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San Josemaría describe la prudencia como «sabiduría del corazón»: un compromiso lúcido con el bien que implica tomarse tiempo para reflexionar, saber cuándo pedir ayuda, no tener miedo ante los desafíos, convertir las buenas intenciones en acción cuanto antes, asumir la responsabilidad de los propios errores, entregarse de lleno al cuidado de los demás y amar la voluntad de Dios (cfr. Amigos de Dios, nn. 85-87). Son muchas las características de una sola virtud. 

La prudencia no es la virtud más importante —ese lugar le corresponde a la caridad, el amor mismo—, pero atraviesa todo lo demás. Consiste en discernir lo que es bueno y elegir el mejor camino para llegar a ello. 

Cuando un amigo tuyo está en crisis, la prudencia fortalece tu compromiso de cuidarlo y te ayuda a discernir si, en ese momento, lo que más le va a ayudar es un consejo serio o una distracción alegre. Cuando eres tú quien está en crisis, te ayuda a ver la luz al final del túnel y a empezar a avanzar hacia ella, como puedas: arrastrándote, con paso firme o a toda velocidad. 

Aproximadamente a tres cuartos de David Copperfield aparece un personaje llamado Annie, cuyo amigo de la infancia intenta convencerla de que está enamorada de él, y no de su marido. Ella admite que quizás se habría casado con él si nunca hubiera conocido a quien es ahora su esposo, pero reconoce que habrían sido muy desgraciados juntos. «Si no tuviera otro motivo de gratitud hacia mi marido», dice, «debería estársela por haberme salvado del primer impulso equivocado de mi corazón indisciplinado» (capítulo 45). 

La prudencia no es la virtud más importante, pero atraviesa todo lo demás. Consiste en discernir lo que es bueno y elegir el mejor camino para llegar a ello.

Esas palabras las pronuncia después de tomar algunas decisiones heroicamente prudentes que no vamos a enumerar aquí. Lo importante es que estas palabras permanecen en David (sin destripar nada, pero él ha tomado decisiones importantes guiado por un corazón indisciplinado) y son un buen punto de partida para reflexionar sobre modos concretos de crecer en prudencia. 

Un corazón indisciplinado es lo contrario de un corazón sabio. Dos pasos esenciales para pasar del primero al segundo son aprender a escuchar —la voz de Dios, ante todo, y la de personas de confianza que puedan ayudarte a reflexionar sobre tus decisiones y animarte a seguir siendo la persona que quieres ser— y aceptar los propios errores. 

También ayuda mucho pensar primero en lo que es recto cuando tienes que tomar una decisión, y solo después en cómo superar las dificultades que conlleva llevarlo a cabo. En cuestiones de bien y mal, de cuidado de las personas y de amor a Dios, el hecho de que algo sea difícil no puede ser un factor determinante. 

San Juan, que se describe a sí mismo como el discípulo a quien Jesús amaba, es uno de los patrones de la formación de jóvenes en el Opus Dei, porque se entregó de lleno a seguir a Jesús. Era el más joven de los apóstoles y el único que estuvo al pie de la Cruz junto a María. Eso también es prudencia: ver lo que Dios quiere y no esperar ni un instante antes de poner el amor en acción. 


En resumen:

  • Definición: la prudencia es ver lo que es recto y elegir el mejor camino para llegar a ello. 
  • Jóvenes santos: San Juan —el más joven de los apóstoles y el único al pie de la Cruz— nos muestra cómo es la prudencia en acción: ver lo que Dios quiere y poner el amor en marcha sin demora. 
  • Libros y películas: En David Copperfield, Annie reflexiona que su marido la salvó de cometer un grave error movida por un «corazón indisciplinado». En contraste, un corazón sabio escucha, reflexiona y ama profundamente. 
  • De san Josemaría: «No es prudente el que no se equivoca nunca, sino el que sabe rectificar sus errores... No obra con alocada precipitación o con absurda temeridad, pero se asume el riesgo de sus decisiones, y no renuncia a conseguir el bien por miedo a no acertar». (Amigos de Dios, n. 88). Más aquí
  • Consejos prácticos:
    • Tómate tiempo para reflexionar, y escucha a Dios y a las personas de tu confianza.
    • Actúa con prontitud a partir de tus buenas intenciones. ¿Por qué esperar cuando el amor te llama?
    • No dejes que la dificultad de algo sea un motivo para no hacer lo que es recto.
    • Reconoce tus errores.