Encerrados en la Legación de Honduras

En plena guerra civil, en marzo de 1937, san Josemaría permaneció cuatro meses y medio encerrado con algunos miembros del Opus Dei y una decena de familias en la legación de Honduras, un edificio situado muy cerca de la plaza de Emilio Castelar en Madrid y que gozaba de inmunidad diplomática. Esos meses de aislamiento significaron también una etapa de crecimiento espiritual para san Josemaría y los que le acompañaban.

Se suele afirmar que la historia es maestra de vida y verdaderamente los que nos hemos dedicado a esta materia tenemos experimentado que, cuando se vuelve a los documentos, cuando se vuelve a esa historia bien hecha, objetiva y debidamente marcada, realmente se aprende mucho de la historia y se aprende mucho de cómo aplicar la historia a la propia vida.

Es lógico que, en estos días que estamos viviendo en una situación tan especial con el coronavirus, volvamos nuestra mirada hacia atrás, hacia la historia de la Iglesia, hacia la historia del Opus Dei, hacia la historia de San Josemaría y extraigamos enseñanzas para nuestra propia vida.

En ese sentido, hay una escena muy concreta, muy práctica, que puede quizás ser objeto de un momento de consideración por nuestra parte desde el ángulo de la historia. Es esa etapa que se suele llamar la Legación de Honduras, el momento en el que en plena guerra civil española, en los primeros meses de 1937, el Frente de Guerra ha quedado ya estabilizado. Las campañas militares a lo largo de esos meses se van a concentrar en Málaga, se van a concentrar en Santander, en Bilbao. Es decir, el sur y en el norte de la Península. Y todavía no está decidido a la guerra, ni diplomáticamente ni bélicamente. En el propio Madrid, en esos meses de marzo a septiembre, lo que hay es una situación de mayor orden público en la calle. El gobierno de la República ha controlado la calle y, por tanto, hay más controles en la calle. Evidentemente, los controles se realizan con orden y con concierto en el mes de marzo.

La difícil situación de la Legación de Honduras

Las embajadas de los diversos países en Madrid se habían coordinado para dar apertura a aquellas personas que querían buscar refugio porque se sentían perseguidas por el régimen. En ese sentido, el conjunto de las embajadas en Madrid llegó a tener hasta 11.000 refugiados.

Una de ellas era -en una situación bastante especial- es la de la Legación de Honduras. el Consulado de Honduras. ¿Por qué? Porque el Gobierno de Honduras había reconocido al bando que se llama nacional. Es decir, al Gobierno que estaba empezando a tomar el mando de las operaciones militares contra la República en Burgos. Por tanto, la Legación de Honduras se coloca en una situación muy difícil y pasa a estar bajo la dependencia del Consulado de Chile. La Legación de Honduras lo único que puede garantizar es al propio cónsul, a su familia y a las personas que decidan refugiarse allí con autorización del Consejo.

En el mes de marzo, San Josemaría y un grupo de hasta cinco personas del que ahora iremos hablando de cada uno de ellos. Un hermano suyo, otros fieles de la Obra se irán incorporando y tendrán la suerte de pasar unos meses refugiados allí, en un clima de serenidad, de paz a la vez que en un clima de inquietud, como veremos a continuación, porque todavía pasarán muchos meses hasta que salgan. Y hay todavía mucha incertidumbre sobre el futuro y sobre las noticias que van llegando.

El Consulado de Honduras estaba situado en el Paseo de la Castellana del número 51 duplicado, en un edificio que actualmente se conserva muy cerca de la plaza de Emilio Castelar. El cónsul de Honduras vivía en el principal izquierda y en el principal derecha vivía un familiar suyo, pero ya estaban bajo bandera americana. Por tanto, el principal izquierda es donde estaba la Legación de Honduras y había alquilado el primero izquierda, de tal modo que lo que sería la sede de la Legación de Honduras, el principal izquierda, una casa bien amueblada, elegante, con hall amplio y cinco habitaciones, un cuarto de baño grande y un cuarto de estar.

Eso, que en condiciones normales hubiera podido vivir una familia o dos, ahí vivían cinco familias, y al fondo, en esa habitación, un pequeño cuarto de estar con una habitación, una ventana que daba a un patio interior, ahí es donde se alojan san Josemaría y cinco personas. Y ahí es donde también con colchonetas, a veces tienen que meterse todavía dos personas más. En el piso de arriba, en ese anexo que había alquilado el consulado, ahí llegan a estar hasta 30 personas, incluso hasta 60 en algún momento.

Todo eso queda bajo la bandera hondureña y en principio fue respetado durante la guerra. Es verdad que hubo momentos de sobresalto cuando alguna de las embajadas, por ejemplo, la de México, fue asaltada. Pero en general se mantuvo el respeto hacia en estas delegaciones o estas embajadas.

La vida diaria en la Legación de Honduras

¿Cómo era la vida dentro de la Legación de Honduras? Pues evidentemente es un ambiente difícil, primero porque hay que conseguir el abastecimiento diario. El coche de la Legación de Honduras tenía posibilidad de moverse, de buscar alimentos no solo en los mercados de Madrid, sino también en los pueblos cercanos. Y todos los días salía a la búsqueda de la alimentación necesaria. Esa alimentación en la medida en que podían conseguirla, bastante escasa. Pero bueno, por lo menos algo podían tomar en la comida y algo en la cena. Y al menos algo parecido a un café con leche en el desayuno, o un té. Esa alimentación diaria se servía en el gran salón de la Legación, que poseía una mesa muy grande y donde bien por turnos o bien apretadamente, servían esas comidas diarias. Por tanto, el primer problema es el problema lógico del abastecimiento, sobre todo en la medida en que va pasando el tiempo de la guerra y por tanto, lo que va llegando a los mercados de Madrid cada vez es menos y de peor calidad.

En segundo lugar, está el problema del ambiente cerrado de una Legación donde pueden pasar de 2 a 5 familias a 30 personas o 60 de toda clase y condición. Evidentemente ese clima de vivir juntos personas tan distintas y por otra parte, que están en una situación de incertidumbre: desde sí puede ser asaltada la embajada o la Legación en este caso, por su fragilidad diplomática, y también porque hay una incertidumbre sobre cuál va a ser el final de la contienda. Por otra parte, la radio que oyen es la radio de la República y lógicamente los mensajes que se transmiten no son del todo exactos, corresponden más bien a los intereses del bando republicano. Lógicamente, cualquier noticia pasa a ser comentario, pasa a ser un bulo que a veces es creado por el propio nerviosismo de las personas.

En ese sentido contrasta claramente ese ambiente cerrado, ambiente de tensión, de estar en alerta permanente. Contrasta ese clima que hay en la casa, en la Legación con el clima que se crea en esa habitación del fondo donde todos los días san Josemaría y ese grupo de jóvenes que le rodean han establecido un horario, procuran dedicar un tiempo a la oración, procuran dedicar un tiempo a sus estudios, a los idiomas también, incluso alguno de ellos se va preparando una conferencia o un tema de su especialidad y van exponiéndolos.

También hay momentos para la broma, porque lógicamente en la convivencia estrecha también surgen esas bromas que hacen más amable, distendido, el ambiente en el que están viviendo. Por ejemplo, José María González Barredo, que es uno de los que está allí, que es catedrático de Instituto de Física y Química, que después marcharía a Estados Unidos, trabajaría en el equipo de Fermi, siempre fue un hombre muy despistado. Sus despistes se manifestaban en que todo lo que veía lo guardaba en el bolsillo, de tal manera que san Josemaría, cuando alguien preguntaba si se había visto un objeto o aquel otro, decía: mirar en los bolsillos de Jose María o en su maleta, que era el armario. Y efectivamente, muchas veces se podía salir desde una camisa hasta un paraguas.

Una meditación diaria comentando el Evangelio

Es interesante también la broma que surgía con con el propio Eduardo Alastrue, que es en este caso el hombre clave para el conocimiento de lo que ocurría en el interior, porque todos los días san Josemaría les predicaba una meditación. Hacía un rato de comentario largo del Evangelio del día a modo de oración personal en voz alta. Al terminar la conversación, media hora más o menos.

Eduardo, que era un hombre de una gran memoria, podía prácticamente calcar la meditación, con la ayuda del Beato Álvaro del Portillo, que luego acabaría siendo el sucesor de san Josemaría: ingeniero de Caminos, Doctor en Historia, y en Canónico. Con la ayuda de don Álvaro. Pues bueno, Eduardo Alastrue, catedrático de Dinámica Externa de la Facultad de Ciencias Naturales de Sevilla y después catedrático de Geodinámica Externa de la Facultad de Geológicas de la Complutense. Un hombre de una memoria, ya digo, proverbial.

José María anota muchos comentarios que hace San Josemaría en las meditaciones sobre el ambiente, la galgera, hay muchas bromas con respecto a cosas que pasan por allí. Desde que el propio hermano de san Josemaría, Santiago Escrivá, que era un hombre de 18 años, joven en la plena vitalidad de la vida, pues no podía dormirse sin hacer una tabla de gimnasia. Naturalmente, la tabla de gimnasia acababa haciéndola sobre la colchoneta en el momento en que todos estaban durmiendo. Las cosas que las cosas de la vida. Cuando se juntan muchas personas en un mismo lugar durante un tiempo, también aparecen esas pequeñas manías o esas pequeñas bromas que van surgiendo en la convivencia.

Las impresiones de Consuelo Mateu

Un documento para entender y conocer lo que pasaba allí es el testimonio que escribió Consuelo Mateu, la hija del cónsul de Honduras. Ella, que era muy joven, tenía esa curiosidad natural y notaba que había algo especial en aquella habitación, en aquel grupo de personas.

Ella sabía que don Josemaría era sacerdote porque en la primera etapa de la vida consular le habían dejado celebrar la misa. Después, por miedo a represalias, porque había guardia (la República puso guardia en las puertas de los consulados), para que nadie pudiera denunciarlos, san Josemaría pasó a celebrar misa en el interior, es decir, en la propia habitación que ocupaba.

Ella, que conocía que san Josemaría era sacerdote y veía aquel grupo de jóvenes a su alrededor, siempre pensaba: aquí hay algo más que un sacerdote y un grupo de jóvenes. Aquí hay algo especial, esa manera de tratarse de esa manera, de cuidarse unos a otros. Esa elegancia en el modo de tratar, esa paz interior, esa convivencia, esa fraternidad. Hay algo más, pensaba ella.

Y es muy interesante porque en sus recuerdos dejó por escrito que, cuando meses después, en 1939, al terminar la guerra, cayó en sus manos el primer ejemplar de Camino, que es esa obra que san Josemaría escribió, en la que anotaba puntos de meditación, algunos de ellos proceden de la Legación de Honduras precisamente, cuando ella leyó ese libro entonces es cuando cayó en la cuenta de que lo que ocurría es que aquel grupo de jóvenes y San Josemaría vivían lo que ponía en ese libro. No sólo luchaban por ser santos en medio del mundo, sino que verdaderamente, con la gracia de Dios, lo estaban llevando a la práctica.

El Opus Dei, una institución muy joven

El Opus Dei lleva muy poco tiempo de vida, se había desarrollado muy poquito todavía: había personas de la Obra en Valencia, estaba aquel pequeño grupo en Madrid, la residencia de estudiantes en la calle Ferraz, la residencia DYA.

Estaban en julio de 1936 con proyectos, pero realmente eran muy poquitos y algunos de ellos, al comienzo de la Guerra Civil, están encarcelados, otros tienen la suerte de pasar unos meses junto al fundador, otros como Isidoro Zorzano, ingeniero industrial, uno de los primeros miembros del Opus Dei, estaba en la calle y era como el enlace, porque era ciudadano argentino, había nacido en Argentina, aunque luego había estudiado el bachillerato en Logroño.

Isidoro había conocido a san Josemaría cuando los dos eran jóvenes estudiantes en Logroño y después terminó la carrera de Industriales en Madrid. Había trabajado en Málaga y luego viene a Madrid para ser el director de la Residencia de estudiantes de la calle Ferraz, de la nueva residencia que iba a abrirse en el mes de julio, un proyecto que quedó truncado precisamente por el inicio de la guerra.

Por eso es muy importante el comentario de Juan Jiménez Vargas, otro de aquellos que estaban refugiados, médico catedrático de Fisiología de la Universidad de Barcelona y luego de la Universidad de Navarra, un castizo madrileño de una gran talla humana, aunque de aspecto quizás era bastante bajo, pero era un hombre de una gran categoría humana y espiritual. Y Juan, cuando se apagaban las luces en la plaza de Castelar para reducir gastos, ya era de noche, él conseguía salir un momento de la Legación de Honduras para dar un paseo, y viendo y repasando el día, ante la apariencia de que no habían hecho nada, él se hacía esta consideración: un día más, pero aquí estamos, sacando adelante la familia.