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De niño, me impresionó mucho saber que la prestigiosa marca de automóviles Rolls-Royce ofrecía asistencia técnica a sus clientes en cualquier parte del mundo. En mi imaginación infantil, me veía a un inglés, vestido de riguroso traje negro y sombrero bombín, llegando con un maletín de herramientas para atender a un conductor de Rolls-Royce varado en pleno desierto del Sahara. Con el tiempo, descubrí que la realidad era un poco diferente. Aunque la marca ofrece un servicio técnico de gran calidad y cobertura, no alcanza el nivel que mi mente de niño había idealizado.

Hoy en día, es completamente normal que al adquirir un producto o servicio se nos ofrezca asistencia técnica personalizada. Los manuales de instrucciones de antaño, que acompañaban a muchos artículos como los primeros ordenadores, se han vuelto casi obsoletos.

Dios quiere estar siempre a nuestro lado con un servicio-entrega absolutamente personalizado 

Podemos usar esta imagen para hablar del sacramento del Orden. A través de él, Dios nos garantiza una asistencia espiritual de por vida, orientada a nuestra felicidad terrena y, sobre todo, a nuestra salvación eterna. El Catecismo de la Iglesia Católica sitúa el sacerdocio y el matrimonio como sacramentos "al servicio de la comunión y de la misión", ya que quienes los reciben están llamados a entregar su vida al servicio de los demás.

El sacerdote es un hombre que Dios ha destinado al servicio y a la entrega a los demás, y que en esta tarea encuentra el sentido más profundo de su existencia y una realización personal plena. Lo mismo sucede con los esposos unidos por el matrimonio.

Según el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, "el sacramento del Orden es aquel mediante el cual, la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles, sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos". En nuestros términos, con este sacramento, Jesús garantiza una "asistencia técnica" espiritual para toda nuestra vida. Así, la promesa de Jesús de que "yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo" se concreta, entre otras cosas, en el hecho de que toda nuestra vida transcurre junto a un sacerdote. Dios quiere estar siempre a nuestro lado con un servicio-entrega absolutamente personalizado. Desde el sacerdote que nos bautizó, abriendo nuestra entrada a la Iglesia y a la santidad, hasta el que, con suerte, estará a nuestro lado para administrarnos la Unción de los Enfermos poco antes de nuestra partida.

El sacramento del Orden está íntimamente ligado a dos realidades fundamentales: la Eucaristía y la predicación de la Palabra de Dios. De hecho, los primeros sacerdotes, los apóstoles, fueron constituidos como tales por Jesús en la Última Cena. Fue allí, después de transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, cuando Jesús les dijo: "Hagan esto en conmemoración mía". Fue esta la tarea que Jesús les encomendó, dando origen al sacerdocio cristiano en torno a la mesa eucarística.

Así, la presencia de Jesús en la Comunión es posible gracias a que, a lo largo de los siglos, algunos hombres han recibido el poder del sacramento del Orden. Es impresionante la confianza que Dios deposita en el ser humano, entregándose a sí mismo y otorgando además el poder de hacerlo presente en el día a día.

Jesús también unió el sacerdocio estrechamente a la predicación: "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio". Aunque los laicos también pueden predicar, cuando un sacerdote proclama y explica la Palabra de Dios, lo hace directamente en nombre de Dios, lo que le confiere un valor especial en la Iglesia.

En todos los sacramentos, el sacerdote tiene un papel crucial. Sin embargo, además de la Eucaristía, es importante mencionar de forma especial el sacramento de la Confesión o Penitencia. También aquí Jesús fue muy explícito cuando les dijo a los apóstoles: "A quienes perdonen los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retengan, les serán retenidos".

De esta manera, hombres con todas sus limitaciones se transforman en dispensadores de la gracia de Dios. El sacerdote no es una persona que, debido a condiciones intelectuales o espirituales extraordinarias, se hace merecedor de tan inmenso don. El rito de la ordenación sacerdotal recuerda una frase de la Epístola a los Hebreos que dice que el sacerdote "está constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede compadecerse de los ignorantes y extraviados, ya que él mismo estárodeado de debilidad" (Hebreos 5,1).

El sacerdote no es un superhéroe. Es un hombre igual que sus hermanos. Tiene la experiencia diaria de sus propias flaquezas, pero también toca a diario la grandeza que Dios derrama sobre todos los hombres y mujeres que se acercan a la gracia divina en los sacramentos.

El pueblo cristiano siempre ha estado agradecido con Dios por el don del sacerdocio. La Iglesia nos recuerda las palabras del mismo Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote: "La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Lucas 10,2).

Dios ha querido darnos este increíble regalo, pero también ha dispuesto que lo pidamos sin descanso. La escasez de pastores que se ve hoy en muchas partes debe ser un llamado a orar con más fervor para que el Señor envíe muchos obreros a su cosecha. Durante siglos, muchos padres han rezado para que Dios se fije en alguno de sus hijos para la vocación sacerdotal. El consejo de San Josemaría Escrivá es muy oportuno: "La Iglesia necesita —y necesitará siempre— sacerdotes. Pídeselos a diario a la Trinidad Santísima, a través de Santa María. Y pide que sean alegres, operativos, eficaces; que estén bien preparados; y que se sacrifiquen gustosos por sus hermanos, sin sentirse víctimas" (Forja 910).

Mediante este sacramento, se recibe una marca especial llamada carácter, que une al sacerdote de manera muy intensa con Cristo y lo capacita para actuar en su nombre. El sacramento del Orden tiene tres grados: el episcopal, el presbiteral (sacerdotal) y el diaconal. El obispo recibe la plenitud del sacramento del Orden para cuidar, en nombre de Cristo, el Buen Pastor, a los fieles de su diócesis. Por eso, su símbolo es el báculo, que recuerda el bastón de un pastor. Los sacerdotes y diáconos asisten al obispo en esta importante tarea.

Para terminar podemos añadir que la gran misión del sacerdote tiene uno de sus fundamentos en la amistad con Jesús. Amistad que está llamado a cuidar y fortalecer cada día. Como le decía el Papa León XIII a un grupo de sacerdotes: Las palabras de Jesús: "Yo los llamo amigos" (Jn 15,15) no son solo una declaración afectuosa hacia los discípulos, sino una auténtica clave para comprender el ministerio sacerdotal. El sacerdote, en efecto, es un amigo del Señor, llamado a vivir con Él una relación personal y de confianza, alimentada por la Palabra, la celebración de los sacramentos y la oración diaria. Esta amistad con Cristo es el fundamento espiritual del ministerio ordenado, el sentido de nuestro celibato y la energía del servicio eclesial al que dedicamos nuestra vida. Es lo que nos sostiene en los momentos de prueba y nos permite renovar cada día el "sí" pronunciado al inicio de la vocación.