Dar a conocer a Jesús: las catequesis
Probablemente te hayas parado alguna vez a pensar en toda la gente que no conoce a Dios o que tiene una idea equivocada de Él.
Antiguamente, los cristianos emprendían largos viajes para anunciar el Evangelio. El apóstol Santiago recorrió el mundo conocido hasta llegar a Finisterre, lo que entonces se consideraba literalmente el fin de la tierra. Siglos después, San Francisco Javier, un navarro del siglo XVI, cruzó mares y continentes hasta morir a las puertas de China. Todo por dar a conocer a Jesús a quienes no le conocían.
A veces imaginamos que para ser misionero hay que cruzar océanos, como esos grandes santos que recorrieron el mundo entero anunciando a Cristo y los misioneros que actualmente continúan haciéndolo. Pero hoy sabemos que no hace falta subir a ningún barco. En nuestro día a día, a nuestro alrededor, nos encontramos con muchas personas que apenas han oído hablar de Jesús.
El cardenal John Henry Newman decía: “Cualquier chico bien instruido en catecismo es, sin él sospecharlo, un auténtico misionero”. Y hablaba también de ti. Misionero no es solo el que viaja lejos, sino el que transmite la fe allí donde está. Esa es la aventura que llama a tu puerta.
Recibir, vivir… y salir a dar
Cuando san Josemaría comenzó el Opus Dei, empezó entre jóvenes. Estudiantes normales, con exámenes, amigos y planes de futuro. El 21 de enero de 1933 tuvo lugar el primer círculo de San Rafael. Y al día siguiente, aquellos mismos jóvenes, animados por san Josemaría, acudieron a una parroquia de un barrio pobre de Madrid para dar catequesis a niños de Primera Comunión.
No hubo tiempo para acomodarse. No era un grupo para escuchar y ya está. Desde el principio, San Rafael nació apoyándose en dos pilares fundamentales, uno pensado para la cabeza: los círculos, y otro para el corazón: la catequesis. Recibir y dar. Siempre las dos cosas. Porque la fe que solo se escucha, pero no se comparte, termina enfriándose.
Esa misma invitación de dar lo recibido sigue vigente hoy. San Josemaría preguntó una vez a Adolfo Rodríguez Vidal, -miembro del Opus Dei, sacerdote y posteriormente obispo-: “¿Te atreverías a ir a Chile?” Aquella pregunta detonó la aventura de su vida. Nosotros también estamos llamados a responder a los “atrevimientos” de Dios, aunque muchas veces no impliquen viajar lejos, sino lanzarnos a dar a conocer a Jesús en nuestra rutina, en nuestra ciudad o en nuestro barrio. La pregunta se hace entonces personal: ¿y tú? ¿te atreverías a lanzarte a dar a conocer a Jesús? ¿te atreverías a ser catequista?
La formación no es para guardarla
Cuando San Josemaría escribió en Forja difundir la luz de la doctrina de Cristo. Atesora formación, llénate de claridad de ideas, de plenitud del mensaje cristiano, para poder después transmitirlo a los demás”, pensaba en jóvenes como tú. Puede que no te sientas muy preparado. Tal vez no recuerdes de memoria lo que estudiaste para la Primera Comunión. Quizá haya cosas que no entiendes del todo o que no sabrías explicar bien.
Pero nadie empieza siendo experto. Se empieza diciendo que sí.
Cada semana, en los círculos o charlas de formación, en la dirección espiritual, en las meditaciones, participas de lo que san Josemaría llamaba “la gran catequesis” que es la Obra. Esa formación te ayuda a vivir como cristiano coherente en medio del mundo. Pero no puede quedarse ahí. Está llamada a hacerse vida y a darse a los demás.
La catequesis es ese momento en el que lo que recibes deja de ser algo solo tuyo para convertirse en un regalo. Cuando tu deseo de llevar a Jesús a otras almas deja de ser una idea bonita y pasa a tener un día, una hora y un lugar concretos. La formación que recibimos se hace vida cuando ponemos un empeño real en darla a los demás, cuando pasa de la cabeza al corazón y del corazón a la voluntad, aterrizándose en algo tan concreto como el compromiso de dar catequesis en la parroquia de tu barrio. Entonces todo cambia.
El que más recibe es el que da
“Nadie da lo que no tiene”, dice el refrán. Es verdad. Pero también es verdad lo contrario: cuando intentas dar, te das cuenta de todo lo que necesitas recibir. Ya decía San Josemaría en Camino: “Alma de apóstol: primero, tú”.
Quien se compromete a dar catequesis empieza a hacerse preguntas nuevas. Quiere explicar mejor. Busca. Lee. Reza más. Pregunta lo que no entiende. Se toma más en serio su vida cristiana, porque sabe que otros dependen de él. Y casi sin darse cuenta, su relación con el Señor se fortalece y su vida interior crece.
Jesús prometió el ciento por uno a quienes lo siguieran con generosidad. En la catequesis esa promesa se cumple de un modo muy concreto: parece que tú vas a enseñar, pero eres el primero que aprende. Parece que tú vas a dar, pero eres el que más recibe.
En la catequesis todos ganan. Pero el catequista gana más. Se convierte en verdadero apóstol de Cristo, alegre, capaz de iluminar a los demás con el testimonio de una vida clara y coherente.
Sembrar en el corazón
El Papa León XIV recordaba que educar en la fe no es adiestrar, sino poner en el corazón la palabra de vida para que dé fruto. Eso es la catequesis: sembrar.
Enseñar a un niño a hacer la señal de la cruz. Hablarle de Jesús como su mejor amigo. Explicarle que tiene un Padre en el Cielo y una Madre que es la Virgen. Animarle a tratar a su Ángel de la Guarda. Recitar con él sus primeras oraciones. Acompañarle hasta su Primera Comunión sabiendo que ese día marcará su vida para siempre.
Consiste en regalar a otros lo que tú has recibido gratis. Y no cualquier regalo sino el mayor regalo que nadie puede recibir jamás.
Antes de subir al Cielo, Jesús nos dijo: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio”. No se lo dijo solo a Pedro, Santiago, Juan y los que estaban por allí. Nos lo dice hoy a nosotros. La Iglesia nos necesita. El mundo necesita cristianos que no se queden en la teoría y se pongan manos a la obra.
¿Y si fuera el Papa quien te pidiera dar catequesis en tu parroquia? Los cristianos formamos parte de la mayor revolución de todos los tiempos. Hemos recibido una llamada concreta, con nombre y apellidos, a dar la vida y servir a la Iglesia y al mundo. Y este servicio se aterriza en atender las necesidades concretas de la Iglesia en tu ciudad, en tu barrio, en tu parroquia.
San Rafael: aprender para salir
La catequesis no es una actividad más dentro de la checklist de San Rafael. Está en su origen desde el primer día.
Lo que escuchas en el círculo no termina cuando se acaba. Empieza cuando lo rezas, lo haces vida… y lo compartes. La formación prepara el corazón; la catequesis lo ensancha.
“El afán de apostolado es la manifestación exacta, adecuada, necesaria, de la vida interior. Cuando se paladea el amor de Dios se siente el peso de las almas”, decía San Josemaría. Hemos recibido tanto de Dios. Nos sabemos unos privilegiados y nos admiramos de que el Señor nos haya regalado tanto. De la admiración y el agradecimiento ante todo lo que Dios nos ha dado nace el deseo de dar a los demás. Recibes y das. Das y creces. Y en ese intercambio, Dios nunca se deja ganar en generosidad.
Quizá todo empieza con algo muy sencillo: decir que sí a una hora concreta en una parroquia concreta. Pero detrás de ese sí hay algo mucho más grande: dejar que Dios se sirva de ti para que el Evangelio llegue a otros a través de tu vida.






