Dios no me suelta de la mano

A los 17 años, Ana María recibió un diagnóstico que cambió su vida para siempre. En medio del miedo, la incertidumbre y un tratamiento lejos de su país, encontró en la fe y en la intercesión de Pedro Ballester una compañía constante que le dio paz, esperanza y fortaleza para afrontar la enfermedad.

Mi nombre es Ana María. A los 17 años fui diagnosticada con cáncer de mama.

Todo comenzó cuando noté una pequeña bolita en mi mama izquierda. Mi mamá, angustiada, pidió cita en una clínica en Honduras. A partir de ese momento, mi vida dio un giro de 180 grados. Empecé a hacerme exámenes casi a diario: primero ecografías; después, permisos especiales para poder hacerme mamografías, por ser tan joven; finalmente, biopsias y tomografías para examinar el tumor y confirmar que era maligno.

Sentí miedo y desconcierto. No entendía bien lo que estaba pasando. Mis papás me acompañaban cada día, al igual que mi hermana gemela, Mariana. Ellos estaban profundamente afectados por la noticia y buscaron apoyo en el capellán de mi colegio, el padre Álvaro, para comunicarme el diagnóstico. Sufrían mucho por mí, y eso era lo que más me dolía. Al verlos así, comprendí que ninguno de nosotros sería lo suficientemente fuerte para recorrer este camino solo. Teníamos que ponerlo todo en las manos de Dios.

El sacerdote me dio un pequeño rosario de dedo y cinco estampas de Pedro Ballester, asegurándome que intercedería por mí.

En una conversación me dijeron que debía viajar a Pamplona para tratarme en la Clínica Universidad de Navarra. Asimilarlo a los 17 años fue muy duro. Pronto me despedí de las amigas que pude y organizamos una pequeña reunión en la que les conté mi diagnóstico. Antes de viajar, pude confesarme. Salí con una paz muy grande, lista para lo que viniera. El sacerdote me dio un pequeño rosario de dedo y cinco estampas de Pedro Ballester, asegurándome que intercedería por mí. El 23 de noviembre nos despedimos de mi familia y viajamos a España. Yo me sentía angustiada por todo lo que dejaba atrás: mi casa, mis amigas, mis planes. Pero en el fondo tenía la certeza de que, de alguna manera, todo saldría bien.

La llegada fue difícil. Hacía frío, no conocíamos a nadie y ni siquiera teníamos todavía un apartamento donde alojarnos. En la Clínica me realizaron un estudio genético —que descartó una mutación hereditaria— y un PET que mostró metástasis en los ganglios de la axila izquierda. El diagnóstico fue claro: cáncer HER2 positivo, grado 3.

Conocí entonces a mi oncólogo. Me impresionó su cercanía y su alegría al explicarme, paso a paso, el tratamiento: 18 ciclos de quimioterapia, una operación y 12 sesiones de radioterapia. Se tomó el tiempo de conocer a mi familia, de entender nuestra situación, y hasta intentaba hacerme reír. Me preguntó si quería empezar cuanto antes o esperar un poco. Yo le respondí que lo antes posible, aunque todavía no comprendía del todo lo que implicaba.

Ana María con su familia celebrando la Navidad

Comencé la quimioterapia el 7 de diciembre de 2024. Cinco días después, el 12 de diciembre, fiesta de la Virgen de Guadalupe —a quien también habíamos pedido que intercediera por nosotros— conseguimos un apartamento cerca de la Clínica. Aquella fue nuestra primera Navidad en Pamplona: distinta, lejos de casa, pero profundamente unida. Cada uno intentaba dar lo mejor de sí.

Mi mamá me regaló entonces el libro “Nunca he sido tan feliz”, que narra la vida de Pedro Ballester. Su fe, su alegría en medio de la enfermedad y su abandono confiado en Dios cambiaron mi perspectiva sobre estar lejos de casa, sobre el tratamiento y sobre el sufrimiento. Pedro se convirtió para mí en un compañero de camino, en un amigo cercano durante cada sesión de quimioterapia.

Su fe, su alegría en medio de la enfermedad y su abandono confiado en Dios cambiaron mi perspectiva sobre estar lejos de casa, sobre el tratamiento y sobre el sufrimiento.

Hoy tengo 19 años. Estudio en España y estoy libre de cáncer. El 18 de diciembre de 2025 recibí mi última quimioterapia y concluí oficialmente el tratamiento.

Celebramos otra Navidad fuera de Honduras, pero esta vez con un matiz distinto… ¡y con mucho pelo! A comienzos de 2026, mi hermana mayor me invitó a cruzar la Puerta Santa en Roma. En una audiencia inesperada, el Papa León XIV se acercó a saludarme y recibí su bendición. Fue un regalo inmenso.

Ana María saludando al Papa Leon XIV al finalizar la audiencia

Ha sido una aventura larga y dura, pero llena de más bendiciones que pruebas. En mi familia nos sentimos profundamente agradecidos. Yo estoy convencida de que, en ningún momento, Dios me ha soltado de la mano.