El año de graduación del colegio me llegó en octubre de 1998 acompañado de mucha emoción, expectativas y una profunda satisfacción al terminar una etapa importante de mi vida. Graduarse te obliga a mirar hacia adelante y preguntarte cuál será tu lugar en un mundo lleno de competencia, obstáculos y también grandes oportunidades.
Estudié en el Colegio El Roble en Ciudad de Guatemala... Allí crecí, aprendí, soñé y me formé.
Estudié desde primer grado en el Colegio El Roble en Ciudad de Guatemala, que cuenta con la asistencia pastoral del Opus Dei y se fundó en 1971. Allí crecí, aprendí, soñé y me formé. Con el tiempo entendí que la graduación no era solo un logro académico, sino la culminación del sacrificio silencioso de mis papás. De niño uno no comprende lo que cuesta pagar una colegiatura; solo años después, al conocer los números reales, descubre el tamaño del amor que hay detrás.
La mañana de mi graduación marcó mi corazón para siempre. Mis papás entraron a mi cuarto mientras me preparaba. Se sentaron en mi cama, me miraron con lágrimas en los ojos y me dijeron lo orgullosos que estaban. Sacaron una cajita pequeña: era mi anillo de graduación, con el logo del colegio grabado. “Es un trofeo para un ganador”, me dijeron. “Llévalo con orgullo, en tiempo ordinario y extraordinario”. Nos abrazamos. Ese anillo se convirtió en un símbolo visible de algo mucho más grande: fe, sacrificio, identidad.

Anillo de graduación del Colegio el Roble que me regalaron mis padres
Un año después, en 1999, mi familia emigró a Estados Unidos. Mi vida cambió de idioma, de cultura, de horizonte. Poco tiempo más tarde ingresé a la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Quería servir, quería hacer algo significativo. Pero todavía no sabía qué significaba realmente entregar la vida.
¿Has pensado que Dios podría estar llamándote al sacerdocio?”
Después del 11 de septiembre de 2001 participé en vuelos militares que marcaron profundamente mi interior. Recuerdo especialmente ver a un capellán rezando con serenidad en medio de la tensión. Aquella imagen me impactó. Mientras muchos mirábamos al cielo con incertidumbre, él lo miraba con fe. Fue ese mismo capellán quien me preparó para la Confirmación. Un día me dijo, con naturalidad pero con firmeza: “¿Has pensado que Dios podría estar llamándote al sacerdocio?”.
La pregunta quedó resonando dentro de mí.
No fue una respuesta inmediata. Fue un proceso. Yo llevaba uniforme militar, pero dentro de mí comenzaba otra batalla: la de discernir qué quería Dios de mi vida. Descubrí que la vocación no llega como un trueno, sino como una voz persistente que no desaparece.
Con el tiempo ingresé al seminario. Allí, en medio del estudio y la oración, un sacerdote de los Padres de Maryknoll compartió su experiencia misionera. Habló de pueblos lejanos, de culturas distintas, de anunciar el Evangelio donde Cristo es poco conocido. Sentí que mi corazón se ensanchaba. Aquello era más grande que mis planes personales. Era universal.
El día de mi ordenación pensé en Guatemala, en mi familia, en mis años en el colegio El Roble
En 2004 entré formalmente a Maryknoll. Los años de formación me confirmaron que Dios no quita nada: transforma y multiplica. El 4 de junio de 2011 fui ordenado sacerdote. Ese día pensé en Guatemala, en mi familia, en mis años en el colegio El Roble donde aprendí tanto, en mi anillo.
Después de la ordenación, mandé grabar en ese anillo dos signos que resumen mi vida: la “M” de María y el “Chi Rho” que se crea superponiendo las dos primeras letras (XP) de la palabra griega para Jesucristo. El anillo que comenzó como símbolo de una meta alcanzada se convirtió en signo de una entrega.

En Nepal compartiendo con los feligreses
Mi primera misión fue en Katmandú, Nepal. Más tarde estuve en Taiwán aprendiendo mandarín y acompañando comunidades, también hispanas. He servido en distintos países y culturas. El anillo ha viajado conmigo desde África hasta Asia, del Medio Oriente a América. Ha estado presente en Navidad, en Cuaresma, en bautizos, confirmaciones, matrimonios y funerales. Ha visto lágrimas y milagros. Es, como me gusta decir, un “anillo misionauta”, testigo silencioso de que el amor de Dios no tiene fronteras.
Dios no destruye nuestros sueños; los lleva más lejos de lo que imaginamos.
Hoy, además de mi servicio misionero, acompaño a jóvenes en su discernimiento vocacional. Cuando los escucho hablar de sus dudas y miedos, me veo reflejado. Les digo algo que yo mismo tuve que aprender: Dios no destruye nuestros sueños; los lleva más lejos de lo que imaginamos.
Si miro mi historia completa, veo un hilo conductor. Veo a mis padres sacrificándose por mi educación. Veo a un joven militar cuestionándose en silencio. Veo a un capellán rezando en un avión. Veo a un misionero hablando de tierras lejanas. Veo un anillo probado en el fuego del tiempo.
Y entiendo que Dios me fue llevando.
Mi vocación no nació en un instante espectacular. Nació en lo cotidiano: en una familia que amaba, en una formación que apuntaba alto, en preguntas que no dejaron de insistir. Como el oro que se prueba en el fuego, también el corazón se purifica cuando recuerda su significado.

Durante la Jornada Mundial de la Juventud en Portugal en el 2023
Aquel anillo que recibí con lágrimas el día de mi graduación sigue en mi mano. Me recuerda de dónde vengo y para quién vivo.
Y cada vez que lo miro, renuevo el mismo sí que comenzó, sin que yo lo supiera, mucho antes de ponerme un uniforme… y mucho antes de convertirme en misionero.
