trabajarlo con un grupo de amigos, todavía mejor si es con alguien que pueda orientar la discusión. Pero, vamos, tampoco quiero complicar mucho las cosas. Con que lo leas y reflexiones por tu cuenta, ya sería un gran paso.
Mario nació curioso. Su madre asegura que aprendió a leer a los 6 años. Por lo visto, cada noche le urgía saber cómo seguía la historia cuando terminaban de leerle el cuento. A los 7, ejercitó las primeras letras redactando peticiones (y reclamos) al Ratón Pérez, al Viejo Pascuero y al Conejito de Pascua. A los 11 ganó un concurso de cuentos que organizó el colegio (con un relato titulado “El guatón que se enguató con un queso”). El profesor lo felicitó y le dijo que tenía talento.
La madre guardó el cuento en su cartera y lo mostraba a sus amigas cada vez que podía. Luego lo enmarcó para dejarlo en la habitación de su hijo. Mario, decía, llegará a ser un autor famoso, de novelas probablemente, o mínimo de cuentos, pero ayudará a mucha gente con sus historias, eso seguro. Sin embargo, cuando su hijo cumplió 14 años, su marido y ella le regalaron el primer smartphone. Se lo envolvieron con una sonrisa enorme, llenos de orgullo, pues a partir de ahí su hijo único “podría leer muchos Pdf, Word, y documentos de todo tipo para seguir aprendiendo”. Sin embargo, mientras Mario lo abría, lo que ocurrió en realidad fue que se levantó una tormenta de notificaciones que le revolvió el pelo, dispersando papeles y esperanzas.
En un primer momento, Mario pensó que las redes sociales le darían una oportunidad para visibilizar sus poemas y sentimientos, sin embargo, era tal la cantidad de tiempo que perdía en ellas, que poco prosperaba en su estilo. A los 15 advirtió que padecía ansiedad por sus notas, pues éstas bajaban sin saber por qué. Decidió salir más de su habitación, estudiar más con amigos, pues en cuanto se quedaba solo, indefectiblemente perdía tiempo con reels, stories y también con pornografía. Quería conversar con alguien sobre sus problemas, sin embargo, ¿con quién? Sus amigos estaban igual o peor que él (al menos era ésa su impresión), a sus padres no estaba dispuesto a decepcionarlos (ellos pensaban que se encerraba en su habitación para “matarse” a leer), sus confesiones con el sacerdote del colegio eran precisas y rápidas (siempre había cola), y su tutor solo se interesaba por su desempeño académico.
Cuando empezó bachillerato, Mario eligió la rama de Humanidades. Sin embargo, intuía que la Literatura quedaría tan solo como una afición. En lugar de leer los libros obligatorios, pedía resúmenes a la inteligencia artificial, dejó de revisar la disponibilidad de concursos de cuentos y asumió que el tren de la vocación literaria se le estaba escapando para siempre. Con bastante conciencia de lo que hacía, se resignó a su destino de “hombre masa”: acudió a las mismas fiestas que iban todos, se emborrachó cuando los demás lo hacían y tiró la toalla con la pretensión de excelencia académica. “¿Qué más da?” —pensó—, podría estudiar Derecho en alguna universidad mediana y tener una vida “como la de todo el mundo”.
El primer semestre de ese año se habituó a conversar con un psicólogo. En él encontró al confidente que nunca había tenido. Esas conversaciones le sirvieron para estabilizar el ánimo, esbozar horarios y ganar serenidad frente a las incertidumbres del futuro. Sin embargo, el profesional le decía algunas cosas que no le convencían: por ejemplo, que “ver pornografía de vez en cuando era algo sumamente normal”, o que “no se exigiera mucho con las lecturas, pues ya habría tiempo más adelante para ponerse al día”.
En vacaciones Mario se inscribió por primera vez a unos voluntariados que organizaba un centro de Opus Dei. Fueron a una localidad rural del sur de Chile. Ahí conoció a varias personas y, sobre todo, en el grupo donde le tocó integrarse para arreglar una casa, quedó encandilado por la personalidad y empuje de Pedro, un joven de su edad, aunque de otro colegio, que brillaba por su habilidad con el martillo o el serrucho. En realidad, lo que más le impresionó fue la soltura que tenía para hacer cosas difíciles como si fueran fáciles: Pedro trabajaba hasta que llegaba la hora de irse, era el único que dedicaba tiempo a conversar con el dueño de casa (un viejo mal afeitado y que escupía al hablar), bromeaba con todos para animar el ambiente. Eso, pensó Mario, era auténtica libertad, mientras que él, en cambio, por mucho que quisiera mostrarse así de sociable y atento, se sentía más bien aplastado en el suelo, como una bolsita de té recién remojada.
En pocos días, Mario llegó a tener mucha confianza con Pedro. Al fin, aprovechando una caminata para comprar unos materiales, Mario le abrió el corazón. Pedro lo escuchó, le hizo varias preguntas y le dijo que prefería responder al día siguiente, para tener tiempo de meditar los temas.
Preguntas para reflexionar:
- ¿Cómo calificarías el papel del smartphone en la historia de Mario? ¿Qué cambios produce en su vida? ¿Qué le hubieras recomendado en caso de que hubieras sido su amigo cuando tenían 14 años?
- Si tú fueras Pedro y estás preparando una respuesta para Mario en esos voluntariados, ¿qué le aconsejarías?
- ¿Tiene sentido avivar la esperanza de Mario en el campo de la Literatura; alentarlo a que se ponga al día y siga esa carrera? En ese caso, ¿cómo ayudarle a evitar las distracciones?
- ¿Cuál sería el “plano inclinado” que recomendarías a Mario para que pueda resucitar sus talentos?
Pedro no tenía consejos que dar; en cambio, prefirió compartir con su amigo su testimonio. Él nunca tuvo smartphone, pues sus padres habían estudiado el problema del coste de oportunidad. Durante años se enfadaba con ellos por esa carencia, pues todos sus amigos tenían y a veces sentía “FOMO” (miedo a perderse algo), pero al poco se dio cuenta de las ventajas de su situación. Pasando a bachillerato ya estaba seguro: sus padres se la habían jugado por él de manera heroica. Lo mejor era que, frente a sus amigos, tenía la excusa perfecta. Cuando le preguntaban por qué no tenía un smartphone, él tenía una respuesta sólida: “porque mis padres son unos pesados y no me lo quieren dar”. Sin embargo, en secreto, estaba muy agradecido de su libertad.
Cuando terminó el verano, la vida de Mario había cambiado por completo. Se dio cuenta de que para llegar a ser escritor no podía perder más tiempo. Así que eliminó sus redes sociales de raíz (es decir, no solo las aplicaciones del teléfono, sino el perfil mismo), quitó las notificaciones de WhatsApp, y con eso su bolsillo recuperó la tranquilidad de su infancia. Más aliviado, retomó la lectura. Aprovechó el curso para leer los libros del colegio enteros y, además, cada mes, añadió otro por gusto. Siempre en coordinación con su amigo Pedro. De hecho, empezaron a hacer planes juntos, con otros amigos y amigas, como jugar a los bolos o salir de fiesta, y entonces discutían sobre tramas y personajes de las novelas que iban leyendo.
Mario eligió Derecho, con el deseo de seguir los cursos optativos en Literatura y participar en los concursos literarios que pudiera encontrar. Poco a poco, su habitación empezó a llenarse de cuentos que le enmarcaba su madre (con hits como “Libro de quejas del Viejo Pascuero” o “Tú eres la bolsita de té que da color a mis días”). Pedro, en cambio, entró a Ingeniería Civil en Construcción y se integró al equipo organizador de los voluntariados que organizaba la universidad. El futuro de ambos era motivo de adrenalina, pues experimentaban cómo la fábrica de sueños funcionaba a toda máquina dentro de sus corazones entrenados.






