Un empresario, una pedagoga y una catequesis que creció con los años

En Tegucigalpa, el matrimonio de supernumerarios Virgilio y Gloria dedica parte de su tiempo a preparar para la Primera Comunión a amigos de sus hijos. Lo que comenzó durante la pandemia como una experiencia improvisada por Zoom se ha convertido, con los años, en una catequesis que ha acompañado a varios grupos de niños en su camino hacia los sacramentos.

Todo empezó con una pequeña emboscada familiar. Mi esposa Gloria, su amiga Evangelina y mi amigo Dino se pusieron de acuerdo para convencerme de dar clases de catequesis durante la pandemia. La idea era que, siendo varones inquietos y activos, quizá los niños prestarían más atención si quien les hablaba era el papá de uno de sus compañeros. El plan era hacerlo por Zoom.

Puede sonar divertido ahora, pero para mí era casi imposible: nunca había dado clases, mucho menos catequesis, y todavía menos a través de una computadora. Soy empresario; disfruto jugar golf, salir de cacería con mis hijos, compartir un buen vino o un puro con amigos. Dar catequesis por Zoom a un grupo de niños no estaba en mis planes. Lo único que tenía a favor eran los años de formación espiritual recibidos en el Club Espavel y la asistencia al círculo. Gloria, que es licenciada en pedagogía, me dijo que me ayudaría con el material y la preparación de cada clase. La primera vez me acompañó… y luego me dejó volar solo.

                             Durante un clase de catequesis virtual

El primer grupo empezó en 2021. Entre los alumnos estaba mi hijo Virgilio y unos veinte compañeros de su colegio. Usábamos un cuaderno de trabajo y pedí a los padres que acompañaran a sus hijos durante las clases. Eso me ponía nervioso: cada explicación que yo daba la escuchaban también ellos. Pensaba para mis adentros: “¡Qué catequista el que hemos conseguido!”

Nos conocimos por primera vez usando mascarilla. El día de la primera confesión los convoqué en Espavel y, gracias al apoyo de Dino y de los sacerdotes, los niños pudieron confesarse. Algunos padres de familia también lo hicieron. Fue un día muy especial, porque por primera vez veía a los niños en persona.

Llegó finalmente el día de la Primera Comunión. La alegría era palpable: en los niños, en los padres, en mi esposa y también en mí. Gloria se encarga cada año de organizar muchos detalles: flores, música, fotografías… y las mamás de los niños colaboran para que la iglesia esté festiva y los muchachos lleguen muy elegantes. Ese día comprendí algo importante: el amor a mi hijo y el deseo de que se preparara bien para recibir a Jesús me habían llevado a descubrir que también podía enseñar. Desde entonces muchos me conocen como “Mr. Virgilio”, catequista… a los 50 años.

                        Con nuestro hijo el día de su primera comunión

Pensé que la misión estaba cumplida. Pero mi sorpresa fue grande cuando Gloria y varias mamás ya tenían otro grupo de niños en lista de espera. Y después vino el turno de mi otro hijo, Gabriel, con sus amigos. Así, desde 2021 hasta hoy, hemos acompañado cinco grupos distintos de niños. Cada uno ha sido diferente, con nuevos retos y muchas alegrías. Ahora las clases son presenciales, compartimos más con ellos, conversamos… y a veces hasta jugamos guerra de brazos, si se portan bien.

Lo más curioso es que las mismas mamás del primer grupo han vuelto a “emboscarme”: quieren que prepare a esos mismos muchachos —que ahora tienen 13 o 14 años— para la Confirmación. Los conocí cuando tenían siete.

Gloria dice que ahora soy mejor maestro que ella, aunque todavía se ríe de mis métodos. En realidad, esto ha sido siempre un trabajo en equipo: con el apoyo de Espavel, de mi esposa, de los padres de familia y de muchas personas que cada año ayudan con la música, las flores o las fotos para que el día de la Primera Comunión sea una verdadera fiesta.