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Hay palabras que, nada más oírlas, nos ponen un poco en guardia. La Cuaresma es una de ellas. Suena a esfuerzo, a renuncia, a normas que no terminamos de entender y a un cierto tono gris que, a primera vista, parece poco compatible con una vida llena de planes, amigos y proyectos. Sin embargo, año tras año, la Iglesia insiste en proponérnosla. Y lo hace porque sabe algo que nosotros a veces olvidamos: necesitamos parar.
Vivimos rápido, saltamos de un plan a otro, de una pantalla a otra, de un pensamiento a otro, sin darnos casi tiempo para preguntarnos cómo estamos de verdad. Y ahí, en medio de ese ritmo constante y a veces frenético, la Cuaresma aparece como una especie de interrupción intencionada, un tiempo que no pretende complicarte la vida, sino ayudarte a ordenar lo que tienes dentro.
El Papa, en su mensaje de este año, lo plantea precisamente así: como un camino. Como una oportunidad para revisar hacia dónde estás caminando, qué lugar ocupa Dios en tu vida y qué cosas —sin darte cuenta— se han ido colando en el centro de tu corazón. Porque no todo lo que llena tu tiempo llena de verdad tu vida. Piénsalo.
La Cuaresma, en el fondo, no va de dejar cosas, sino de volver: volver a Dios, a lo esencial.
Un camino con tres direcciones
Para recorrer este camino, la Iglesia propone tres prácticas muy concretas: la oración, el ayuno y la limosna. A primera vista pueden parecer tres cosas desconectadas o incluso un poco antiguas, pero en realidad forman una especie de mapa que toca las tres grandes dimensiones de tu vida: tu relación con Dios, contigo mismo y con los demás.
- Rezar: hacer silencio para escuchar
En una vida llena de ruido, la oración puede parecer lo menos urgente. Siempre hay algo que hacer, algo que ver, alguien a quien responder. Sin embargo, precisamente por eso, se vuelve más necesaria que nunca.
La Cuaresma es una invitación a recuperar ese diálogo que tantas veces dejamos para cuando “tengamos tiempo”, sin darnos cuenta de que es precisamente ahí donde encontramos el sentido de todo lo demás.
- Ayunar: aprender a no hacer siempre lo que apetece
Nos cuesta entender qué sentido tiene privarse de algo cuando vivimos en una cultura que nos invita constantemente a satisfacer cualquier deseo de forma inmediata. Y, sin embargo, precisamente por eso, el ayuno es profundamente actual.
La Iglesia concreta este gesto de manera muy sencilla: el ayuno consiste en hacer una sola comida fuerte al día, pudiendo tomar algo ligero por la mañana y por la noche, y se vive especialmente el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.
Pero, más allá de la norma, el ayuno tiene un sentido mucho más profundo. Ayunar es entrenar el corazón, descubrir que no todo lo que apetece conviene, y que no todo lo que cuesta es negativo. Es aprender a decir “no” a algo bueno para poder decir “sí” a algo mejor. En el fondo, es un ejercicio de libertad. Porque si siempre haces lo que te apetece, acabas dependiendo de ello. Y la Cuaresma quiere devolverte algo que a veces pierdes sin darte cuenta: la capacidad de elegir.
- Abstenerse: pequeños gestos que cambian la mirada
La abstinencia, que consiste en no comer carne, se vive desde los 14 años, especialmente el Miércoles de Ceniza, todos los viernes de Cuaresma y el Viernes Santo. Puede parecer un gesto pequeño o incluso simbólico, pero precisamente en esa sencillez está su fuerza.
En un mundo donde todo está al alcance, elegir conscientemente renunciar a algo concreto tiene un valor especial. No porque la carne sea algo negativo, sino porque ese pequeño gesto te recuerda que tu vida no está guiada solo por la inercia o el capricho, sino por decisiones libres. Y, poco a poco, esos gestos aparentemente pequeños van educando el corazón para elecciones más grandes.
- Dar: salir de uno mismo
La tercera pata de la Cuaresma es la limosna, que no se reduce únicamente a dar dinero, sino que implica una actitud más profunda: salir de uno mismo. Mirar alrededor, darse cuenta de que hay otros, y que sus necesidades también forman parte de tu vida. El Papa insiste en que este camino no es solo interior, sino que necesariamente se abre hacia los demás. Porque el amor, si es verdadero, no se queda encerrado en uno mismo. Se traduce en gestos concretos: tiempo, atención, escucha, generosidad.
Y, muchas veces, no hace falta hacer cosas extraordinarias. Basta con estar más disponible, con mirar más, con vivir menos centrado en el yo.
- La clave: no quedarse en la superficie
Existe un riesgo real: vivir la Cuaresma como una serie de prácticas externas que no cambian nada por dentro. Cumplir, hacer lo que toca, y seguir exactamente igual. Por eso, la pregunta importante no es cuánto haces, sino qué está pasando en tu corazón.
¿Te estás acercando más a Dios?
¿Estás aprendiendo a elegir mejor?
¿Estás más pendiente de los demás?
La Cuaresma no es un reto de fuerza de voluntad, sino un camino de conversión. Un cambio de dirección que, a veces, empieza por decisiones muy pequeñas, pero que, poco a poco, transforma la vida entera.
Puede que no apetezca empezar, que parezca difícil, o que incluso te dé la sensación de que “este año no es el momento”. Pero precisamente por eso merece la pena intentarlo. Es un camino y, como todo camino, empieza con un primer paso.
Aunque sea pequeño.
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