Es muy probable que nuestro amor a la Virgen María tenga su origen en la tierna infancia. No sería raro que una imagen de ella estuviera colocada cerca de nuestra pequeña cuna. Puede que, incluso, recordemos esa imagen que a lo mejor se perdió en alguna mudanza.
Uno podría preguntarse: ¿por qué quiero yo a la Virgen María? ¿Por qué a veces pienso que debería quererla más? Para encontrar una respuestas podemos pensar en nuestra madre de la tierra. ¿Por qué un niño, y también un adulto, quiere a su madre? Sencillamente porque su madre lo quiere a él.
El amor de una madre es primero en el tiempo al amor del hijo o de la hija. También es un amor más profundo e incondicional que el de un hijo. Las maravillosas palabras de san Juan en su primera carta, que nos dice: “Nosotros amamos a Dios porque Él nos amó primero”, pueden ser una luz para entender el amor de María por cada uno de nosotros. Ella nos ama en el amor de Dios. Podríamos decir que el amor infinito que Dios tiene por María —un amor del todo especial y único— es el amor que ella nos da.
No debemos, sin embargo, entender que ella es solo un medio de transmisión, como una especie de fibra óptica que se limita a trasladar el amor de Dios a cada uno de nosotros. No. Ella pone “su” propio amor cuando ama a cada uno de sus hijos. Un amor único. No hay ni habrá otro igual en el mundo. Así, ese “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, pronunciado por Jesús poco antes de morir en la cruz, ha sido la gustosa tarea que María ha llevado a cabo durante siglos con todos los cristianos, sin olvidar a ninguno.
Aquí pasamos a un segundo punto que podemos considerar. Nos preguntamos: ¿cómo es ese amor de María por ti y por mí? En parte ya lo hemos dicho. Es un amor de madre. Todos tenemos una vivencia personal de lo que significa un amor de madre. Todos somos hijos. Esta experiencia tan humana del amor de nuestras madres puede ayudarnos a comprender el amor de María.
El amor de una madre, que es muy distinto al amor de un padre, es un amor tremendamente abnegado; llega a sacrificios impresionantes. Es un amor muy misericordioso porque olvida los desamores y las frialdades de los hijos. Es un amor paciente que sabe esperar. Es un amor desinteresado porque sacrifica sus propios intereses y gustos al pensar en el bien de su hijo. Y así podríamos seguir señalando muchas otras características del amor de una madre por sus hijos. Así, y aún más, es el amor de María por cada uno de nosotros.
Y entonces nos preguntamos: ¿cómo es nuestro amor como respuesta a María, nuestra Madre?
Durante siglos, los seguidores de Jesús han amado a María de muchas maneras, todas profundamente humanas y sobrenaturales. Un amor expresado en oraciones como esa que data aproximadamente del año 250 después de Cristo y que dice: “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!”,. Y también en el Ave María, que el pueblo fiel ha repetido millones y millones de veces en las más increíbles circunstancias de la humanidad y de la historia personal de cada cristiano.
Entre estas maneras de amar a la Virgen ocupa un lugar muy especial el Santo Rosario, una oración que hunde sus raíces en la Alta Edad Media y que, con el paso del tiempo, no ha hecho otra cosa que difundirse y ser recomendada por muchísimos papas. Hace poco, el Papa León XIV, en el santuario mariano de Pompeya, en Italia, ha recordado que generaciones enteras de creyentes “han encontrado en el Rosario una escuela sencilla y profunda de fe, capaz de custodiar tanto la espiritualidad popular como las expresiones más elevadas de la mística cristiana”, y ha insistido en que el Rosario es “rezado” y “celebrado”, y que es una fuente de caridad: “Caridad hacia Dios, caridad hacia el prójimo: dos caras de la misma moneda”, dijo el Papa.
También encontramos otra muestra de amor a la Virgen Madre en el Ángelus, oración con la cual, a las doce del día, recordamos en María su vocación de Madre de Dios y madre nuestra. Este rezo se sustituye por el Regina coeli durante el tiempo pascual.
Hay otras costumbres que, durante siglos, han servido a los cristianos para demostrar y aumentar el amor a María. Es muy frecuente que en los hogares cristianos se coloque alguna imagen de la Madre de Jesús en un lugar destacado. Esas imágenes son un maravilloso recordatorio de que ella nos cuida desde el cielo. Mirarlas es una buena ocasión para decirle algo con el corazón. Aparecen aquí las llamadas jaculatorias, que son oraciones muy breves que se lanzan al cielo como flechas —de ahí su nombre, proveniente del latín—. Existen cientos de jaculatorias que el pueblo fiel ha compuesto para honrar a María.
Otra costumbre que tiene muchos siglos en la Iglesia son las romerías a santuarios de la Virgen María. A veces son multitudinarias peregrinaciones a lugares donde Nuestra Madre se ha aparecido o donde es venerada una imagen suya muy conocida. Otras veces, estas romerías las realizan pocas personas hacia una sencilla ermita o capilla. En esta costumbre destaca la similitud de nuestra vida con el caminar hacia nuestra casa definitiva del cielo, donde estaremos con María y su Hijo Jesús.
En todo el mundo, el amor de los cristianos a María se concreta en lo que se conoce como el Mes de María. Suele ser el mes de mayo, el mes de las flores. En algunos países de América del Sur, este mes se celebra desde el 8 de noviembre y termina con la solemnidad de la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre.
En este tiempo, las familias se reúnen frente a un altar doméstico y se reza el santo rosario y algunas oraciones tradicionales.
Por último, señalamos una devoción que nació de la misma Virgen María: el escapulario de la Virgen del Carmen, que es un pequeño trozo de tela color café que se lleva al cuello. La Virgen, en una aparición a san Simón Stock en el año 1251, le entregó el escapulario prometiendo protección, salvación y el privilegio de librarse del infierno a quienes lo llevaran con devoción durante su vida.
Finalizamos con un gran consejo de san Josemaría, quien, habiendo querido mucho a la Virgen en esta tierra, ahora la contempla en el cielo:
“Te aconsejo —para terminar— que hagas, si no lo has hecho todavía, tu experiencia particular del amor materno de María. No basta saber que Ella es Madre, considerarla de este modo, hablar así de Ella. Es tu Madre y tú eres su hijo; te quiere como si fueras el hijo único suyo en este mundo. Trátala en consecuencia: cuéntale todo lo que te pasa, hónrala, quiérela. Nadie lo hará por ti tan bien como tú, si tú no lo haces”. (Amigos de Dios, 293).
