(Transcripción del audio)
Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, san José, mi padre y señor, ángel de mi guarda, interceded por mí.
Hoy nos imaginamos, Jesús, que, como tantas veces, entras en una aldea. Tu fama te precede y te quedas allí unos cuantos días. Enseñas, curas a algunos enfermos, expulsas a algunos demonios, bendices a niños a los que ya los apóstoles no se atreven a regañar. Y unos días después reemprendes de nuevo tu camino hacia Jerusalén.
Pero en aquella aldea podemos imaginarnos que hay un joven. Un joven que desde que escuchó que ibas a llegar no ha podido vivir tranquilo. Es hijo de uno de los hombres más ricos del pueblo y, a la vez, tiene bastantes posesiones. Es un fiel israelita que siempre ha procurado cumplir escrupulosamente los mandatos de la Ley y todas las prescripciones legales. Sin embargo, siente en su corazón que le falta algo. No se conforma con lo que ya hace, aunque hace mucho y bueno. Siente que Yahvé espera algo más de él, pero no es capaz de imaginarse qué puede ser lo que le falta.
¿Y si le preguntara al rabí de Nazaret del que todo el mundo habla? Pero le gustaría preguntar a solas, y el rabí siempre está rodeado de sus apóstoles y de mucha más gente que escucha embelesada su enseñanza. Pero ¿y si Jesús no vuelve a pasar por su aldea? ¿Y si él se queda con esa inquietud que empieza a pesarle demasiado en el corazón?
De pronto podemos imaginarnos que su madre entra donde está él, interrumpe sus pensamientos y le dice: “El rabí de Nazaret va a dejar la aldea. Al final, ¿no te vas a atrever a preguntarle eso que te está rondando por la cabeza?”. Y el muchacho mira, sorprendido y agradecido, a su madre, porque sin necesidad de que él diga nada, ella ha adivinado sus pensamientos. Así que no se lo piensa más: se levanta de un salto y sale en busca del Maestro.
Pero la aldea parece totalmente vacía. Nos podemos imaginar que solo hay una anciana, que no ha ido con los demás a despedir a Jesús porque ya no puede caminar. El joven pregunta por Jesús de Nazaret y la anciana, con una sonrisa llena de ternura, le señala el camino que sale de la aldea hacia Jerusalén.
El muchacho se sobrepone a todas sus dudas y echa a correr. Le da igual lo que piensen los demás. Va a hacerle al Maestro la pregunta definitiva, cueste lo que cueste. Pronto descubre que el grupo todavía no está demasiado lejos y, cuando llega a su altura, no deja de correr y va adelantando a los discípulos, que le miran con cara de “¿pero qué mosca le ha picado a este chaval?”, hasta que se planta delante de Jesús y se postra de rodillas.
El Maestro se para y se hace un profundo silencio, interrumpido por la respiración todavía jadeante del muchacho. Y ahora ya no nos lo imaginamos, sino que lo leemos directamente en el Evangelio: “En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: ‘Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?’”.
A ti, Señor, te sorprende la valentía de ese muchacho, que se atreve a postrarse ante ti, a pesar de que cada vez son más tus enemigos, y te conmueve su buena disposición. No ha acudido a ti para que le soluciones un problema o le cures una enfermedad, sino para saber qué tiene que hacer para heredar la vida eterna. Es uno de los judíos que creen en la vida eterna. Sonríes y empiezas con él una conversación que le ayude a abrir horizontes.
Jesús respondió: “¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”. Y el joven te contesta y replica: “Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?”.
El joven está orgulloso de poder responder con sinceridad que todo lo ha cumplido, pero sabe que no basta con hacer cosas buenas. Sabe por experiencia que el mero cumplimiento de las normas, de las leyes morales, no llena el corazón humano.
Y ahí estás tú, Señor, con esa mirada, al ver un alma tan bien dispuesta. San Marcos escribe: “Jesús se quedó mirándolo, lo amó”. Y, como tú, Jesús, sabes mejor que nadie lo que hay en el corazón de cada uno, le pides no solo lo que puede dar, sino lo que le va a hacer de verdad feliz. Y le dices: “Una cosa te falta”.
El muchacho está cautivado con tu mirada: se siente conocido y se siente amado, y está dispuesto a cumplir cualquier cosa que le pidas. Pasar más horas rezando en la sinagoga, trabajar más duro, tratar mejor a los siervos de su padre, dar una limosna generosa… Aguanta la respiración mientras espera tu respuesta para saber qué es lo único que le falta.
“Una cosa te falta. Anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo; y luego ven y sígueme”.
Y nos podemos imaginar que el muchacho, para su desgracia, deja de mantener su mirada fija en Ti, Señor. Mira ahora al suelo, mientras por su cabeza hace un rápido repaso de todo lo que perdería si acepta la invitación que le acabas de hacer. Vender lo que tiene… ¿Qué bienes podría tener un judío del siglo I? No su chalet, ni su coche, ni su móvil; no tendría ni siquiera papel higiénico. Tendría quizá su burro, sus hectáreas de tierra, algo de ganado, tres túnicas, unas sandalias… unas sandalias “de marca”, de marca “Victoria”, es decir, “Nike”.
“Anda, vende tus bienes. Dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo; y luego ven y sígueme”.
El joven esperaba tener que compartir, esperaba tener que cumplir con alguna obligación. Pero ¿darlo todo? ¿Y entonces qué le queda a él, que estaba pensando en cómo adquirir nuevos terrenos y estaba ahorrando para un camello? Y además dárselo a los pobres, a esos que —piensa él— no trabajan para ganarse el pan, que solo se dedican a mendigar. Y luego… ir con Jesús: recorrer Palestina contemplando sus milagros, escuchando sus enseñanzas, y acompañado de esos apóstoles iletrados, con cara de brutos, sin volver a probar los ricos platos que cocina su madre.
Las palabras de Jesús le siguen retumbando en la cabeza, pero ya no mira al Maestro. Teme que, si su mirada se encuentra con la Tuya, Señor, ya no será capaz de decirte que no.
“Vende tus bienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo; y luego ven y sígueme”.
A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste, porque era muy rico. Era muy rico… el pobre.
Siempre que contemplamos esta escena, Señor, nos entristece, y no es solo la falta de generosidad del joven. Le vemos alejarse, cabizbajo, después de haber gozado del ímpetu que le llevó a ponerse de rodillas delante de todo el mundo. Se levanta y se va alejando ante la mirada atónita o enfurecida de los apóstoles. Y Tú, Señor, le ves marcharse, y asoma a Tus ojos una lágrima de misericordia. Pero no le detienes, porque respetas extremadamente nuestra libertad.
Entonces diriges tu mirada hacia tus discípulos y se te escapa, como en un suspiro: “¡Qué difícil les será entrar en el Reino de Dios a los que tienen riquezas!”. Los discípulos quedaron sorprendidos de estas palabras, pero Jesús añadió: “Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Más fácil es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios”.
Ellos se espantaron y comentaban: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”. Jesús se les quedó mirando y les dijo: “Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo”. Dios puede hacer que, aunque tengamos muchos bienes, nuestro corazón no esté cerrado en ellos. Dios nos puede dar la gracia para dejarlo todo y seguirle.
Y aunque se habían espantado de lo difícil que es entrar en el Reino de Dios, de pronto Pedro, que se da cuenta de que ellos no tienen nada, que también han sentido la mirada misericordiosa de Jesús —que los miró, los amó y les invitó a seguirle—, y que ellos sí lo dejaron todo, se pone a decirle: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”.
Jesús dijo: “En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras por Mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más: casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones; y en la edad futura, vida eterna”.
Imagínate ahora sobre ti la mirada amorosa de Jesús, que te llama, que te invita a seguirle, y procura no bajar tu mirada. ¿Cuál es tu reacción? ¿Frunces el ceño y te vas triste, o esbozas una sonrisa y le dices: “Aquí estoy, Señor, porque me has llamado”?
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, san José, mi padre y señor, ángel de mi guarda, interceded por mí.





