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El valor siempre ha sido un aspecto del testimonio cristiano. En mi tierra celebramos a los mártires de Inglaterra y Gales —242 beatos, 42 hombres y mujeres canonizados, sacerdotes y laicos, además de muchos otros desconocidos— que permanecieron fieles a la Iglesia y a la Misa verdadera cuando los monarcas de la nación intentaron imponer la Iglesia de Inglaterra. Uno de los más grandes entre ellos es santo Tomás Moro, el Lord Canciller que se atrevió a oponerse al rey y perdió la cabeza por ello. Tan grande fue su valentía y su confianza en Dios que, incluso con la cabeza en el tajo, supo hacer una broma. Cuando su barba, que le había crecido durante el tiempo en prisión, quedó atrapada en el tajo, pidió al verdugo un momento para liberarla, pues, al haber crecido después de la sentencia de condena, en rigor no merecía la muerte.

Pero los mártires se encuentran en muchos países. Me inspira el ejemplo de mártires jóvenes como los santos Ana Wang y Chi Zhuzi, en China. Ana era una niña de 14 años que murió durante la Rebelión de los Bóxers al negarse a renunciar a su fe. Con valentía resistió las amenazas de sus torturadores, y justo cuando estaba a punto de ser decapitada, declaró: «La puerta del cielo está abierta para todos», y repitió el nombre de Jesús tres veces. Chi Zhuzi tenía 18 años y se preparaba para recibir el Bautismo cuando fue detenido en el camino una noche y obligado a adorar ídolos. Se negó a hacerlo, manifestando su fe en Cristo. Le cortaron el brazo derecho y fue torturado, pero no renegó de su fe. Al contrario, proclamó sin miedo a sus captores, antes de ser desollado vivo:

Cada pedazo de mi carne, cada gota de mi sangre, os dirán que soy cristiano.
San Chi Zhuzi

Pero sabemos que solo seremos capaces de mostrar valentía en esos momentos extremos si la vivimos en las cosas ordinarias de la vida. El valor se vive en las cosas pequeñas: el esfuerzo por levantarse rápidamente cuando suena el despertador, hacer ese trabajo cuando no apetece, comer lo que no nos gusta sin quejarse, defender nuestra fe o nuestros valores morales y no callarse cobardemente, y muchos otros ejemplos. También hay mucho valor en no quejarse, en la fortaleza para aceptar las cosas difíciles. La queja revela debilidad moral.

Uno de mis poemas favoritos es la brillante —aunque extensa— obra del inglés del siglo XIX Gerard Manley Hopkins (quien, por cierto, también fue un converso al catolicismo y más tarde se hizo sacerdote jesuita): «El naufragio del Deutschland». Pero les advierto que no es una lectura fácil. Cuando Robert Bridges, él mismo un importante poeta y gran amigo de Hopkins, lo recibió y leyó por primera vez, le escribió a Gerard diciéndole que «por nada del mundo volvería a leer ese poema». Hopkins le respondió rogándole que lo leyera de nuevo: si no por dinero, que lo hiciera por amor. Bridges lo hizo y, con el tiempo, fue el responsable —aunque ya después de la muerte de Hopkins— de que la poesía de su amigo se publicara, si bien en su introducción a la colección describió esta oda como «un gran dragón replegado en la puerta» de la obra de Hopkins.

El poema describe un hecho real: el naufragio de un barco que había partido de Alemania y que llevaba a bordo a cinco monjas, todas obligadas a exiliarse a causa de la persecución anticristiana que había en ese país por aquel entonces. Las monjas murieron en el naufragio, pero no antes de que una de ellas —«una leona que surgía irrumpiendo entre el griterío, / una profetisa que se alzaba en el tumulto»— fuera escuchada clamando: «Oh Cristo, Cristo, ven pronto». Hopkins vio el naufragio del barco como una metáfora del estado ruinoso de Inglaterra tras su rechazo de la Iglesia católica en el siglo XVI. Comparado con el valor de la monja, Hopkins se veía a sí mismo como «arena fina / en un reloj de arena», y sentía las vetas de debilidad que lo atravesaban: era arena, no roca. Aunque, de hecho, a su manera y mientras sufría el exilio y una sensación de desolación, Hopkins permaneció fiel a su propia vocación sacerdotal hasta el final, mostrando así su propia fortaleza.

Porque Dios sabe que somos tan débiles, nos concede, a través del Espíritu Santo, tanto la virtud infusa como el don de la fortaleza (es decir, la fortaleza moral y espiritual). El Espíritu puede darnos una fuerza que sabemos que va más allá de la nuestra propia. Un prefacio de la Misa de Mártires alaba a Dios diciendo: «a los débiles les das fuerza para darte testimonio». Cuando nos sentimos débiles podemos recurrir al Espíritu en busca de la fortaleza que nos falta. Si seguimos luchando y no nos rendimos, comenzando de nuevo tantas veces como sea necesario, poco a poco Dios convertirá nuestra debilidad en fortaleza, y la Virgen María nos alcanzará la gracia de permanecer valientemente junto a ella al pie de la Cruz.


En resumen:

  • Definición: el valor, también llamado fortaleza, es la fuerza ante la dificultad, desde los momentos extremos hasta las pequeñas decisiones cotidianas.
  • Santos jóvenes: los mártires nos muestran que el verdadero valor está arraigado en Cristo. Con catorce años, santa Ana Wang se negó a renunciar a su fe, incluso siendo torturada. Antes de morir, dijo: «La puerta del cielo está abierta para todos»
  • Libros y películas: en «El naufragio del Deutschland», Gerard Manley Hopkins describe un naufragio y el grito de una monja que se enfrenta a la muerte: «Oh Cristo, Cristo, ven pronto». Su voz se alza como la de una leona en la tormenta, y Hopkins encontró humillante el ejemplo de valentía de ella. Se sentía débil como arena, no fuerte como una roca, pero aun así permaneció fiel a su vocación. A su manera silenciosa, también eso es un acto de valor.
  • De san Josemaría: «¿Tú quieres ser fuerte? —Primero, date cuenta de que eres muy débil; y, luego, confía en Cristo, que es Padre y Hermano y Maestro, y que nos hace fuertes, entregándonos los medios para vencer: los sacramentos. ¡Vívelos! (Forja, n.º 643). Más aquí

    Consejos prácticos:
  • Vive el valor en las cosas pequeñas, como levantarte cuando cuesta o comer algo que no te gusta. 
  • Defiende tu fe y tus valores.
  • Resiste el impulso de quejarte, que puede ser una forma de cobardía.
  • Pide al Espíritu Santo fortaleza. La fortaleza es un don, y Dios la concede especialmente cuando te sientes débil.