El trabajo como lugar de encuentro con Dios

Inspirándose en la sagrada Escritura y en las enseñanzas de san Josemaría, Este artículo reflexiona sobre cómo la actividad profesional y la vida ordinaria pueden convertirse en un auténtico lugar de encuentro con Dios y en un camino concreto de santidad en medio del mundo.

El trabajo humano adopta formas muy diversas: puede desarrollarse en silencio o en equipo, en ámbitos visibles o discretos, con reconocimiento público o lejos de él. Sin embargo, más allá de esas diferencias, la tradición cristiana ha visto siempre en el trabajo una realidad dotada de profunda dignidad espiritual.

Los géneros y las circunstancias del trabajo humano son innumerables y profundamente diversos. Común a todos por la misma condición humana, el trabajo se despliega en contextos muy distintos, sujetos a transformaciones profundas a lo largo de la historia y, no pocas veces, también a lo largo de la vida de cada persona.

Hay quienes trabajan en lugares amplios, en contacto constante con muchas otras personas –como ocurre en los espacios compartidos de grandes organizaciones–; y hay quienes desarrollan su labor de modo más autónomo, configurando a su alrededor el ambiente que necesitan. Existen trabajos que se realizan en equipo y otros que exigen silencio y soledad; tareas acompañadas por el ruido de las máquinas, porque implican operaciones que el ser humano no podría ejecutar con sus solas fuerzas, y tareas que requieren evitar cualquier interferencia sonora, pues demandan concentración, precisión y el ritmo casi imperceptible de las manos.

En algunos trabajos –como el del médico, el profesor o el recepcionista– la dimensión de servicio es patente; en otros, en cambio, el servicio al prójimo permanece implícito y las relaciones personales son menos inmediatas. Dedicarse a la investigación científica no equivale a satisfacer a un cliente; producir alimentos no es lo mismo que escribir un libro. Hay labores que reciben con facilidad reconocimiento y recompensa, y otras que con frecuencia pasan desapercibidas..

Un oficio que es oración

Un pasaje de la Sagrada Escritura –en el capítulo 38 del Libro del Sirácida– presenta con singular viveza el dinamismo de los múltiples trabajos humanos, especialmente de aquellos manuales que se concretan en los diversos oficios, y pone de relieve su dignidad ante Dios. El artesano, el alfarero, el agricultor o el herrero no parecen ocuparse de realidades elevadas ni figuran entre los consejeros de los reyes; su actividad transcurre lejos de los ámbitos del poder y de la deliberación política. Y, sin embargo, gracias a su trabajo perseverante y silencioso, la sociedad humana puede sostenerse y progresar:

«Todos ellos [el obrero, el artesano, el herrero y el alfarero] confían en sus manos, y cada uno es hábil en su oficio. Sin ellos no se construye una ciudad, nadie podría residir en ella ni circular por ella. Pero no son buscados para el consejo del pueblo, no tienen un lugar especial en la asamblea, no se sientan en el tribunal y no conocen las disposiciones de la ley. No hacen brillar ni la instrucción ni el derecho, no aparecen entre los autores de proverbios, pero consolidan la construcción del mundo, y el oficio que realizan es su oración» (Sir 38,31-34).[1]

Al afirmar que «su oficio es su oración», el autor sagrado reconoce que todo trabajo humano, incluso el que parece menos influyente o importante entre los poderosos de la tierra, es una oración que se eleva a Dios. Para alabar a Dios y conversar con él no es necesario abandonar el mundo, sino que cada uno puede hacerlo también a través del trabajo que realiza.

La enseñanza de san Josemaría se sitúa en continuidad con esta perspectiva bíblica, característica de la tradición sapiencial del Antiguo Testamento. Predicó de modo constante que todo trabajo puede convertirse en lugar de encuentro con Dios y que ninguna tarea humana –por humilde que parezca– carece de un espectador divino. Puesto que para la gran mayoría de las personas el contexto habitual de la vida es el del trabajo diario, es precisamente en su ejercicio donde cada uno está llamado a vivir las virtudes cristianas y, por tanto, a encaminarse hacia la santidad, en unión con Jesucristo.

«La Obra ha nacido para contribuir a que esos cristianos, insertos en el tejido de la sociedad civil –con su familia, sus amistades, su trabajo profesional, sus aspiraciones nobles–, comprendan que su vida, tal y como es, puede ser ocasión de un encuentro con Cristo: es decir, que es un camino de santidad y de apostolado. Cristo está presente en cualquier tarea humana honesta: la vida de un cristiano corriente –que quizá a alguno le parezca vulgar y mezquina– puede y debe ser una vida santa y santificante» (Conversaciones, n. 60).

En uno de los artículos anteriores hemos considerado las consecuencias de que el Verbo encarnado haya asumido una verdadera humanidad, con todo el entramado de relaciones que le es propio, y haya ejercido además un oficio concreto: el de carpintero. De esta realidad se derivan, para nuestro tema, al menos dos implicaciones de especial relevancia.

En primer lugar, que la vida ordinaria –tal como fue asumida y vivida en la tierra por el Hijo de Dios– constituye un ámbito en el que todos pueden identificarse con Cristo y, por tanto, santificarse. En segundo lugar, que la multiplicidad de circunstancias propias de la existencia cotidiana y del trabajo confiere a esta llamada una dimensión verdaderamente universal, haciéndola accesible a la inmensa mayoría de hombres y mujeres de todos los tiempos.

Esta última consideración, sintetizada por el fundador del Opus Dei en la expresión se han abierto los caminos divinos de la tierra (cfr. Instrucción, mayo 1935, n. 1), pone de relieve la estrecha relación entre la santificación del trabajo y la llamada universal a la santidad. Sin embargo, esa conexión suscita algunas preguntas. ¿Qué relación hay entre estas dos realidades en las enseñanzas de san Josemaría? ¿Cuáles son los elementos de originalidad que posee su pensamiento con respecto a la tradición teológica presente en su época?

Universalidad de la santidad y misión del Opus Dei

La llamada universal a la santidad, en sentido estricto, no deriva de la dimensión universal de las diversas actividades terrenas realizadas por los hombres. En su raíz más profunda, la llamada universal a la santidad es expresión de la vocación a identificarse con Jesucristo que todo creyente recibe –como don y como tarea– en el bautismo. Todo bautizado está llamado a ser santo; más aún, todo ser humano lo está, en cuanto está destinado a ser miembro vivo del Cuerpo místico de Cristo. Entre ellos se cuentan también quienes no ejercerán un trabajo: por ejemplo, aquellos que abandonan el mundo para dedicarse a la contemplación, o quienes no desempeñan un oficio o una profesión.

A todos, cualquiera que sea su circunstancia de vida –laico, religioso, sacerdote; sano o enfermo; inmerso en las actividades del mundo o apartado de ellas–, Dios les pide que se configuren con su Hijo hecho hombre por nosotros. Aunque esta perspectiva está claramente presente en el Nuevo Testamento y en la tradición de los primeros siglos cristianos, fue olvidada durante largos períodos de la historia. Mantenida viva por algunos autores de la edad moderna y contemporánea –como san Francisco de Sales, san Alfonso María de Ligorio o san John Henry Newman, entre otros–, será el centro del mensaje de san Josemaría, a partir de los años treinta del siglo XX, y posteriormente retomada con autoridad por el Concilio Vaticano II en su doctrina sobre el Pueblo de Dios (cfr. Lumen gentium, cap. 2).

¿Qué caracteriza, entonces, la misión del Opus Dei, y de qué manera la predicación sobre la santificación del trabajo –con sus tres dimensiones: santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo– contribuye a comprender la llamada universal a la santidad presente en la Iglesia de Jesucristo?

A partir del contenido de las Cartas e Instrucciones –en particular de los pasajes en los que san Josemaría define la misión de la nueva institución que él se siente llamado a promover– se deduce que el fin pastoral del Opus Dei consiste en ofrecer medios espirituales y ascéticos para que la llamada a la santidad pueda realizarse precisamente en el contexto del trabajo y de la vida ordinaria. Es decir, ayudar a los cristianos a imprimir una forma cristiana al trabajo, a la sociedad humana y a las actividades que se desarrollan en medio del mundo.

¡Qué clara estaba, para los que sabían leer en el Evangelio, esa llamada general a la santidad en la vida ordinaria, en la profesión, sin abandonar el propio ambiente! Sin embargo, durante siglos, no la han entendido la mayoría de los cristianos: no se pudo dar el fenómeno ascético de que muchos buscaran así la santidad, sin salirse de su sitio, santificando la profesión y santificándose con la profesión» (Carta 3, n. 91).

«Hijas e hijos míos, el espíritu del Opus Dei recoge la realidad hermosísima de que cualquier trabajo digno y noble en lo humano, puede convertirse en un quehacer divino. No hay incompatibilidad entre la moral cristiana, entre la perfección cristiana, y cualquier profesión lícita, intelectual o manual, de esas que la gente califica como importantes o de esas que considera humildes» (Carta 14, n. 5).

San Josemaría comprende que, a través de los fieles laicos presentes en las más diversas profesiones y actividades, el mensaje de Jesucristo podrá llegar a todos los ambientes y a todos los rincones de la sociedad, contribuyendo así a la reconciliación del mundo con Dios.

«Fácilmente podemos ir a todos los lugares de trabajo, incluso a los ambientes de laicismo, donde se ignora o se odia a Dios, metiéndonos en nuestra tarea profesional corriente: cosa que es propia de la esencia de nuestra vocación y que, quitada, nos haría perder todas las posibilidades de santificación según nuestro espíritu, y todas las posibilidades de apostolado en el mundo» (Carta 13, n. 115).

«Dos años hace desde que, de acuerdo con las necesidades de la Obra, me trasladé a Roma. Era mi principal ocupación en aquellos días hacer entender la Obra a las personas que gobiernan la Iglesia Universal; llegó un momento, en el que decidí utilizar un ejemplo que me pareció muy gráfico. Hablando con el Cardenal Lavitrano, le mostré la fotografía de un hermano vuestro, cantante de ópera, mientras estaba actuando en un teatro. Y comenté: ¿se entiende bien ahora que somos gente corriente, que lo nuestro es santificar todas las profesiones, todos los modos de trabajar propios de los hombres que no se apartan del mundo?» (Carta 14, n. 2).

Para llevar a cabo la misión del Opus Dei,san Josemaría comprendió que los fieles laicos necesitaban una formación específica que los capacitara para dar testimonio del Evangelio en el ámbito profesional y en la vida ordinaria. Se trataba, en definitiva, de alimentarse de lo que puede denominarse una «espiritualidad del trabajo», adecuada a las condiciones culturales y sociales de nuestro tiempo.

En esta luz se entiende también el papel que asignó a los sacerdotes que deseaba incardinar en la nueva institución: el sacerdocio ministerial debía ofrecer a los laicos inmersos en las realidades temporales la dirección espiritual y la formación necesaria para que pudieran ejercer plenamente su sacerdocio común.

Aunque la llamada universal a la santidad no se derive de la mera existencia de múltiples contextos laborales susceptibles de santificación, las enseñanzas del fundador del Opus Dei han contribuido a arraigar en la Iglesia la convicción de que «en el trabajo y a través del trabajo se puede y se debe ser santo» y, por tanto, de que la santidad es una meta que Jesucristo propone realmente a todos.

Dicho de otro modo: para proclamar la llamada universal a la santidad no es necesario el Opus Dei, ni puede institución alguna en la Iglesia reivindicarla como misión o carisma exclusivo. Sin embargo, Dios ha querido suscitar el Opus Dei para manifestar de modo concreto que esta santidad es también posible para quienes trabajan y llevan una vida ordinaria en medio del mundo, proporcionándoles los medios espirituales y ascéticos necesarios para alcanzarla.

La novedad del mensaje se aprecia con mayor claridad cuando se tiene en cuenta el contexto eclesial dominante en Occidente hasta las primeras décadas del siglo XX. En ese marco, la llamada a la santidad se interpretaba con frecuencia como una invitación a abandonar el trabajo secular y la vida ordinaria para abrazar un nuevo estado de vida –clerical o religioso– que implicaba dejar atrás las realidades del mundo.

«Con frecuencia, siento ganas de gritar al oído de tantas y de tantos que, en la oficina y en el comercio, en el periódico y en la tribuna, en la escuela, en el taller y en las minas y en el campo, amparados por la vida interior y por la Comunión de los Santos, han de ser portadores de Dios en todos los ambientes, según aquella enseñanza del Apóstol: “glorificad a Dios con vuestra vida y llevadle siempre con vosotros”» (Forja, n. 945).

«Muchas realidades materiales, técnicas, económicas, sociales, políticas, culturales…, abandonadas a sí mismas, o en manos de quienes carecen de la luz de nuestra fe, se convierten en obstáculos formidables para la vida sobrenatural: forman como un coto cerrado y hostil a la Iglesia. Tú, por cristiano –investigador, literato, científico, político, trabajador…–, tienes el deber de santificar esas realidades. Recuerda que el universo entero –escribe el Apóstol– está gimiendo como en dolores de parto, esperando la liberación de los hijos de Dios» (Surco, n. 311).

Una espiritualidad para el mundo del trabajo

Son numerosas las enseñanzas y los ejemplos con los que el fundador de la Obra ha exhortado a sus hijos espirituales a descubrir en el trabajo y en la vida ordinaria el lugar privilegiado de su encuentro con Dios, no algo que distrae, separa o aleja del ideal de santidad. Uno de los textos más conocidos a este respecto es la homilía pronunciada el 8 de octubre de 1967 en el campus de la Universidad de Navarra, posteriormente publicada con el título «Amar al mundo apasionadamente». En ella, san Josemaría afirma que la vida espiritual y el trabajo ordinario no pueden constituir en el creyente una especie de «doble vida»: al Dios invisible se le encuentra precisamente en las realidades más visibles y materiales. Más aún, si no aprendemos a descubrir a Dios en la vida ordinaria, difícilmente lo encontraremos.

La predicación del fundador del Opus Dei ha configurado lo que cabe llamar una «espiritualidad del trabajo para nuestro tiempo». A lo largo de su vida, ofreció orientaciones concretas para alimentar la oración y cultivar una auténtica vida contemplativa en medio de las ocupaciones diarias. Animó, por ejemplo, a unir el trabajo al sacrificio eucarístico, exhortando a convertir toda la jornada en una prolongación de la santa Misa.

Recordó asimismo que el testimonio de la fe encuentra un ámbito privilegiado en las relaciones y contextos profesionales, especialmente en el ejemplo que se puede dar a las personas mediante una forma de trabajar guiada por la justicia y la caridad, y realizada con competencia humana y profesionalidad. No se trata solo de que la oración comience, acompañe o concluya el trabajo, sino de que el trabajo mismo se transforme en oración.

Los medios concretos para mantener la presencia de Dios durante las largas horas de trabajo diario son múltiples: sabernos en la presencia de Dios Padre, que nos mira amorosamente; renovar la conciencia de que trabajamos por Cristo, con Cristo y en Cristo; escuchar las inspiraciones del Espíritu Santo, que nos ayuda a ver qué nos pide Dios en cada momento y cómo podemos ejercitar la justicia y la caridad con las personas que nos rodean. San Josemaría enseñó a llenar el día de pequeños gestos de amor: dirigir la mirada a una imagen de la Virgen o a un pequeño crucifijo colocado en la mesa; elevar el pensamiento al sagrario más cercano (cfr. Forja, nn. 745-746); rezar con la Iglesia el Ángelus al mediodía; convertir los actos repetitivos y mecánicos en ocasión de recitar interiormente breves jaculatorias; ver, detrás de los documentos que estudiamos, a las personas a las que estamos llamados a servir; buscar a Dios en el rostro de los demás; consolar, con la palabra y con el ejemplo, a los compañeros más necesitados; comenzar por las tareas menos agradables –a menudo las más necesarias– uniéndolas al sacrificio de Cristo; considerar, en fin, la propia mesa como un altar donde nos unimos diariamente a nuestra Misa.

«En esa tarea profesional vuestra, hecha cara a Dios, se pondrán en juego la fe, la esperanza y la caridad. Sus incidencias, las relaciones y problemas que trae consigo vuestra labor, alimentarán vuestra oración. El esfuerzo para sacar adelante la propia ocupación ordinaria, será ocasión de vivir esa Cruz que es esencial para el cristiano. La experiencia de vuestra debilidad, los fracasos que existen siempre en todo esfuerzo humano, os darán más realismo, más humildad, más comprensión con los demás. Los éxitos y las alegrías os invitarán a dar gracias, y a pensar que no vivís para vosotros mismos, sino para el servicio de los demás y de Dios» (Es Cristo que pasa, n. 49).

La vida laboral no constituye un obstáculo para la vida de oración; por el contrario, es ámbito en el que esta puede arraigar y desplegarse con profundidad. También en ella se descubre el sacrificio oculto que da sentido a lo que hacemos y nos revela su significado espiritual:

«Nuestra condición de hijos de Dios nos llevará –insisto– a tener espíritu contemplativo en medio de todas las actividades humanas –luz, sal y levadura, por la oración, por la mortificación, por la cultura religiosa y profesional–, haciendo realidad este programa: cuanto más dentro del mundo estemos, tanto más hemos de ser de Dios» (Forja, n. 740).

«Me preguntas: ¿por qué esa Cruz de palo? –Y copio de una carta: “Al levantar la vista del microscopio la mirada va a tropezar con la Cruz negra y vacía. Esta Cruz sin Crucificado es un símbolo. Tiene una significación que los demás no verán. Y el que, cansado, estaba a punto de abandonar la tarea, vuelve a acercar los ojos al ocular y sigue trabajando: porque la Cruz solitaria está pidiendo unas espaldas que carguen con ella”» (Camino, n. 277).

¿Cómo encontrar a Dios en el trabajo en el siglo XXI?

Afirmar que el trabajo humano y la actividad profesional son el lugar de nuestro encuentro con Dios puede sonar a fórmula edificante, propia de la literatura espiritual, pero aparentemente desconectada de la experiencia cotidiana del siglo XXI. Para algunos, introducir una referencia explícita a Dios en el mundo secular de las relaciones laborales podría incluso parecer una estrategia artificial y abstracta para anestesiar los problemas reales: los problemas sociales acuciantes, las consecuencias negativas del desempleo y las migraciones, los conflictos entre empleados y empresarios, entre los ciudadanos y el Estado, entre competidores en el mercado o entre rivales que aspiran a puestos directivos dentro de la misma empresa.

Especialmente en las sociedades occidentales industrializadas, muchos ámbitos laborales están marcados por la ansiedad y la competitividad, por tensiones entre las partes implicadas, por la precipitación y la fragmentación de las relaciones humanas, factores que con frecuencia desembocan en sospecha y desconfianza. Para el habitante de la sociedad de consumo contemporánea, «trabajar bien» no suele remitir al ejercicio de las virtudes, sino a la maximización de beneficios, al aumento de la visibilidad mediática o al fortalecimiento de la marca corporativa.

El ritmo acelerado de la producción y el poco tiempo concedido para tomar decisiones favorecen el estrés, empobrecen la calidad de las relaciones personales y las reducen, no pocas veces, a vínculos instrumentales, a menudo desplazados además al plano virtual. Para muchos, el trabajo aparece como una carga de la que escapar, no como una realidad llamada a ser santificada. La vida –la verdadera vida– comenzaría cuando termina la jornada laboral: solo entonces volveríamos a ser nosotros mismos, pudiendo dedicarnos a nuestros seres queridos, a nuestros intereses, a aquello que, humanamente, nos realiza. Resulta significativo que, en algunas celebraciones de jubilación, se oigan exclamaciones como «¡Por fin libre!», síntoma cultural de una concepción del trabajo entendida ante todo como esclavitud, carga o limitación.

Si el panorama es el descrito, surge de modo casi inevitable la pregunta: ¿qué puede decir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo el mensaje de la santificación del trabajo enseñado por el fundador del Opus Dei? Se trata, sin duda, de una propuesta contracultural. El propio san Josemaría era ya plenamente consciente de ello en los años en que redactaba algunas de sus notas espirituales, más tarde recopiladas en Surco:

«Algunos se mueven con prejuicios en el trabajo: por principio, no se fían de nadie y, desde luego, no entienden la necesidad de buscar la santificación de su oficio. Si les hablas, te responden que no les añadas otra carga a la de su propia labor, que soportan de mala gana, como un peso. Esta es una de las batallas de paz que hay que vencer: encontrar a Dios en la ocupación y –con él y como él– servir a los demás» (Surco, n. 520).

A todos –también a quienes no comparten la fe cristiana– les propone tejer relaciones humanas sinceras y constructivas, reconocer y valorar los talentos de cada persona, y concebir el trabajo como servicio y no como afirmación del propio ego. Invita a quienes trabajan a comprometerse, guiados por la caridad cristiana, en una dinámica de unidad y no de división, edificando sobre la confianza y no sobre el antagonismo.

Recuerda, además, que la dignidad y la importancia de una tarea no se mide por los resultados alcanzados ni por los beneficios generados, sino por el amor con que se realiza y por el espíritu de servicio que la inspira.

«No hay oficios de poca categoría: todos son de mucha importancia. La categoría del oficio depende de las condiciones personales del que lo ejercita, de la seriedad humana con que lo desempeña, del amor de Dios que ponga en él. Es noble el oficio del campesino, que se santifica cultivando la tierra; y el del profesor universitario, que une la cultura a la fe; y el del artesano, que trabaja en el propio hogar familiar; y el del banquero, que hace fructificar los medios económicos en beneficio de la colectividad; y el del político, que ve en su tarea un servicio al bien de todos; y el del obrero, que ofrece al Señor el esfuerzo de sus manos» (Carta 14, n. 5).

A los creyentes, el fundador del Opus Dei les enseña que el trabajo, la familia y la vida espiritual no constituyen ámbitos separados, sino dimensiones llamadas a integrarse en una existencia a la vez santificada y santificadora. Les recuerda que el apostolado y la relación con Dios no comienzan cuando termina la jornada laboral, sino que brotan y se despliegan en el ejercicio mismo del trabajo.

Asimismo, sugiere que la mentalidad profesional que cada uno cultiva puede iluminar otros ámbitos de la vida: ayudar en la educación de los hijos, orientar la participación en la vida social y ordenar responsablemente el tiempo de descanso. Enseña que se sigue amando en el lugar de trabajo si se sabe amar cuando se vive en familia; que la Misa que cada fiel vive a través de su sacerdocio común se extiende a lo largo de las 24 horas del día; que cada minuto tiene valor de eternidad; y que todo momento es ocasión para amar a Dios y a los demás.

El trabajo, para san Josemaría, es además el cauce para orientar todas las energías y deseos de servicio a favor del bien común, no solo del beneficio particular: una persona que quiere santificar su trabajo «no puede vivir de espaldas a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de sus hermanos los hombres» (Forja, n. 453). Este horizonte de servicio da sentido y valor al trabajo personal.

Por último, la exhortación de san Josemaríaa vivir como «contemplativos en medio del mundo» adquiere implicaciones específicas en el contexto del trabajo cotidiano. En las múltiples actividades de la jornada laboral, quien adopta una mirada contemplativa sabe dar gracias a Dios por las virtudes de quienes le rodean; perdona de corazón los malentendidos y las ofensas; se muestra atento a quienes sufren, a quienes están solos, a quienes han quedado rezagados; y reconoce en cada persona la dignidad de imagen y semejanza de Dios.

Contempla a Dios en el trabajo quien dirige una mirada filial a la creación, se maravilla ante su belleza y el orden de sus leyes, se sorprende por los logros de la técnica y de la inteligencia humana, y se alegra de poder contribuir al crecimiento de la sociedad mediante la construcción de relaciones marcadas por la caridad y la justicia. Alaba, en fin, a Dios por la gracia de cooperar, a través del propio trabajo, en la conducción de la creación hacia su plenitud.

«Reconocemos a Dios no solo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por él, herederos de sus promesas» (Es Cristo que pasa, n. 48).


[1] Traducción propia del texto griego de los LXX.


Esta serie está coordinada por el prof. Giuseppe Tanzella-Nitti. Cuenta con otros colaboradores, algunos de los cuales son profesores y profesoras de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma).